jueves, 29 de abril de 2010

MI JAULERO PARA LA MUDA


Estas dos últimas temporadas, mi jaulero, que no era una maravilla, pero sí más que aceptable,  por distintas razones ha estado un poco flojillo. Hace dos años, mientras visitaba a mi hijo en Ugíjar (Granada), donde estaba de profesor de Educación Física, por un error imperdonable mío, se me murieron mis dos mejores reclamos -D. Benito y el Sr Benito-. En la muda del año pasado, a Ronaldo, ya con once celos, pero un buen reclamo hasta el momento, le dio una congestión y falleció. El día de Reyes de este año, se me botaron los pájaros con el ruido de los cohetes y,  como resultado de ello, unos “pelaos” y el mejor de los que me quedaba, el Cojo, así se llamará en lo sucesivo, se destrozó una pata y, después de tres meses de intentos de todo tipo, ha habido que amputársela; por tanto, no sé cómo reaccionará la temporada próxima.

Como se puede observar, en dos años se me han fastidiado cuatro buenos reclamos, especialmente D. Benito -gran reclamo de cinco años-. Esperemos que este año la cosa cambie. Además, en enero de 2009  entraron casi todos en muda por otra historia mía y quitando los primeros puestos de la temporada, luego, nada de nada.

Así que no he tenido más remedio que renovar el jaulero con “gente” nueva más dos o tres reclamos antiguos que me dan el avío, pero nada más.

Esta es la ganadería que voy a pelechar, esperando que alguno de los nuevos despunte y me dé muchas alegrías.

1.- MANCHEGO (seis años). Pájaro sobrio con aceptable trabajo y buenos puestos; algunos, incluso muy buenos. Pero a medida que pasa la temporada va bajando su rendimiento. Este año se le mataron seis perdices y en total lleva treinta y cuatro.



2.- EL COJO (seis años). Pájaro muy suave y con muy buen recibo. Se lo adquirí  a final de la temporada de 2008 a un amigo que dejó la afición. Sólo le pude tirar una pareja y una hembra esa temporada. El año pasado se metió en muda y no lo pude colgar y ésta, con la fractura de la extremidad, tampoco. Su anterior dueño le había matado un buen número de perdices. Veremos este año como “lleva lo de la pata.”



3.- GUERRILLA (cuatro años). Pájaro muy trabajador pero sin grandes recursos y un poco fuerte con las hembras. El año pasado se le tiraron seis perdices. En total lleva catorce montesinas. Pero sólo se ha sacado asiduamente el año pasado.



4.- FACUL (dos años). Regalo de un amigo la temporada pasada. Empezó de forma más que aceptable, recibiendo de maravilla y con un trabajo muy suave y atrayente para el campo. Con el avance de la temporada fue poniéndose un poco fuerte. De todas formas tiene muy buena pinta. Se le han tirado nueve perdices.


 
5.- BARBARINO (dos años). Pájaro con buena pinta que ha salido poco al campo. De pollo se le tiró un macho y no cargó el tiro. Luego se “enfrascó” con la hembra, pero al final no le entró. Es trabajador en los puestos, pero no tiene un buen reclamo. Ya veremos con tres celos.



6.- RAMBLAS (algarín de dos o tres años). Regalo de un amigo. No lo he colgado. Tiene buena estampa y es manso. Pero al día de hoy, no le he escuchado ni una “pitada”.




7 y 8.- DOS POLLOS DEL AÑO. No se han colgado en la temporada oficial de veda. Luego,  y sin escopeta, los he campeado y no me han disgustado. El primero de ellos, metió una pareja con titeo incluido.


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miércoles, 28 de abril de 2010

UN ABRAZO DELATADOR.


Hoy, cuelgo en mi blog otro relato de mi primo Jerónimo Lluch, el cual, unos años mayor que yo, siente la misma pasión por la caza de la perdiz con reclamo y, además, es pàra mí un maestro en esto de la "pluma". Por ello, y dado que lleva muchos años con las historias de la "jaula", mensualmente, colgaré un relato suyo.

La finca la Atalaya distaba varios kilómetros del pueblo. Sus dueños Rita y Vicente, aunque tenían casa en la ciudad, pasaban largas temporadas en el campo, pues Rita, que había heredado la Atalaya de sus padres, le tenía a la finca muchísimo apego y cariño.

Vicente, su esposo, que en su juventud fue comerciante de tejidos, regentaba ahora esta propiedad que era agrícola y ganadera porque aparte del olivar y el castañar; el encinar y los pastos proporcionaban el sustento a una piara de ovejas y cabras y a los cochinos en época de montanera.

Vicente se manifestaba un apasionado de los toros y de la caza, ya que en sus años mozos tuvo buenos podencos que le facilitaron que matase muchos conejos y liebres; pero sería “el Maura”, un perdigón que cambió por un pollo tomatero, y que resultó de bandera, el que le haría aficionado al reclamo, siendo ésta la modalidad cinegética a la que se dedicaba últimamente con pasión y entusiasmo.

Todos los otoños sembraba cereales en alguna zona de la Atalaya, para facilitarles a las patirrojas cobertura en la época de cría y alimentos a los polluelos al nacer, debido a lo cual siempre se criaban varios bandos de perdices en su propiedad, que le posibilitarían en los meses de celo colgar el pájaro en ella, sin apenas tenerse que desplazar a otros cortijos y cazaderos.

Cuando el zagal que cuidaba las cabras se alistó voluntario en el Tercio, precisó de un sustituto y fue su amigo Valentín, con el que le unía, desde antaño, una estrecha camaradería quien le recomendara a Miguelillo, su hijo menor, que era un chaval muy avispado y desenvuelto para las faenas del campo.

El chavea se familiarizó pronto con su trabajo, no escatimando esfuerzos ni diligencias en sus quehaceres de cabrero que era la ocupación que Vicente le encomendó.

Transcurrieron dos temporadas, desde la llegada del muchacho, y en ellas los bandos de perdices, tan abundantes en otras ocasiones, se habían reducido sensiblemente, viéndose estos con apenas cuatro o cinco perdigones por collera, cuando años atrás no llevaban menos de doce o catorce cada uno.

Como los últimos años resultaron climatológicamente favorables, para la cría de las patirrojas, Vicente no se explicaba tan sensible merma en su número pensando que tal vez hubiesen proliferado zorros y tejones, que eran los depredadores más frecuentes en la finca, por lo que más de una noche, en las que la Atalaya se vestía de luna, recorrió los linderos de la misma en compañía de su collera de mastines Litri y Chamaco, para ver si localizaba o ahuyentaba a los teóricos causantes de la escasez de bandos en su propiedad.

Pero sus pesquisas resultarían inútiles, no encontrando ningún motivo aparente para esta notable disminución de perdices.

Sería en una de sus visitas al pueblo, y mientras tomaba unas copas en el bar de Casildo, cuando Curro, uno de los contertulios, le preguntó:

- ¿Vicente sabes que el hijo de Valentín, ese que creo tienes de cabrero, vende huevos de perdices a ciertos pajareros que los incuban con gallinas americanas cluecas?

A Vicente casi se le atragantó el tinto, dejó el vaso en el mostrador y meneando la cabeza masculló algo inaudible y tras carraspear, para aliviarse la garganta, se marchó sin pronunciar palabra dejando a la comparsa sorprendida y pensativa.

De vuelta a la Atalaya, escuchando tan sólo el sonido de las pisadas de la yegua en la que montaba, se sumió en una profunda reflexión motivada por el comentario de la taberna, y recordó como últimamente, también los huevos de las gallinas eran más escasos culpándose al Peralta, el podenquillo, de entrar en el gallinero al asalto de tan apetitoso manjar, y por cuyo motivo sufrió más de una azotaina como reprimenda.

¿Sería igualmente Miguelillo el autor de este desaguisado?, -se preguntó-.

Ya en la finca comenzó a vigilar al rapaz y ahora que no era tiempo de poner las perdices, serían las gallinas el objeto de su continua indagación; aunque el chaval era listo como el hambre, y no resultaría fácil “cogerlo con las manos en la masa”.

Sí observó Rita, pues las mujeres suelen ser más detallistas, que cuando el muchacho marchaba a su casa solía vérsele la ropa, en ocasiones, abultada y quizás en ella podría ocultar el producto de su maquinación, por lo cual al referírselo a su marido este ideó actuar con discreción pero con eficacia y prontitud.

Llegó el domingo, día que Miguelillo iba al pueblo, a holgar, y al despedirse del matrimonio, advirtiendo Vicente que llevaba la chupa “generosamente hinchada” le sugirió socarronamente:

- ¡Miguelillo dale a tu padre de mi parte un abrazo, un abrazo muy grande...!.

Y uniendo la acción a las palabras lo atrajo hacia él estrechándolo fuertemente contra su pecho.

De la chupa del zagal brotó un líquido amarillento y viscoso que impregnando el pantalón bajó por los perniles hasta las botas. Miguelillo rojo como un tomate giró sobre sus talones y como cuerpo que lleva el diablo, tras rauda carrera, desapareció de la vista de Rita y Vicente.

Ambos suspiraron aliviados al ver descubierto el largo motivo de su preocupación y aunque terminaron perdonado al chaval su “trastada de muchacho de poca cordura”, Miguelillo, avergonzado, nunca más volvió a poner los pies en la Atalaya.

martes, 27 de abril de 2010

UN PUESTO BAJO CERO


Cuando uno empieza a ser mayor, pero le cuesta abandonar la juventud porque la vejez a todos nos atormenta un poco, nos empiezan a ocurrir cosas que luego al recordarlas nos llevamos las manos a la cabeza al darnos cuenta de las imprudencias que cometemos y, que gracias a Dios, la mayoría de las veces, salimos indemnes de ellas.

Ésta, que voy a intentar revivir a continuación, es una de esas que si nos paramos a pensarla, jamás se nos ocurriría, pero con la “continua locura” que siempre nos acompaña a los jauleros, no nos importaría, como no me importó a mí aquel día.

La historia, se desarrolla en Saceruela (Ciudad Real), en la finca El Robledo, propiedad de la familia Aliseda, muy conocida y de gran abolengo por aquella zona.

Paco Rojas, esposo de Begoña Aliseda y compañero de profesión, me invitó a colgar en su parte durante el puente del Día de Andalucía de ese año, ya terminada la veda en nuestra Comunidad, pero no así en la de Castilla La Mancha, que cierra casi un mes más tarde.

La citada finca, de casi seis mil hectáreas en su conjunto, aunque dividida hoy en varias partes familiares, está formada por un chaparral salpicado con largos espigones de monte bajo y matorral espeso. En la parte norte, una inmensa sierra con una exuberante vegetación, da cobijo a un buen número de “venaos”, corzos y “guarros” que son la base del aprovechamiento cinegético de la misma.

La abundancia de jabalíes y varias especies de alimañas hacen que las patirrojas no sean muy abundantes, pero sí lo suficiente para regocijo de los pocos jauleros que hemos disfrutado de aquellos parajes tan encantadores.

Aquellos días, no fueron una maravilla en cuanto a lo meteorológico se refiere, ya que se nos vino encima una gran invernada y tuvimos que salir a prisa y corriendo rumbo a Andalucía antes de tiempo, porque el frío primero y la nieve después, hicieron que cogiéramos un poco de miedo ante el panorama que se nos presentaba.

Los dos primeros días, mientras la climatología nos lo permitió, habíamos escapado bastante bien. Paco había colgado a mis mejores reclamos: el Correa y Gitano y disfrutó con ambos las dos tardes que lo hizo, tirándole un macho al primero y una pareja al segundo, ya que por las mañanas, al no ser muy cazador y un poquillo comodón, se solía quedar en la cama.

Yo tampoco me quedaba atrás. Entre mañana y tarde había tirado ocho pájaros en ambos días y, quiero recordar que fueron al Correa, a Ronaldo -me lo había dejado el amigo Raimundo para la ocasión- y al Manchego, pollo del año y de aquel terreno que hoy, con cinco celos, es mi reclamo más completo.

Cuando terminábamos los puestos de tarde, dejábamos todos los “trastos” en el cortijo y nos acercábamos a Saceruela a tomar “las copas” y charlar con los vecinos, amigos y conocidos de Paco. Allí, me contaron que la con “revolá”, término que se usa por aquellos lugares para dar nombre al primer vuelo que da nuestra perdiz roja al amanecer en busca de alimento o de vuelta a su lugar de querencia si ya ha hecho lo primero, era el momento idóneo para dar el puesto, ya que a esas horas, puesto de alba, el campo entraba muy bien a la jaula.

Con lo que me habían contado y haciéndome el valiente, una de aquellas mañanas me levanté bastante temprano, preparé todos los “cacharros” para el puesto, incluyendo a Correa, gran reclamo que lo tuve desde pollo, pero que a partir de los seis años, aun siendo de campo, dio un bajonazo tal que era imposible tirarle pájaros. Se le mataba el primero y segundo de la temporada y a partir de ese momento, cuando escuchaba el campo se “guindaba” por las paredes. Vive todavía, pero ya no sale al campo.

El coche, no lo dejé muy lejos del aguardo que había preparado el mediodía anterior, en un paraje ideal frente al Barranco de la Sepultura. Dicho colgadero, situado sobre una elevación del terreno y rodeado de abundante vegetación, tenía una buena oída y estaba rodeado de un rastrojo de trigo del verano anterior, terreno, dicho sea de paso muy atractivo para las patirrojas.

Por el camino hacia el puesto, noche todavía, pero con las primeras claras apuntando por el horizonte, empecé a sentir los primeros síntomas de la crudeza de la mañana, pero el caminar cargado con todos los “trastos” y los sustillos que me producían las torcaces cuando levantaban inesperadamente el vuelo a mi paso, mitigaban un poco la sensación de aquel imponente frío.

Como todo lo tenía preparado, monté el portátil y no tardé mucho en colocar al Correa en el farolillo y meterme en el aguardo. En un principio sólo se escuchaba el canto de algún búho que hacía guardia nocturna por aquella zona y los mugidos de varios sementales charoleses que formaban parte de la piara de vacas que dormitaban en una cerca no muy alejada del puesto. Con posterioridad, el canto de las cotolovías era el preludio de que el alba empezaba a dar señales de vida.
 
El Correa, no tardó en salir con su potente reclamo, alternándolo con un no menos atractivo cuchicheo. El campo, también empezó a participar en el concierto. Como no debería estar muy lejos, ya que había volado dos parejas la tarde anterior cuando fui a colocar el aguardo, la jaula, haciéndose cargo de la situación, comenzó a llamarlo con todos los recursos musicales de los que disponía.

Mis manos, mientras tanto, estaban empezando a presentar signos de severo enfriamiento y la moquilla casi se me congelaba al contacto con el gélido ambiente. Como podía, me restregaba las manos una sobre otra para entrar en calor e intentaba meter casi toda la cabeza en la cálida bufanda que me rodeaba el cuello. De las orejas, las piernas y los pies… ¡Mejor no hablar!

El día, poco a poco, fue sustituyendo a la penumbra de la madrugada y con él, la temperatura fue bajando a pasos agigantados, mientras que mi reclamo empezó a bajar el tono de su “discurso”, señal inequívoca de que las montesinas no se hallaban muy lejos.

Y así fue…, a los pocos segundos observo que el Correa empezó a embolarse y a recibir de pluma, con la suavidad que hacía gala por aquellos entonces, que años más tarde se transformaría en una prueba insuperable para las camperas por la aparatosidad de los gestos y, con un casi inaudible curicheo dio paso a que una pareja que había venido “apeonando”, se plantara de callado en la plaza, pero con tal celo, que el macho en cuanto divisó a la jaula, echó el ala a rastras y se dirigía hacia el reclamo con evidentes signos de entablar batalla. El Correa, lejos de achicarse, le plantó cara y, entre ambos, montaron una escena digna de recordar. Curicheos y piñones por parte de uno y acometidas arrastrando el ala por el suelo por parte del otro, acompañadas por el sonido hueco, como salido de una tinaja, de su “cuchichi, cuchichi, cuchichi…”. Mientras tanto, la hembra permanecía al lado del farolillo picoteando el terreno y afilándose el pico de vez en cuando.

Intenté agarrar la escopeta para apuntar, pero era tarea inútil…, las manos no me respondían. Los dedos los tenía totalmente encartonados e incapaces de acertar con el gatillo. Volví a intentarlo varias veces y la respuesta fue siempre la misma: no podía, era imposible.
Con estas componendas, un escalofrío, como consecuencia del agobio que me empezó a entrar por el cuerpo, me recorrió de arriba abajo y me avisó que tenía que acabar con aquella situación que empezaba a hacer mella en mi organismo.

No estaba en situación de perder mucho tiempo pensando, así que tosí repetidamente para que la pareja se alejara. Sin hacer muchos aspavientos, me levanté a la carrera, enfundé al pájaro a duras penas y “salí pitando” para el coche. Por el camino, los caños helados de la escopeta, no hicieron más que corroborarme la realidad de mis cavilaciones.

Cuando llegué al Galloper, automóvil que tenía por aquellos años, “me costó la misma vida” atinar con la cerradura. Cuando lo conseguí, y tras introducirme en él, encendí el motor para poner la calefacción y subir la temperatura de mi cuerpo, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando miré el termómetro: marcaba nada más y nada menos que once grados bajo cero.

- ¡Me cago en todos los demonios del infierno, como para no tener frío! - pensé para mí.


lunes, 26 de abril de 2010

PRIMERA ASAMBLEA DE JAULEROS ANDALUCES



Este pasado domingo día 18 se celebró en el Hotel La Rábida de Palos de la Frontera (Huelva) la primera Asamblea de Jauleros Andaluces. Esta Asociación, inscrita en el registro con el CIF G-14887764 y sede en Encinas Reales (Córdoba), lleva funcionando poco más de medio año y tiene como objetivo principal ”la lucha por la defensa de la caza de la perdiz con reclamo macho”. Milenaria actividad cinegética que últimamente está más amenazada que nunca; porque, desde Bruselas, sede del parlamento europeo, se nos indica que no se puede cazar ninguna especie animal en época de reproducción y celo, como según ellos y basándose en el artículo 63 de la Ley 42/20077 de 13 de diciembre, del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, ocurre en España con nuestra ancestral tradición; y que, por tanto, hay que prohibirla o regularla por excepcionalidad.

En base a ello, la Junta Directiva de Jauleros Andaluces, con su presidente al frente, D. Francisco Reyes, y viendo que las cosas empiezan a tomar un no deseado cariz, por tan errónea apreciación de los políticos “afincados” en dicha capital europea, se ha puesto en marcha, para tratar de demostrar -que no habría que demostrar nada, porque todo está más que clarito-, desde su preciso y claro punto de vista, avalado por muchos años de experiencia cinegética y basado a la vez en estudios científicos, que nuestra Alectoris rufa, en el periodo que es cazada con reclamo macho, no ha comenzado tan importante fase de su vida para la supervivencia de tan apreciada y maravillosa especie.

Para ello, ha elaborado un Manifiesto, fundamentado en lo anteriormente expuesto, en el que se deja claro, para que sea conocido por todos/as los cazadores/as y los que no lo sean, su opinión al respecto, que no es otra que la de hacer ver que la Unión Europea está totalmente equivocada en su apreciación y, por tanto, debe dejar tranquilos a los aficionados andaluces y de las demás comunidades españolas, donde se permite dicha modalidad  de caza, y que puedan practicar tan inenarrable forma de percibir sensaciones cinegéticas.

Para hacerles llegar a las autoridades comunitarias nuestra opinión al respecto, junto al Manifiesto se ha iniciado la recogida de firmas que nos apoyen; y digo nuestra, porque el que humildemente escribe estas líneas es de los primeros afiliados a dicha asociación, para ser exacto el número dieciocho de los ciento cuarenta con lo que cuenta en la actualidad, procedentes todos ellos/as de diversas localidades andaluzas y extremeñas.

Pues en dicha Asamblea, que contó con setenta asistentes, venidos de Granada, Córdoba, Málaga, Sevilla y Huelva, tanto su presidente -el citado Francisco Reyes-, como su secretario D. Vicente Hurtado hicieron un amplio resumen de todo lo acontecido desde la creación de Jauleros Andaluces. A continuación se eligieron dos nuevos vocales para la directiva y se entregaron algunos pequeños “detalles” de agradecimiento a miembros de la asociación y a personas relacionadas con la misma.

Si la jornada empezó con la visita al Monasterio de la Rábida –un poco fastidiada por el agua-, ésta acabó con una comida de hermandad en el Patio Andaluz del citado hotel y el cante de fandangos de la tierra por parte de Luis Rodríguez, compañado a la guitarra por Juan Valdés. Dichos fandangos -de la perdiz la inmensa mayoría-, fueron dedicados a las “sufridoras” mujeres de los jauleros y muy especialmente a un gran hombre y jaulero -aunque nunca haya cogido una escopeta-: José Trujillo Fernández. En dicha comida no faltó la tradicional gamba de la nuestra costa, ni el no menos conocido jamón de nuestra sierra; y mucho menos, el brindis por Jauleros Andaluces.


  Jauleros/as onubenses y acompañantes; entre ellos mi mujer junto a mi lado.






Distintas instantáneas de la jornada: Visita a la Rabída, entrega de detalles a laas dos cuquilleras de Jualeros, comida de hermandad, brindis por Jauleros Andaluces, dedicatoria de los fandangos y sentimentalismo de José Trujillo al verse homenajeado.


La jornada acabó con el cante de fandangos de la tierra, especialmente de la perdiz.


martes, 20 de abril de 2010

RECLAMO A LA SEGUNDA


A todos aquellos aficionados que aguantan lo inaguantable para hacer de un pollo un futuro gran reclamo, y en especial a Anselmo, el protagonista de esta historia.

Anselmo Villalta, como otros tantos aficionados a la perdiz con reclamo que ya “peinaban bastantes canas”, era de esos que a todos los pájaros le veía la parte buena. Tanto es así, que discutía acaloradamente con sus amigos del pueblo y sigue discutiendo hoy día, aunque ya no caza, defendiendo a “capa y a espada” su teoría de que si a los muchos reclamos que nos quitamos de encima, por creer que no sirven, les diéramos varias oportunidades más, posiblemente muchos de ellos, por no decir casi todos, llegarían a ser como mínimo reclamos que nos darían el “avío” e incluso alguno de ellos podría llegar a ser un pájaro sobresaliente.

Anselmo era de los que pensaba, como dice el refrán, que “los buenos culos hacen los buenos reclamos”, por ello el suyo no le dolía de sentarse veces y veces con el mismo pollo en las incómodas piedras que le servían de asiento en aquellos ya casi olvidados puestos de monte. Sabía perfectamente que muchos de ellos no darían la cara a las primeras de cambio, e incluso algunos, los menos, no la darían nunca. Por tanto, no había más remedio que “aguantar carros y carretas” para conseguir simplemente un “mediacuchara” que tuviera buena pinta.

Pero no siempre fue así. Anselmo, en un principio, como tantos otros que hemos empezado, no les aguantaba mucho a los pollos si en los primeros puestos les daba por “no abrir el pico”. Así, a aquellos que él pensaba que no servirían para reclamo, los anillaba y como no los recortaba hasta que pasaran la fase de prueba, los devolvía a su hábitat, allí donde meses antes los había cogido con lazos o trampas. Como éstos no habían estado mucho tiempo apartados de la vida en libertad, rápidamente se adaptaban de nuevo a su antiguo medio, e incluso en muchos casos se emparejaban y sacaban adelante nuevos descendientes para satisfacción de quien le había dado la libertad.

En uno de aquellos años, cuando las primeras aguas otoñales habían llenado de verdor aquellas tierras que el largo y caluroso estío había resecado y los regajos corrían con abundantes y cristalinas aguas, Anselmo, siguiendo una tradición de siempre -la perdiz para el reclamo con las plumas “mojá”-, puso unos cuantos lazos en los alrededores de la siembra, donde se acercaban varios bandos, buscando las “porretillas” del trigo recién nacido y cuál no sería su sorpresa, que al darle la vuelta para ver si había caído alguno, comprobó que en uno de aquellos lazos, cabeza abajo, pendía de una de las jaras un hermoso macho con una particularidad especial: en su pata derecha portaba una anilla, señal inequívoca de que se trataba de uno de aquellos pollos que había soltado en años anteriores y que curiosamente, era la segunda vez que caía apresado en un lazo.

En aquel momento, volvió su mente atrás para, de alguna forma, decirse que aquel macho, ya algarín, no era ni más ni menos que un pájaro al que él mismo le había dado la libertad por no reunir la condiciones mínimas para esperar un año más. Pensó por momentos volverlo a soltar, pero algo desde su interior le dijo que no lo hiciera. Así, que tras soltarlo cuidadosamente de la cuerda donde estaba atrapado, lo metió en un saco que llevaba preparado para ello, junto a otro pollo que también había caído en otro de los lazos y, con mucho miramiento, se dirigió hacia la casilla de la finca para observarlos con más tranquilidad.

Una vez allí, Anselmo subió al “doblado” de la misma y buscó entre las viejas jaulas que colgaban de varias puntillas en la pared hasta que dio con dos de ellas que, aunque con muchos pintados y arreglos a sus espaldas, con un buen limpiado quedarían más que presentables.

Metió la mano en el saco y cogió a Confusión, nombre que recibiría desde aquel momento por haberse equivocado, aunque todavía estaba por verse, al darle la libertad. Con mucho mimo, fue observándolo detenidamente y pudo comprobar la fortaleza y belleza que había adquirido desde que lo liberó, pero nunca supo con certeza los años que tenía cuando lo recuperó, pero posiblemente, por sus espolones no muy desarrollados, fuera de los que soltó ese mismo año al final de la cuelga.

Tras meterlo en la mejor de aquellas dos jaulas, lo colocó al lado de sus otros reclamos, y lo que en un principio era miedo agachadizo y algún que otro intento de salirse por la piquera, cuando Anselmo aparecía frente a él, con el tiempo, fue transformándose en tranquilidad y valentía a la hora de “agarrarse” con los demás reclamos que con él compartían jaulero.

Fue transcurriendo el tiempo y Anselmo, aunque lo veía muy encelado, esperó hasta bien entrado febrero, para que por segunda vez, y después de unos meses en libertad, volver a comprobar cómo se comportaba en el campo.

Pues así ocurrió. Una buena tarde, soleada y sin viento, tras enfundar a Confusión, cargó todos los trastos en el serón de una yegua y se dirigió justamente, porque así lo tenía pensado desde el principio, a un puesto de monte que tenía cerca de donde lo había cogido y que tenía reservado especialmente para aquella ocasión.

Lo afianzó cuidadosamente en el farolillo y, tras arreglarlo un poco, le quitó con mucho cuidado la funda y se dirigió lentamente para el aguardo sin perderle la cara y hablándole cariñosamente mientras se retiraba. Una vez dentro, sacó la petaca, lió un buen cigarro y, calada tras calada, observaba sin perder el más mínimo detalle, el trabajo de Confusión. Éste, que permanecía derecho sin tocar un alambre, al poco tiempo, tras afilarse varias veces el pico en la piedra de la jaula, salió con un potente y agradable reclamo, y así continuó hasta que posiblemente por oída de alguna patirroja de los alrededores, comenzó a dar de pie. Aquel atractivo canto, no pasó desapercibido para las campesinas, porque a la caída de donde estaba el colgadero, le contestó una hembra que no tardó mucho tiempo en presentarse en la plaza.

Confusión la recibió con una gran suavidad y Anselmo, que no “había perdido puntá” en toda la faena, la dejó “seca” a sus pies. El disparo hizo que la jaula se quedara momentáneamente callada y sorprendida, pero a los pocos segundos, a la vez que casi tocaba el techo de la jaula con la cabeza, empezó a dar de pie suavemente y así continuó hasta que un macho, con un poderoso reclamo, le comunicó que “iba a pedirle explicaciones” de lo que estaba haciendo allí.

Enmoñado y con el cuerpo embolado, se presentó en la plaza y se dirigió rápidamente para Confusión en cuanto lo divisó, que con un cuchicheo bajísimo le dio a entender que allí estaba él para lo que hiciera falta. Anselmo, con los ojos como platos, presenciando lo que estaba ocurriendo y el trabajo de su reclamo, los dejó que “pelearan” y poco después abatió a aquel valiente macho de un certero cartuchazo. La jaula, esta vez, cargó el tiro como mandan los cánones y así siguió hasta que fue alternándolo con llamativos reclamos.

Anselmo no cabía de gozo por todo aquello que estaba viviendo y en éstas andaba, cuando un fino canto procedente de detrás de unas jaras próximas hizo que le cambiara el semblante al comprobar que Confusión, presentaba un cierto nerviosismo y estaba empezando a tomar algunos alambres.

Una idea empezó a rondarle por la cabeza, cuando lentamente y picoteando el suelo, aquella hembra que hasta momentos antes no había dado señales de vida y que tampoco había querido acompañar a la plaza al que hasta entonces era su pareja, se dirigió hacia el reclamo con evidentes signos de tranquilidad y confianza, lo que terminó por confirmarle sus pensamientos: “aquella viuda, era su antigua hembra”.

Al tenerla cerca, Confusión la “tomó de plumas” con una gran suavidad a la vez que le ofrecía unos tiernos piñoncitos que eran devueltos con suaves “reclamaillas” por parte de la hembra.

Anselmo, que estaba sumido en un mar de dudas, pensó infinidad de cosas y, entre ellas, no tirarla y dejarla que viviera. Pero al final, se decidió por lo contrario. Apuntó y, sólo un leve aleteo en su agonía, puso fin a la vida de aquella pajarilla.

Poco después, tras deleitarse con el fenomenal trabajo que estaba realizando la jaula, sin obtener respuesta alguna, y viendo que la noche se le echaba encima, salió del puesto “dedicándole mil flores” a Confusión y, tras enfundarlo y recoger las campesinas, sacó de nuevo la petaca, lió y encendió un nuevo cigarro y tras darle varias chupadas y, echar humo como una chimenea, mientras su mente trabajaba a mil por hora intentando descifrar lo que ya nunca sabría sobre aquella hembra, se dijo a sí mismo:

-Anselmo, a la primera…, te equivocaste. Pero a la segunda…, ¡vaya “peazo” de pájaro que has “encontrao”!

Hoy día, con muchos años a sus espaldas, Anselmo Villalta todavía recuerda con pelos y señales aquel lance jaulero y nunca se cansa de repetirles a todos los aficionados que conversan con él -incluyendo su nieto-, que pocos pájaros son los que no sirven para reclamos.

viernes, 16 de abril de 2010

LA "COSA" SE EMPIEZA A PONER FEA


Hay un refrán muy antiguo que dice: ”Cuando el río suena, agua lleva”. Pues esas pocas palabras, trasladándolas al mundo del reclamo, vienen a decirnos que estamos empezando a hacer ruido y, eso, no es nada bueno.

Desde el centro de “entendidos europeos”, con sede en Bruselas, se nos envía un ultimátum recordándonos, equivocadamente por cierto, que no podemos cazar especies en época de celo o reproducción y que, por tanto, la legislación sobre dicha modalidad de caza o hay que cambiarla o recogerla como excepcionalidad.

Aunque leyendo detenidamente todo lo que se publica sobre el asunto, en ningún sitio aparece el “cargarse la cuelga de la perdiz con reclamo”, en la mente de todos/as está que no es una idea muy descabellada. Habla, eso sí, de cambios en cuanto a fechas. Y aunque ello sea de menor gradación que quitarla de un plumazo, el resultado, aunque no igual, sí crearía mucho desaliento entre los aficionados a esta modalidad de caza, ya que la grandeza de la misma está cazar en tiempos de parejas o colleras y no en la de bandos. ¿Cómo se va a disfrutar igual viendo la faena de un pájaro al que ya se le ha tirado su consorte que tirando a uno de los componentes de un bando?

La razón principal que ha movido a la clase política refugiada -bien acomodada, por cierto- en la sede europea de Bruselas, no es otra que la de hacernos tragar la creencia de que cazamos en época de celo. Ellos han escuchado por nuestras bocas muchas veces estas palabras: muy/poco encelado, el celo está bueno/malo, no hay celo, traía mucho/poco celo y mil frases más que, al fin y al cabo, lo que hacemos es usarlas como metáforas para hablar de que el campo y los reclamos están o no para darle belleza, plasticidad, disfrute… a los lances, pero nunca para puntualizar que las patirrojas han entrado en su ciclo reproductivo. Eso, viene bastante después.

Yo, desde mis cortas entendederas políticas, le preguntaría a la comisión correspondiente lo siguiente:

- ¿Se ha contado con el asesoramiento de "gente" verdaderamente preparada en el tema, o se basan en ideales más o menos ecologistas de algunos personajes que dicen saber mucho, pero no tienen idea de qué va el tema?

Creo que la respuesta es fácil. Seguro que ni uno solo de ellos se ha metido nunca en un puesto e, incluso, que no lo ha visto ni siquiera en proyecciones audiovisuales.

Pero es más, el Derecho Romano, el que hoy todavía nos rige, porque no hemos encontrado nada mejor para sustituirlo, habla muy clarito de LAS TRADICIONES y LAS COSTUMBRES. Ambas son como la ley, o para decirlo mejor, SE HACEN LEYES. La “cuelga” no ha empezado hace “dos días”, como los recorridos de caza u otras modernuras -muy respetables por cierto-. La caza de la perdiz con reclamo ya existía con anterioridad al nacimiento de Cristo y estoy casi seguro que Aristóteles, gran hombre por cierto, probó alguna vez las sensaciones de esta modalidad de caza. No creo que por oídas hubiese escrito de ellas.  La recoge la Biblia y algunos siglos después, fue nuestro Miguel de Cervantes, entre otros muchos otros, el que la cita en sus obras.

¿Por qué no lo ven de esta forma y dejan de enredar de una vez por todas? ¿Por qué no se quieren dar cuenta que si no fuera por nosotros, aparte que dejamos al Estado muy buenos euros y proporcionamos más de un puesto de trabajo, la perdiz sólo se vería en pintura?

¿Por qué no se preocupan de otras cosas muy importantes para la supervivencia de la perdiz como es el daño que hacen los tractores en la verdadera época de reproducción? ¿Ahí no hay celo? ¿Han pensado alguna vez en los miles y miles de nidos que estropean las maquinarias en esa época, cuando con una buena legislación esas labores se podrían adelantar unos meses?

¿Son tan torpes los políticos de turno para no darse cuenta todavía que no se puede regular un periodo de cuelga para toda Andalucía con mínimas variaciones, cuando todos sabemos que dentro de una misma provincia en algunos lugares hay parejas y, a no mucha distancia, dicha circunstancia tarda bastante en llevarse a cabo? ¿No sería mucho más fácil que las Delegaciones Provinciales lo hicieran dentro de unos periodos legales establecidos? Incluso yendo más lejos, ¿tan difícil sería que dentro de un periodo de tiempo lógico y acordado con anterioridad con personas con experiencia y buenos conocimientos, las fechas fueran recogidas en cada uno de los Planes Técnicos de Caza? ¡A lo mejor, resulta que éstos sólo sirven para sacarnos un buen puñado de billetes!

Para finalizar, quiero puntualizar, con mayúsculas, que el mejor antídoto contra estos males que hace tiempo que padecemos es LA UNIÓN ENTRE TODOS LOS JAULEROS. Así, con una unión férrea, seguro que saldremos adelante. Casi seguro que este año no pasará nada, pero la "cosa", como dice el título, empieza a tomar cuerpo. No dejemos que gente de fuera de nuestras fronteras nos quite lo que es de aquí.

Y a los políticos, pedirles,que nos dejen con nuestra jaula a cuestas, que poco daño hacemos. Es todo lo contrario, contribuimos más de la cuenta a la supervivencia de nuestra Alectoris rufa. Y si no, que miren en los terrenos baldíos -en los que no se puede cazar sin ser espacios naturales protegidos- para ver las perdices que hay.

miércoles, 14 de abril de 2010

AL ALBA: UN PUESTO PARA EL RECUERDO.


Amanecía lentamente en la sierra. Aquella fría mañana dejaba su tarjeta de visita en forma de manto blanco que cubría todo aquel exuberante paisaje invernal. A lo lejos, las perdicillas que iban entrando en su cenit sexual, canturreaban en busca de algún galán con quien compartir las largas y, muchas veces, desapacibles noches invernales. Mientras tanto, los machos que ya habían escogido compañera con quien iniciar el nuevo ciclo reproductivo, llenaban el aire con sus continuos reclamos y arrogantes, a la vez que intimidatorios cuchicheos. Un poco más alto, como levitando por encima de nosotros, las madrugadoras “cotolías” –cogujadas- también ponían su granito de arena en tan maravillosa sinfonía que nos ofrecía aquella nueva alborada regalo de nuestra madre naturaleza. Al fondo, en alguna de las muchas atalayas de aquel centenario encinar, nuestro bello búho real, igualmente se sumaba a la orquesta como queriendo poner punto y final a su “jornada de trabajo”.

A medida que nos acercábamos al cazadero, el continuo “pichó, pichó, pichopichopichó…” de las patirrojas en busca de los primeros sustentos matutinos, hacía que el corazón, cada vez más alterado por la caminata y por tan emocionantes sensaciones, terminara por insuflar sangre más que caliente, para que aquel fresquillo mañanero se transformara, por momentos, en un significativo, a la vez que nervioso calorcillo.

El abuelo Vicente, ya le había “dicho” a Facultades varias veces que todavía no había llegado su momento. Pero éste, que igualmente era partícipe de la algarabía que nos ofrecía la mañana antes de que el astro rey hiciera acto de presencia, también quería sumarse al alboroto y no cejaba en el empeño de iniciar su particular partitura. Como era pájaro de “espolones retorcidos”, sabía perfectamente, porque lo había barruntado, que allí, al otro lado de la oscuridad que a él, de igual forma, le proporcionaba la sayuela, había “movimiento” suficiente como para que fuera una gran jornada.

Después del largo recorrido, siempre cuesta arriba y con alguna parada para recobrar el resuello, el abuelo, tras apoyar la escopeta sobre el troncón de una encina, se bajó el pájaro de la espalda y lo colocó con cuidado en el suelo. Era la señal de que habíamos llegado al lugar elegido: una antigua era situada en un morrete y rodeada de chaparreras, jaras, jaguarzos y alguna que otra retama. Un precioso enclave con bastante oída y de mucha querencia para las campesinas.

Mientras él arreglaba el matojo y remendaba un poco el aguardo -yo un poco asustado por la oscuridad iba tras él a todos lados-, Facultades no paraba de cuchichear, por lo que hubo más de un golpecito encima de la jaula y algún que otro “ssssssss..” para que cerrara el pico. Pero éste, que ya sabía por “donde iba el agua al molino”, por más que insistía el abuelo, seguía “calentando motores” para el comienzo de su recital. Así, que no hubo más remedio que meternos en el puesto casi a la carrera. A la vez, un mirlo que habría pasado la noche por los alrededores y que vio alterada su tranquilidad con nuestra presencia, también quiso participar en el concierto y nos acompañó durante unos momentos revoloteando por las cercanías con su llamativo y clásico chillido de alarma.

El abuelo, como siempre hacía, me dio la mantilla -sayuela- del pájaro, tras habérsela quitado con anterioridad al reclamo y un buen manojo de jaguarzos para que estuviera más cómodo sobre la piedra que me serviría de asiento. Él, tras “dialogar” durante unos segundos con Facultades, se apoyó en mi hombro para levantar la pierna por encima del aguardo, como era habitual y, una vez dentro, cargó su vieja Jabalí, con un “Galgo” de cartón.

- ¡Niño, vamos a ver qué pasa, la mañana tiene muy buena pinta! - me susurró el abuelo.

Facultades, mientras tanto, con evidentes signos de satisfacción por las buenas perspectiva de la mañana y bajado de tono en grado máximo, como intuyendo un gran lance, no tuvo que esperar mucho, porque instantes después, una hembrilla, con parte del plumaje humedecido por el rocío, tras varias reclamaíllas por los alrededores, se presentó en la plaza sin el más mínimo atisbo de desconfianza.

Yo, que le había dado al abuelo con la rodilla, anunciándole la entrada, esperaba con el nerviosismo propio de la edad que el abuelo apretara el gatillo. Cosa que ocurrió poco después. Pero, el “pichó, pichó, pichó...” de la hembra, sólo vino a certificar que el abuelo era tan mal tirador, como buen aficionado.

- ¡Joder, niño! ¡Mal empezamos! -dijo el abuelo, moviendo la cabeza en señal de resignación.

Se metió la mano en la pelliza, sacó otro “Galgo” y abrió la escopeta. Pero, como solía pasar tantas veces por aquellos entonces, la vaina del cartucho recién disparado, no quería salir.

Tuvo que tirar de la escopeta hacia dentro del puesto -él solía dejarla guardando el equilibrio sobre la tronera-, y con un trozo de hierro que siempre llevaba para estos menesteres, hizo varias intentonas, lanzándolo cañón abajo, hasta que por fin, en una de ellas, consiguió que saliera.

Mientras estaba liado con esta maniobra, no apreció, y otra vez tuve que decírselo, que una pareja, de callado, había entrado en la plaza y Facultades, como si nada hubiera pasado, los recibía con todos los honores.

- ¡Coño, niño, cállate, que ya me he “dao” cuenta! -me respondió por lo “bajini” con cierto aire de cabreo y nerviosismo.

Volvió a cargar la escopeta, la introdujo nuevamente por la tronera, apuntó por espacio de tiempo interminable y..., cuando creyó que la “cosa” estaba para carambola…, “Boooooom”.

Aquel nuevo “pichó, pichó, pichó...”, junto al estruendo del apresurado vuelo de desbandada de las montesinas, desencadenó una gran “tormenta”.

- ¡Me cago en los demonios! ¡Será posible esto! ¡Como siga así, me voy a cargar a Facultades! ¡Estos cartuchos recargados…! –balbuceaba el abuelo.

Luego, dirigiéndose a mí, como solicitando mi compresión e indulgencia, me dijo, mientras cargaba de nuevo la escopeta y le pegaba con saliva otro pequeño trozo de papel de fumar al punto de mira para verlo mejor:

- Niño…, estas cosas pasan. Además, como hay poca luz y yo de vista no ando bien, pues se me han vuelto a ir. De todas formas, prosiguió el abuelo, de esto no se entera ni Dios, ¿de acuerdo…?

- Sí abuelo, sí, -tuve que responderle. No me quedaba más remedio si quería seguir yendo con él a los puestos.

Facultades, como queriendo ser comprensivo y tolerante, aceptó el nuevo error de su dueño y volvió a dirigirse a quien lo escuchaba, con toda una fantástica gama de cantes.

Por la firmeza y seguridad de los mismos, se podía adivinar que él tenía la seguridad de que, más tarde o más temprano, alguna de las patirrojas que no “perdían puntá” de aquel magistral espectáculo, terminaría por venir a escucharlo desde cerca. Y así fue. Mientras un anaranjado rojizo comenzaba a embellecer por el oriente el inminente amanecer, un macho, con aparentes signos de “marcha”, acometió -ala a rastra incluida y cuchicheo desafiante- contra la jaula, la cual, en señal de aceptar el reto, inflado como un globo y con un inaudible cuchicheo, le daba la bienvenida.

Miré al abuelo y él con cierta inseguridad en sus gestos, también me miró. Luego, volvió la cara para el tanganillo, apuntó y apunto y…, tras otro “rugido” de la escopeta, el campero, esta vez y después de varios botes y aletazos en las cercanías de la jaula, sí terminó por “estirar la pata”.

Sin embargo, a Facultades no le hizo gracias la historia y un saseo continuado no era más que su forma de demostrarlo. Pero, segundos después, tras sacudirse varias veces el plumaje, volvió a la carga y con una nueva, a la vez que melodiosa sinfonía, dio comienzo al último “acto”. El abuelo, refunfuñando y moviendo repetidamente la cabeza, volvió a cargar la escopeta. Yo, mientras tanto, aunque no me faltaban ganas de decirle alguna barbaridad, por la mañanita que llevaba con los repetidos fallos, jugueteaba con las vainas de los cartuchos a la vez que le hacía señas de que tenía las piernas entumidas.

El tiempo iba pasando lentamente y mis piernas, y por qué no decirlo, el culo empezaba a no sentirlos. Así, erre que erre, le volví a hacer gestos al abuelo para que se “apiadara” de mí y diera por terminado el puesto. Pero nada, él, siempre hacía lo mismo. Dedo índice en la boca y “ssssssss…”.

Cuando ya parecía que aquello iba concluyendo, porque el campo había enmudecido por completo y el sol se había apoderado hasta del último rincón, Facultades se vino nuevamente abajo y una nueva hembrilla, “chachareando” sin cesar, empezó a dar señales de vida. La jaula, tras silencio sepulcral, mientras la pajarilla se desgañitaba, esperando respuesta, pasó a picotear la esterilla y doña patirroja, haciéndose la remolona mientras comía alguna hierbecilla, fue acercándose al reclamo, que sin ningún aspaviento la “saludaba” con un casi imperceptible cuchicheo.

El abuelo, volvió a apuntar concienzudamente y apretó de nuevo el gatillo. Pero esta vez, para colmo de las desgracias, sólo se escuchó el clic del punzón sobre el también recargado misto, pero ahí acabó la cosa. Abrió con exquisito cuidado la escopeta, volvió a montarla y, tras apuntar nuevamente, volvió a tirar del gatillo… y, otra vez clic.

Con un nerviosismo que ya no podía ocultar, se metió una vez más la mano en el bolsillo de la pelliza, sacó otro cartucho y, mientras volvía a cargar la escopeta, algo tuvo que extrañar la perdiz que, con rápida carrera y entonando el “ra,ra,ra,…” de despedida, desapareció en un abrir y cerrar de ojos.

El abuelo, cariacontecido, con un enfado de mil demonios y “echando sapos por la boca”, se levantó del puesto. Como pudo, salió de él, con mi ayuda, por supuesto. Se acercó hasta Facultades, le habló en tono decaído, como pidiéndole perdón y lo enfundó tras enseñarle aquel enorme macho abatido.

Yo, mientras tanto, además de observar todo lo que ocurría, movía las piernas incesantemente hasta que adquirieron toda su movilidad. Luego, me salí del aguardo y, sin mediar palabra alguna, miré al abuelo con cara de quererle decir que no se preocupara.

Cuando iniciamos el camino de vuelta y a pocos metros más para abajo, una perdiz, la primera que tiró -no había duda-, estaba, aunque todavía viva, consumiendo los últimos momentos de su vida.

Esto pareció alegrar un poco al abuelo, pero en la ahora larga caminata cuesta abajo, después de un silencio prolongado, me echó la mano por el hombro y me dijo:

- Niño, ya no está uno para estos madrugones. Éste que acabamos de dar, será nuestro último puesto de alba. A partir de ahora, ya no tendrás miedo a la oscuridad, ni pasarás más frío, ni me verás errar tantos pájaros…

Luego, tras respirar profundamente, y mirar varias veces al infinito, se volvió a dirigir a mí, mientras continuábamos andando y me volvió a repetir:

- De todas formas, lo que ha ocurrido hoy, se queda dentro del puesto. Es sólo para ti y para mí.

Y así ocurrió. Fue pasando el tiempo y aunque siguió colgado el pájaro, siempre con mi inestimable ayuda, dada su avanzada edad, nunca más dio el puesto de alba, aunque sí llegó a escuchar dicha canción en boca de Luis Eduardo Aute. Por el contrario, se le volvieron a ir más de una patirroja. Ése era su sino jaulero, pero nunca se enteró nadie de lo que ocurrió en su último puesto de alba, aparte, dicho sea de paso, de matar una pareja de montesinas.

viernes, 9 de abril de 2010

GITANO O EL ÚLTIMO DE LA FILA.


A todos aquellos reclamos que llegaron a serlo por casualidad y no porque sus dueños así lo pensáramos desde el primer momento.

Gitano era un pájaro con el que uno se divertía y, bastante para ser justo con él, sin llegar a ser un reclamo puntero, fue uno de tantos de los que tenemos abandonado en un rincón o no miramos para ellos, bien por su presencia física, no muy “torera”, por ser un poco saltarín y alambrista o bien porque no es un gran tenor como Plácido Domingo o José Carrera. Pero resulta, que un buen día, por necesidades del guión, dígase porque se nos pone enfermo el reclamo que íbamos a colgar, o porque ese día no abre el pico el “figura”, o bien porque éste se lo dejamos a un compromiso al que no podemos decirle que no, pues resulta que no tenemos más remedio que echar mano de nuestro “medio abandonao”.

Vamos al cazadero con no muchas ganas porque sabemos, o creemos saber lo que va a ocurrir: ni escucharle abrir el pico, botecitos, alambreos, etc, etc. Sin embargo, como tantas veces hemos escuchado e incluso nos ha pasado, resulta que “nuestro buen señor” es ponerlo, observar un poco el campo y ya está…, la sinfonía.

Este reclamo, junto con otros cuatro, se lo compré por mediación del amigo Bibiano Márquez, a un tal Vicente Barragán, al que conocíamos como “El Gitano”, por cuarenta y cinco mil pesetas hace unos diez años

De los cinco, el que me gustaba murió repentinamente al poco tiempo de adquirirlo, así que me quedé con los otros cuatro. Un pollo, recuerdo que no me duró mucho porque era bravo como los victorinos. De los otros tres, dos tenían buena pinta, pero llegado el celo, le di varios puestos y nada…, burracos y equilibristas.

Por tanto, me quedaba el quinto y último. Con éste sí que se cumplió lo de “no hay quinto malo”. No lo había sacado nunca porque se mantuvo pelechando casi hasta mediados de noviembre y estaba un poco blancucho, aparte de no haberle escuchando nunca ni el más mínimo reclamo.

Pero un buen día de aquel celo, fui por la tarde a colgar, como año tras año hice por aquellos entonces a La Rebolla, finca del término municipal de Alosno, sembrada de eucaliptos y cubierta por monte bajo de jaras, jaguarzos, cantuesos, tojos…, precioso encinar antiguamente, y propiedad por aquellas fechas del oculista D. Fernando Ramírez Botello, también gran aficionado. Como quiera que este terreno está a unos cuarenta y cinco kilómetros de Huelva, siempre solía llevarme dos pájaros por si el “figura” que llevaba me la colocaba ese día, como así ocurrió.

Aquella tarde un poco lluviosa y con viento húmedo del charco, como se dice por aquí, era de esas en donde los eucaliptos suelen silbar y moverse de tal forma, que algunos reclamos, por no decir bastantes, “no abren el pico”.

En dicha situación, llevaba ya un buen tiempo con el reclamo semiaplastado y amedrentado por las inclemencias meteorológicas, cuando decidí, aunque no era el mejor día para ello, echar mano de Gitano. Fui al coche, dejé allí al pájaro que llevaba, que bien pudiera haber sido “el de Juan”, regalo de Juan García Pedraza y, con rapidez, me volví para el puesto con el protagonista en la mano.

No llovía en aquellos momentos, aunque la tarde seguía plomiza y bastante húmeda. Los eucaliptos, aunque un poco más serenos, continuaban con su baile y con su música.

Aseguré bien a Gitano en el farolillo y me metí en el aguardo a ver qué pasaba. ¡…Y pasó, y bien que pasó…! A los pocos minutos, tras sacudirse un poco empezó a llamar por alto con un reclamo “aseao” y no mucho más tarde se quebró con un cuchicheo más que aceptable. Como se suele decir en estos casos, por emplear un término, que nunca será inédito porque ya están todos archiempleados, me quedé más que sorprendido, aunque en esto de la cuelga nadie se asombra por nada ni de nadie.

Gitano, parecía no extrañarse del movimiento con ruido incorporado que esta especie arbórea, que dicho sea de paso ha estropeado miles y miles de hectáreas en nuestra provincia y continuaba con un trabajo más que aceptable.

Como el puesto tenía una oída maravillosa, ya que estaba situado al lado del Cabezo Candil, pronto le contestó el campo en los terrenos de la Compañía de Tharsis. Gitano, en cuanto escuchó el canto de las campesinas, comenzó a meterse en la faena sin el más mínimo atisbo de esa inquietud que normalmente hace mella en muchos reclamos noveles cuando debutan en el campo.

Un macho, con reclamo fuerte y poderoso, había bajado la ladera de enfrente y tras cruzar el carril que separa ambas fincas, se dirigía con cierta rapidez hacia el colgadero. Cuando llegó a unos veinte o veinticinco metros de “Gitano”, se parapetó en una de las terrazas y empezó a dar de pie con el clásico “cuchichi, cuchichi, cuchichi…” ronco que acompaña a los machos camperos, pero a la vez, unas reclamadas finas y llamativas me indicaron que se trataba de una pareja y no de un macho viejo y solitario.

Gitano, que seguía sin perder la compostura, empezó a alternar cuchicheo y piñones y la pareja que había llegado casi a la altura del aguardo de “callao” pero con el ruido característico que producen al pisar la hojarasca del suelo, como sabemos todos los que hemos colgado en eucaliptares, se le plantó en la plaza en un “santiamén”. Al verlos, se infló como un globo y lejos de amedrentarse por la presencia de ambas patirrojas, con tono casi inaudible, les dedicó un melodioso cuchicheo. El macho, seguramente con cara de pocos amigos, se fue flechado hacia la jaula e hizo varios intentos de “engarabitarse” en ella y, con claros síntomas de expulsar de aquel su territorio a tan osado intruso, comenzó un fortísimo curicheo en señal de intimidación.

Pero no fue mucho más allá, ya que a los pocos segundos, cuando ambos estaban en plena disputa, el estruendo de un Armusa del calibre veintiocho, con carambola incluida, sesgó su vida y la de su compañera para regocijo de Gitano y de camino, también de su dueño.

La "jaula", lejos de sorprenderse con el disparo, se quedó dando de pie un buen rato, y aunque la tarde, dicho sea de paso, iba cayendo poco a poco, una hembra que se resistía a pasar en soledad la noche, que empezaba a tomar cuerpo, comenzó a subir el cabezo hasta situarse a no mucha distancia del reclamo. Gitano empezó a trabajarla con mucha suavidad, mientras ella avanzaba lentamente semitapada por las jaras y cantuesos. Cuando la tuvo encima volvió a inflarse “cual globo de feria” y esta vez echó mano del picoteo de esterilla para fijarla y no dejarla que se fuera. Así estuvieron largo rato. Ella, de vez en cuando, como queriendo animar al reclamo a que bajara, picaba alguna hierbecilla o semilla por allí encontrada y él la seguía “encandilando” con la belleza de sus gestos, alternados con suaves piñoncitos.

Tenía que dispararle si no quería llegar “a las tantas” al coche,  ya que la tarde no estaba para “tirar cohetes”, así que un nuevo estruendo dejó a la hembrilla pataleando levemente al lado de Gitano, el cual cargó nuevamente el tiro y así continuó hasta que muy lentamente y homenajeándole con palabras cariñosas, me acerqué a él, tras recoger el macho y acercárselo para que disfrutara un poco. Tras enfundarlo, recogí todos los “trastos” y, con no mucha luz del tibio sol que levemente había despedido el día entre aquel atractivo mosaico de nubes, me encaminé para el coche, al cual llegué con casi noche cerrada, pero con la alegría y satisfacción de haber dado un puesto de los que hacen que olvidemos los malos momentos que también vivimos.

lunes, 5 de abril de 2010

LA DISTANCIA DEL TANTO Y LOS CALIBRES DE LAS ESCOPETAS


Una cosa tengo clara sobre este tema: nunca nos pondremos de acuerdo. ¿El porqué…? Está claro, o yo por lo menos lo tengo así. Cada jaulero es un mundo aparte. Es único y especial, por lo tanto, muy suyo y un poco maniático. Lo que yo creo, posiblemente, o casi seguro, para otro no es así.

Una vez hecha esta pequeña introducción, voy a tratar de exponer mi idea sobre el tema de los tantos, de las distancias y las armas a emplear, avalada por “algunos muchos años” viéndolos hacer y haciéndolos.

Para mí, la distancia entre el tanto, matojo, farolillo, maceta, pulpitillo, tanganillo, arbolillo, arbolete, repostero, peana… y el aguardo o puesto, salvando los casos extremos por necesidades del terreno, –excesivamente distantes o cercanos-, no es una cosa vital, o por lo menos, no es lo más importante. Lo es mucho más el tipo de escopeta y la persona que va a disparar.

Cuando hablo de este tema, siempre recuerdo a mi tío Jerónimo, uno de mis maestros en esto de la “jaula”. Él siempre tiró con una “Indian” calibre veinticuatro -no le gustaba la del doce para el puesto-, y cartuchos recargados. El resultado siempre era el mismo, la patirroja de turno no movía una pluma; y cuando lo hacía, no era debido a la escopeta, sino a fallo humano: precipitación, nerviosismo, tiro trasero al salir de estampidas las campesinas o avaricia en las carambolas. Pero cuando estas circunstancias no se daban, por muy largo que estuviera el matojo –como él le llamaba-, la que estaba en plaza no decía ni “pescao frito”. La razón no era otra que el disponer de una escopeta que, aunque era de pequeño calibre, plomeaba muy bien y él era un hombre ducho en esas lides y con una tranquilidad pasmosa a la hora de apretar el gatillo.

En esas dos circunstancias –escopeta adecuada y tranquilidad-, más un cartucho normalito, creo que está el meollo de la cuestión; y me explico:

Últimamente, se anda dándole más vueltas de la cuenta a este tema y, la mayoría de la veces, lo que ocurre es que hablamos sin conocimiento de causa; o bien, porque Fulanito dice o Menganito hace.

Aparte de los caprichitos, que existen -los jauleros somos así-, si somos medianamente entendidos y consecuentes, el farolillo lo haremos con lógica en cuanto a la distancia de separación con el aguardo. A nadie se le ocurre levantar uno a veintitantos pasos si su escopeta, por citar una, es del calibre 410, o lo contrario, ponerlo a doce pasos si tira con una monocañón del calibre veinte con una o dos estrellas. La razón, es de cajón en ambos casos: en el primer supuesto, lo más seguro es que la patirroja se vaya plomeada o si hay suerte, y se le da en un sitio más o menos vital, se quede; pero la mayoría de las veces lo hará dando botes, aleteando, pataleando... con el peligro para el reclamo que ello conlleva. En la segunda situación, lo más seguro, si el tiro es certero, es que la pieza abatida, que por supuesto, no “dirá ni pío”, sirva para colador, pero no para el puchero.

Muchas veces, o más bien la mayoría, el tipo de escopeta y sus correspondientes estrellas, el tipo de cartucho, su plomo y gramaje y las distancias, son cuestiones tan elementales que no necesitarían mucho papel para acertarlas. Lo que pasa, bajo mis cortas entendederas, es que los jauleros somos gente indecisa e insegura. Necesitamos que alguien nos diga si lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal. Pero, en cuanto la opinión que solicitamos no coincide con la nuestra, ya está el lío. No estamos seguros de nuestras ideas, necesitamos que alguien nos la corrobore. Afortunadamente, no todos los jauleros son así. Los hay con gran seguridad en sus ideas y actuaciones, pero, humildemente, creo que una buena mayoría necesita que alguien le “caliente la oreja”.

Yo, en este punto, siempre lo he tenido muy claro. Sea por capricho, por gusto o por convencimiento, nunca he utilizado calibres grandes, sino todo lo contrario. He ido bajando en lo referente a ello. Empecé con el veinte, pasé al veintiocho -es con la que normalmente siempre he tirado- y ahora quiero probar con el 410, aunque también he tirado puntualmente con él.

Razones que me han movido a ello:

- Los farolillos están más cerca y se disfruta más de los lances.

- Se oye mejor todo el “concierto” del reclamo y del “campo”.

- Las escopetas son menos pesadas y más manejables.

- Los tiros suenan y espantan menos.

- Se destroza menos la caza.

- Soy caprichoso en mis cosas del mundo de la jaula.

Y si tengo que ser sincero, que lo voy a ser, pocos pájaros se me han ido, algunos como a “to” cristiano, pero pocos. Quizás porque nunca me he alobado a la hora del disparo o quizás porque he sido sensato a la hora de colocar el tanganillo a su distancia con respecto a la escopeta que me acompañaba.

Por tanto, y a modo de resumen, lo importante creo que no es tal o cual escopeta o este o aquel calibre –que también tiene que ver-, lo importante es saber qué se tiene en las manos y obrar en consecuencia. Que la escopeta “entaca” mucho, farolillo lejos; que por el contrario abre más de la cuenta o es de un calibre pequeño, arbolillo más cerca.

Para evitar situaciones no deseadas y de las que luego tengamos que arrepentirnos, no se debe nunca, a no ser por una excepcionalidad, ir al puesto con una arma que no se conoce, ya que si la cosa pinta bastos y se nos van las campesinas de la plaza o se quedan aleteando o saltando, malo.

Y si entramos en grosor del plomo y su gramaje, casi ocurriría lo mismo. Hay quien cree que está a la caza de la paloma al vuelo: plomo del seis y treinta y cuatro e incluso treinta y seis gramos; y esto no deja de ser una locura. Si se tira con una escopeta del “doce” con una y tres estrellas en los caños y una distancia del repostero de 18/24 pasos, que es lo que debe ser normal, con un cartucho de 32 gramos, incluso menos y plomo del siete u ocho, quizás este último, mejor, sobra. Por el contrario, si el calibre es más pequeño, debemos afinar más, ya que algunas de ellas –dígase las del veinte-, son un cañón. Cuando nos encontramos con estos casos, habrá que alejar el pulpitillo, e incluso, aunque parezca una aberración, cortarle un poco los caños -no seríamos ni los primeros, ni los últimos-.

Con calibres todavía menores, la cosa se complica un poco más, aunque afortunadamente en el mercado hay variedad de cartuchos para todos los casos y gustos. En el mío particular, con escopeta del veintiocho, con una y tres estrellas, después de muchas pruebas –ahí está el éxito-, llegué a la conclusión que lo mejor era plomo ocho y veintiún gramo. Con ese cartucho, sin citar marca, y a una separación normal de 16/20 pasos, pocas montaraces han entonado el “pichopichopicho…”, incluyendo más de una carambola. Por último y para terminar, con la modernura del 410, todo va a depender de la distancia, si la maceta está un poquitín larga –que no debería-, quizás el plomo seis sea el ideal, aunque tenga menos cantidad. Si la separación es normal para este calibre -12/15 pasos-, el plomo ocho, para mí, es el idóneo, siempre hablando de la variedad mágnum.


Mis dos escopetas de siempre más una nueva que incorporo (de izquierda a derecha):

La 1ª una Aya monocañón del calibre 20 que deja al "campo seco" a cualquier distancia. No se le pueden poner los farolillos muy cerca, ya que "barre" la caza.

La 2ª una Hnos Zabala del calibre 28. Una buena escopeta todoterreno con cartuchos de 21 gramos. Cañón derecho de tres estrellas e izquierdo de una.

La 3ª una Hnos Zabala Anthea del 410 que me he regalado este año para el día de S. José. Una preciosidad. Tiene un solo gatillo y selector de tiro, pero está por ver en el campo. Una estrella en cada caño, adaptados con polichoc. Presenta buena pinta en los tiros. Esta probada a 12/16 buenos pasos.



Con se puede apreciar -regular en las fotos anteriores y mejor en esta última-, suelo pintar de camuflaje los cañones de mis escopetas con pintura mate negra, verde bosque y ocre. Como siempre tengo los caños sacados por la tronera, cuando entra el campo, no suele extrañar nada.

EMPEZAR DESDE CERO.


Es estas vacaciones de Semana Santa, se ha producido un fallo en el contador de visitas y ha habido que empezar desde cero, por lo cual las 1100 visitas que marcaba hasta esas fechas, se han perdido. Estas son las cosas de la tecnología.