viernes, 19 de febrero de 2010

UN RECLAMO DE BANDERA: FACULTADES



Al abuelo Vicente, gran jaulero y hombre cariñoso donde los haya con sus nietos, que me enseñó el camino de esta gran afición que es la caza de la perdiz con reclamo.

Este nombre de reclamo es el primero que quedó inscrito en mi memoria, porque con él eché los dientes como “ayudante” de cazador, al lado de mi abuelo Vicente, y porque lo vi en tantos puestos de sobresaliente, que difícilmente se borrará de mis recuerdos.

La belleza de su estampa física, su mansedumbre y los variados recursos musicales que utilizaba para atraer a sus congéneres, hacían de él el clásico pájaro que a su dueño se le hace la boca “oro” cuando habla de sus reclamos.

El abuelo se lo había cambiado, creo recordar, por una pareja de pavos a un pastor, que dicho sea de paso, el cuido y las atenciones que le dispensaría no serían las más adecuadas, porque como yo le escuchaba muchas veces en sus múltiples relatos, cuando se produjo el trueque y se lo llevó para casa, su presencia dejaba mucho que desear. Aun así, desde que lo vio la primera vez, supo que dentro de aquel pollo sin espolones, plumas erizadas y delgaducho, había un gran reclamo.

Cuando lo conocí, debería tener la edad mía de por aquellos entonces: unos siete u ocho años. Me contaba el abuelo que le puso Facultades, porque el repertorio de cantos, tonos, temperamento y gestos era tan variado y atractivo, que pocas patirrojas consiguieron escapar a sus carantoñas y engatusamientos; y aún más, como él decía:

- Viuda que lo escuchaba, viuda que dejaba el luto e iba en su busca antes que cantara un gallo.

Recuerdo, incluso haber ido en camisa a colgar en el mes de octubre, y terminar de la misma forma a final de marzo, sin signos aparentes de haberse pasado de celo. Su excelente trabajo no sufría alteración durante los seis meses que por aquellos tiempos -finales de la década de los cincuenta- duraba la caza del reclamo y máxime cuando el tiempo acompañaba, que era casi siempre y la densidad y valentía de nuestras perdices estaba fuera de toda duda.

Todavía tengo en mi retina aquellos días cuando el abuelo no quería llevarme a colgar porque estaba la mañana o la tarde lluviosa. Como aquellas horas se me hacían interminables, hasta que lo veía aparecer montado en su burro Platanero y salía corriendo a su encuentro para preguntarle:

- Abuelo, ¿cuántas has matado?

Pues aunque todavía no había cumplido los diez, solo tengo que cerrar los ojos y retroceder medio siglo para que en mi memoria esté grabado a hierro y fuego aquel puesto que dimos en La Era, en el olivar de La Atalaya, la finca de los abuelos, una tarde al final de las Navidades de aquel año, cuando yo estaba de vacaciones del “cole”.

El viejo puesto de monte estaba aculado sobre un vallado que formaba la linde con la finca contigua. A un lado había, y hay hoy día, un olivar que en aquellos tiempos tenía salpicones de monte, torvisqueras y algún que otro zarzal, lo que hacía de él un lugar idóneo para las montesinas. Por el otro, todo era encinar y monte bajo de jaras, tomillo, cantueso, jaguarzo blanco, aulagas, helechos… El matojo o farolillo formaba parte de un viejo tronco de olivo camuflado por sus renuevos o chupones y todo el conjunto estaba ubicado en una antigua era que habría sido utilizada como tal por nuestros antepasados.

Como el puesto no distaba demasiado de la casa del campo, y no había que arreglarlo mucho porque ya había sido “remendado” con anterioridad varias veces, aquella temporada el abuelo cogió a Facultades, me lo colocó sobre mi espalda con unos ganchos que había hecho especialmente para mí, cogió su vieja escopeta Jabalí, sus cartuchos recargados del mirlo o galgo de cartón y me dijo:

- Niño, vamos “palante” y ten cuidado con lo que llevas en la espalda.

El recorrido que separaba la casilla del puesto, no más de un kilómetro y medio, era para mí como caminar hacia la gloria, iba adonde me gustaba y encima llevaba a mis espaldas, nada más y nada menos que a Facultades, el fenómeno de mi abuelo.

Aquella tarde tendría que ser apacible, sin viento y bastante sol, porque recuerdo que el abuelo por el camino me comentaba:

- ¡Qué buena tarde, a ver si tenemos suerte y tiramos unos pocos!

Cuando llegamos a los dos enormes y viejos eucaliptos, comienzos del olivar, el abuelo se paró un rato para tomar un poco de aire y, además, ver si escuchaba el canto de alguna perdiz por el entorno. Tras el pequeño descanso, acometimos la cuesta arriba que nos conduciría al puesto.

Una vez en la era, el abuelo, un poco fatigado y con la tosecita clásica de los fumadores empedernidos, apoyó la escopeta sobre un olivo y se sentó sobre el troncón de otro mientras repasaba visualmente la plaza y el aguardo de monte. Tras unos segundos de merecido descanso, para una persona de su edad -debería rondar los setenta y cinco-, me ordenó:

- ¡Niño, tráeme un poco de tomillo de aquellas matas, mientras yo arreglo el matojo!

Con mucho cuidado fui cortando, como otras veces, unos rebrotes nuevos que le servirían para arreglar la tronera. Él, mientras tanto, siguiendo con el ritual de siempre, preparaba el “trono” de Facultades hasta transformarlo en una verdadera obra de arte. La vieja cuerda de torvisca, planta cuya envoltura o piel se utilizaba para amarrar diferentes cosas, había quedado invisible tras taparla con brotes de olivo entremezclados con ramitas de jaguarzo blanco.

Tras terminar con el matojo, se dirigió al puesto y fue introduciendo los rebrotes, que yo le había cortado, en el manojo de jaras horizontales que había en el frontal y que le serviría de apoyo para la escopeta. Una vez terminado la tronera, fue tapando algunos claros que se habían aparecido en el puesto, al secarse el material con que se construyó y, con ello, hacer caso al refrán de que “el que tapa…, mata”.

Cuando hubo finalizado todo, no sin antes darle varios repasos, me mandó meterme en el aguardo, mientras él afianzaba al reclamo en su pedestal.

Lo amarró con mis ganchos, le volvió a poner unas matitas alrededor de la jaula y acto seguido le quitó la mantilla (sayuela). Facultades ya le estaba dando las “buenas tardes”, mientras él le hablaba en tono cariñoso.

Lentamente, se fue acercando hacia el puesto y, al llegar a él, tuve que ayudarle, como ocurría siempre, a echar la pierna por encima de la vegetación del mismo, porque la cosa no estaba muy buena de “pataje”. Observó el papel de fumar que le solía poner en el punto de mira a la escopeta, la colocó en la tronera e introdujo un cartucho en la recamara, ya que ésta era de un solo cañón.

Mientras se sentaba en una de las dos viejas piedras que había en el puesto de toda la vida y, darme a mí la mantilla, para que me sirviera de asiento encima de la otra, Facultades, después de sacudirse el plumaje y afilarse el pico varias veces sobre la piedra de la jaula, ya estaba pregonando por alto que allí estaba él. Con una maestría inigualable fue entremezclando su amplio repertorio de cantos en espera que alguna de las perdices que debería haber por los alrededores, “le tomara la palabra”.

No habrían pasado diez minutos, cuando en el collado de enfrente, un macho, seguramente viejo por la fortaleza de su reclamo, empezó a comunicarle que lo había oído y que estaba dispuesto a entablar batalla, porque el territorio que pisaba le pertenecía. Facultades, sin dejarse intimidar por los toques de atención que le enviaba aquel “macho vara”, siguió con su productivo trabajo, cuando un “picho, picho, picho…” sirvió para indicarle que su retador venía a pedirle explicaciones. Durante los segundos que duró el “boleto”, el “gol, gol, gol…” de la jaula, ya le había hecho saber a quien se consideraba dueño de la zona, que no existía miedo y que allí lo esperaba.

Inmóvil, dando de pie con la suavidad que le caracterizaba, Facultades, le dio la bienvenida al macho campesino que, con su plumaje erizado y en “son de lucha”, se dirigió a toda velocidad hacia el reclamo. Era la toma de contacto inicial para ver quién achicaba a quién, pero el que estaba sobre el atril, en señal de dominio, lo recibió con un suave cuchicheo y picoteando de vez en cuando la esterilla. Mientras, el campero daba una y otra vuelta alrededor del tronco del olivo, solo interrumpidas por el picoteo que realizaba de vez en cuando sobre una piedra en señal de intimidación.

El abuelo, guiñándome el ojo y haciéndome gestos con la cabeza para que presenciara la escena, se acercó a la escopeta, la apoyó sobre su hombro y… ¡Boom! Sólo se escuchó a Facultades cargando el tiro, mientras el macho había quedado hecho un taco, casi pegado al matojo. Durante un buen rato estuvo dando de pie con una suavidad tal que había que aguzar mucho el oído para escucharlo. Luego, su tono subiría, porque más o menos a la falda de donde nos encontrábamos, empezó a dar señales de vida una hembra primero y poco después un macho, lo que nos hizo suponer que se trataba de una pareja.

Facultades volvió a afilarse el pico y comenzó de nuevo a predicar a quienes les escuchaban. Macho y hembra apeonando, iban acercándose por la cuesta que nosotros habíamos subido antes. De vez en cuando, la hembra soltaba varias reclamadas, atraída por el encanto de quien desde arriba la piropeaba, mientras su compañero, quizás un poco celoso, le reñía con continuados saseos.

El abuelo ya había liado y consumido varios cigarros y empezaba a preocuparse, porque la tarde iba cayendo de manera inexorable y él, no era un lince a la hora de apuntar. Mientras, yo, que de oído estaba bastante mejor que él le hice señas porque después de una prolongada callada del campo, había percibido la presencia de la pareja casi a nuestra espalda. El reclamo, que también las había detectado, empezó a darle la bienvenida con un suave cuchicheo, que hizo que la hembra le contestara con unas embuchadas. Facultades, utilizando su amplia gama de recursos, le dedicó unos piñoncitos y en cuanto la hembra dio la cara por la derecha del puesto empezó su peculiar picoteo de la esterilla, cosa a la que no se pudo resistir y arrastró tras sí a su pareja.

El macho, dándose cuenta de la situación y queriendo tomar las riendas de la misma, empezó a dar de pie a la vez que se dirigía con las plumas levantadas hacia la jaula. La hembra, piropeada por el titeo Facultades, picoteaba el suelo en señal de sumisión. El abuelo, que había estado esperando la ocasión de disparar y la tenía apuntada desde hacía unos segundos, apretó el gatillo en cuanto se separó un poco del matojo. El macho arrancó de la plaza con potente vuelo, mientras la hembra pataleaba débilmente consumiendo los últimos instantes de su vida. Facultades cargaba el tiro sabiéndose vencedor de aquel lance y esperando culminarlo con quien había abandonado la plaza temporalmente.

No tardó mucho el campero en llamar a su hembra, pero ahora se encontró con la callada de la jaula por respuesta. Así que en un último intento de encontrar a su pareja, apareció de nuevo en la plaza subiendo el tono de su canto en señal de imponer su ley. Facultades, lejos de amedrentarse, se agarró con él, comunicándole con su cuchicheo y suave piñoneo, que allí, el rey era él. Poco más pudo escuchar, ya que el estampido de aquel recargado “mirlo” hizo que quedara sin mover una pluma.

Facultades cargó el tiro con su melodioso y suave curicheo. Luego, poco a poco, fue subiendo los decibelios de su canto por si alguien más de aquella zona estaba dispuesto a entablar batalla o dar señales de enamoramiento.

Como la tarde comenzaba a caer, el frío empezaba a adueñarse de nuestras piernas y sólo se escuchaba el canto lejano de alguna perdicilla, posiblemente viuda, que se resistía a pasar la noche en soledad, el abuelo carraspeó un poco con la garganta y se levantó hablándole cariñosamente a su pájaro.

Le ayudé de nuevo a que pudiera salir del puesto. Una vez fuera, recogió los dos machos y la hembra de la plaza y se los acercó al reclamo para que se recreara con ellos. Facultades los picoteó varias veces y les cuchicheó con una suavidad casi imperceptible. Mientras tanto, yo observaba todo lo que el abuelo hacía en los momentos finales de aquella maravillosa tarde.

Tras enfundar al reclamo, me lo volvió a colgar de mis espaldas, se dirigió de nuevo al puesto para recoger la escopeta, que ya había descargado con anterioridad, se guardó las vainas en el bolsillo de la pelliza y, tras darme uno de los machos camperos para que lo llevara, me dijo:

- Niño, vámonos, que se está haciendo de noche y la gente estará empezando a preocuparse.