viernes, 9 de abril de 2010

GITANO O EL ÚLTIMO DE LA FILA.


A todos aquellos reclamos que llegaron a serlo por casualidad y no porque sus dueños así lo pensáramos desde el primer momento.

Gitano era un pájaro con el que uno se divertía y, bastante para ser justo con él, sin llegar a ser un reclamo puntero, fue uno de tantos de los que tenemos abandonado en un rincón o no miramos para ellos, bien por su presencia física, no muy “torera”, por ser un poco saltarín y alambrista o bien porque no es un gran tenor como Plácido Domingo o José Carrera. Pero resulta, que un buen día, por necesidades del guión, dígase porque se nos pone enfermo el reclamo que íbamos a colgar, o porque ese día no abre el pico el “figura”, o bien porque éste se lo dejamos a un compromiso al que no podemos decirle que no, pues resulta que no tenemos más remedio que echar mano de nuestro “medio abandonao”.

Vamos al cazadero con no muchas ganas porque sabemos, o creemos saber lo que va a ocurrir: ni escucharle abrir el pico, botecitos, alambreos, etc, etc. Sin embargo, como tantas veces hemos escuchado e incluso nos ha pasado, resulta que “nuestro buen señor” es ponerlo, observar un poco el campo y ya está…, la sinfonía.

Este reclamo, junto con otros cuatro, se lo compré por mediación del amigo Bibiano Márquez, a un tal Vicente Barragán, al que conocíamos como “El Gitano”, por cuarenta y cinco mil pesetas hace unos diez años

De los cinco, el que me gustaba murió repentinamente al poco tiempo de adquirirlo, así que me quedé con los otros cuatro. Un pollo, recuerdo que no me duró mucho porque era bravo como los victorinos. De los otros tres, dos tenían buena pinta, pero llegado el celo, le di varios puestos y nada…, burracos y equilibristas.

Por tanto, me quedaba el quinto y último. Con éste sí que se cumplió lo de “no hay quinto malo”. No lo había sacado nunca porque se mantuvo pelechando casi hasta mediados de noviembre y estaba un poco blancucho, aparte de no haberle escuchando nunca ni el más mínimo reclamo.

Pero un buen día de aquel celo, fui por la tarde a colgar, como año tras año hice por aquellos entonces a La Rebolla, finca del término municipal de Alosno, sembrada de eucaliptos y cubierta por monte bajo de jaras, jaguarzos, cantuesos, tojos…, precioso encinar antiguamente, y propiedad por aquellas fechas del oculista D. Fernando Ramírez Botello, también gran aficionado. Como quiera que este terreno está a unos cuarenta y cinco kilómetros de Huelva, siempre solía llevarme dos pájaros por si el “figura” que llevaba me la colocaba ese día, como así ocurrió.

Aquella tarde un poco lluviosa y con viento húmedo del charco, como se dice por aquí, era de esas en donde los eucaliptos suelen silbar y moverse de tal forma, que algunos reclamos, por no decir bastantes, “no abren el pico”.

En dicha situación, llevaba ya un buen tiempo con el reclamo semiaplastado y amedrentado por las inclemencias meteorológicas, cuando decidí, aunque no era el mejor día para ello, echar mano de Gitano. Fui al coche, dejé allí al pájaro que llevaba, que bien pudiera haber sido “el de Juan”, regalo de Juan García Pedraza y, con rapidez, me volví para el puesto con el protagonista en la mano.

No llovía en aquellos momentos, aunque la tarde seguía plomiza y bastante húmeda. Los eucaliptos, aunque un poco más serenos, continuaban con su baile y con su música.

Aseguré bien a Gitano en el farolillo y me metí en el aguardo a ver qué pasaba. ¡…Y pasó, y bien que pasó…! A los pocos minutos, tras sacudirse un poco empezó a llamar por alto con un reclamo “aseao” y no mucho más tarde se quebró con un cuchicheo más que aceptable. Como se suele decir en estos casos, por emplear un término, que nunca será inédito porque ya están todos archiempleados, me quedé más que sorprendido, aunque en esto de la cuelga nadie se asombra por nada ni de nadie.

Gitano, parecía no extrañarse del movimiento con ruido incorporado que esta especie arbórea, que dicho sea de paso ha estropeado miles y miles de hectáreas en nuestra provincia y continuaba con un trabajo más que aceptable.

Como el puesto tenía una oída maravillosa, ya que estaba situado al lado del Cabezo Candil, pronto le contestó el campo en los terrenos de la Compañía de Tharsis. Gitano, en cuanto escuchó el canto de las campesinas, comenzó a meterse en la faena sin el más mínimo atisbo de esa inquietud que normalmente hace mella en muchos reclamos noveles cuando debutan en el campo.

Un macho, con reclamo fuerte y poderoso, había bajado la ladera de enfrente y tras cruzar el carril que separa ambas fincas, se dirigía con cierta rapidez hacia el colgadero. Cuando llegó a unos veinte o veinticinco metros de “Gitano”, se parapetó en una de las terrazas y empezó a dar de pie con el clásico “cuchichi, cuchichi, cuchichi…” ronco que acompaña a los machos camperos, pero a la vez, unas reclamadas finas y llamativas me indicaron que se trataba de una pareja y no de un macho viejo y solitario.

Gitano, que seguía sin perder la compostura, empezó a alternar cuchicheo y piñones y la pareja que había llegado casi a la altura del aguardo de “callao” pero con el ruido característico que producen al pisar la hojarasca del suelo, como sabemos todos los que hemos colgado en eucaliptares, se le plantó en la plaza en un “santiamén”. Al verlos, se infló como un globo y lejos de amedrentarse por la presencia de ambas patirrojas, con tono casi inaudible, les dedicó un melodioso cuchicheo. El macho, seguramente con cara de pocos amigos, se fue flechado hacia la jaula e hizo varios intentos de “engarabitarse” en ella y, con claros síntomas de expulsar de aquel su territorio a tan osado intruso, comenzó un fortísimo curicheo en señal de intimidación.

Pero no fue mucho más allá, ya que a los pocos segundos, cuando ambos estaban en plena disputa, el estruendo de un Armusa del calibre veintiocho, con carambola incluida, sesgó su vida y la de su compañera para regocijo de Gitano y de camino, también de su dueño.

La "jaula", lejos de sorprenderse con el disparo, se quedó dando de pie un buen rato, y aunque la tarde, dicho sea de paso, iba cayendo poco a poco, una hembra que se resistía a pasar en soledad la noche, que empezaba a tomar cuerpo, comenzó a subir el cabezo hasta situarse a no mucha distancia del reclamo. Gitano empezó a trabajarla con mucha suavidad, mientras ella avanzaba lentamente semitapada por las jaras y cantuesos. Cuando la tuvo encima volvió a inflarse “cual globo de feria” y esta vez echó mano del picoteo de esterilla para fijarla y no dejarla que se fuera. Así estuvieron largo rato. Ella, de vez en cuando, como queriendo animar al reclamo a que bajara, picaba alguna hierbecilla o semilla por allí encontrada y él la seguía “encandilando” con la belleza de sus gestos, alternados con suaves piñoncitos.

Tenía que dispararle si no quería llegar “a las tantas” al coche,  ya que la tarde no estaba para “tirar cohetes”, así que un nuevo estruendo dejó a la hembrilla pataleando levemente al lado de Gitano, el cual cargó nuevamente el tiro y así continuó hasta que muy lentamente y homenajeándole con palabras cariñosas, me acerqué a él, tras recoger el macho y acercárselo para que disfrutara un poco. Tras enfundarlo, recogí todos los “trastos” y, con no mucha luz del tibio sol que levemente había despedido el día entre aquel atractivo mosaico de nubes, me encaminé para el coche, al cual llegué con casi noche cerrada, pero con la alegría y satisfacción de haber dado un puesto de los que hacen que olvidemos los malos momentos que también vivimos.

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