jueves, 25 de marzo de 2010

¡UNA BUENA SIESTA!


Esta curiosa historia no es más que una nueva página que unir al enorme libro de anécdotas del cazador de perdiz con reclamo. Aunque parezca increíble, como dice su título, es una historia tan real como la vida misma y, yo como notario, puedo dar fe de ella. Los hechos son relativamente recientes y comienzan al mediodía de un sábado tras el puesto de sol.

Aquel mañana, mi "secretario", -José Trujillo-, y yo habíamos llegado pronto al cortijo tras haber tirado una pareja y levantarnos antes de tiempo por entrarnos una piara de ovejas en el puesto. Lo primero que hicimos fue “arreglar” la candela que ya estaba bajo mínimos y, de camino, preparamos algo de carne asada y algún choricillo a la brasa para cuando llegaran los demás compañeros.

Mientras se iban haciendo los aperitivos, tomamos algún que otro vasito del buen mosto de Chucena -población onubense-, que se incrementaron cuando fueron llegando Juan Crespo, Manolo Monescillo, Gabriel Rodríguez y Raimundo Alaminos, y empezamos a contarnos las incidencias de la mañana.

Juan estaba muy contento porque a su Piquivano le había tirado dos “viudas”. Manolo no había “tocado pluma”, pero su reclamo Manchego le había dado un puestazo. A Gabriel no había quien le hablara, porque su Farina, aun teniendo el campo cerca, no había “querido coles” y Raimundo, “contento como unas castañuelas”, no paraba de piropear a su Ronaldo, quien le había metido en plaza una pareja y un receloso macho que, por supuesto, pasaron a mejor vida.

Con esta otra dimensión de nuestra modalidad de caza, que si faltara, nuestra afición no sería tal, sentados todos alrededor de la chimenea y copa tras copa –mosto y aguardiente-, llegamos a la hora del almuerzo: un buen potaje de habichuelas gordas con la pringue asturiana, cocinado por el amigo Raimundo.

Las “calorías” del cuerpo iban subiendo y las bromas y chistes eran nuestros compañeros de sobremesa y todo aderezado con algún que otro cubata.

La tertulia cuquillera se prolongó hasta casi las cuatro de la tarde, hora de dar el puesto de la jornada vespertina, aunque para decir verdad, no había muchas ganas de levantarse de aquellos acogedores y cómodos sillones.

Cada uno cogió su reclamo y nos dirigimos a los cazaderos, con el cuerpo, el que más y el que menos, más que “calentito” por los “caldillos” de la uva y las legumbres con todos los “avíos”.

La tarde era de esas que soñamos, y bien que soñamos, los jauleros para dar el puesto: poco viento, temperatura fresca, pero agradable, y sol radiante.

Antes de llegar al lugar donde habíamos dejado colocado el portátil después del puesto de la mañana, José me dijo que estaba un poco “tocado del ala” y que se quedaba esperándome en el coche. De camino, tendría cuidado de que no me volvieran a entrar las ovejas en la plaza como en la jornada matinal. Así que cogí a D. Benito, el banquillo y la escopeta y me dirigí a dar el puesto.

Una vez allí, situé al reclamo en el farolillo y mientras me dirigía para el aguardo, un cuchicheo casi imperceptible me hizo imaginar que sería el prólogo de otra inolvidable tarde, como tantas otras, con las que me regaló D. Benito en su corta, pero intensa vida como reclamo.

Sin embargo, a pesar de su machaconería, el tiempo pasaba y no se escuchaba la más mínima “pitada” del campo por los alrededores del cazadero. Sólo interrumpía aquel silencio, el trabajo continuo de D. Benito y alguna “viudilla” que en la lejanía no dejaba de canturrear.

Como las tardes así -mediados de febrero-, ofrecen buenos encantos para otros menesteres, las cabezadas hicieron acto de presencia y los ojos empezaron a abrirse y cerrarse frecuentemente.

Momentos después, un aturdimiento general hizo que me olvidara de D. Benito, que seguía con su incansable trabajo, sin ver premiado su esfuerzo y pasara por largo tiempo a estado de “letargo vespertino”.

Ya en el “otro mundo” y como salido de la lejanía, escuchaba el atrayente canto de un macho que repentinamente cortaba sus notas musicales, para de nuevo, al poco rato, volver a escena con los mismos acordes anteriores.

En una de aquellas repeticiones acústicas y con el fresquillo de la tarde acariciándome la cara, volví al “mundo de los vivos” y me di cuenta que era mi Nokia el que me había hecho recuperar todas mis constantes vitales con las “notas musicales” del canto de la perdiz macho.

Un tanto desconcertado y tras restregarme varias veces los ojos con la manos, aprecié que mi amigo Raimundo me había llamado varias veces, por lo que algo muy importante tendría que comunicarme, para contactar a aquella hora.

Pero la tarde, para terminar de ser completita, me guardaba otra gran sorpresa, ya que aquel lejano canto que escuchaba hacía unos momentos, además del sonido del teléfono, no era otro que el vigoroso y “hueco” cuchicheo de un macho, que estaba tan cerca, que casi movía la tela del portátil y que, a buen seguro, de camino hacia la jaula, habría escuchado la música del móvil y allí estaba “anda que te anda” en busca del aquel recóndito intruso.

Tras el sobresalto inicial, como mucho cuidado, silencié el teléfono y D. Benito, que no había bebido ni comido lo que yo y que, seguramente, habría estado cantando toda la tarde, embolado y picando la esterilla, observaba, cómo poco a poco, aquel engallado campero se dirigía hacia él. Mientras tanto, por detrás, a no mucha distancia del puesto, el continuo “chará, chará, charachachá”, “chara, chará, charachachá”…, no era más que la certificación de que aquel robusto macho estaba acompañado de su pareja.

D. Benito, que en un principio había recibido al montaraz con gran maestría y en toda regla, empezó a desviar su atención sobre la hembra y tras unos tiernos piñoncitos, un titeo seductor hizo que la “señora”, con varías reclamaíllas picaronas, comenzara acercarse a aquel cautivador reclamo. Su “consorte”, quizás celoso por lo que estaba ocurriendo, intentó, sin conseguirlo, cortarle el paso en repetidas ocasiones con rápidas carreras.

Al llegar frente a D. Benito y picotear repetidamente el suelo, su “galán”, que seguía con la tarea de intentar que se olvidara de su competidor, volvió a acometer contra ella, lo que aproveché para de un certero escopetazo dejar inertes a ambas patirrojas.

Rápidamente, mientras D. Benito cargaba el tiro, me levanté, le puse la funda, activé el móvil y llamé a Raimundo, el cual, bastante preocupado por mi tardía respuesta, me dijo que mis dos teckel, al abrir la puerta del garaje del cortijo, se habían escapado y por más que las había llamado, dieron varias vueltas por los alrededores para luego desaparecer definitivamente.

Sin perder el más mínimo tiempo, recogí todos los cacharros, me dirigí hacia el coche, los metí en el portamaletas y “enristré” hacia la casa mientras le comentaba a José lo sucedido. Pero afortunadamente, el destino quiso ser benévolo conmigo. Así, la congoja y ansiedad que me invadía por momentos, no duró mucho tiempo, ya que al coronar el collado donde yo había dado el puesto a media falda, pude apreciar con una inmensa alegría que mis perras Tania y Mancha, a toda velocidad, venían a mi encuentro, con la misma cara de satisfacción que supongo, presentaría la mía.

Ya en el cortijo, tras las explicaciones pertinentes y entre risas y pitorreos, me enteré que no fui el único que había echado una cabezada, por no decir una buena siesta.

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