martes, 20 de abril de 2010

RECLAMO A LA SEGUNDA


A todos aquellos aficionados que aguantan lo inaguantable para hacer de un pollo un futuro gran reclamo, y en especial a Anselmo, el protagonista de esta historia.

Anselmo Villalta, como otros tantos aficionados a la perdiz con reclamo que ya “peinaban bastantes canas”, era de esos que a todos los pájaros le veía la parte buena. Tanto es así, que discutía acaloradamente con sus amigos del pueblo y sigue discutiendo hoy día, aunque ya no caza, defendiendo a “capa y a espada” su teoría de que si a los muchos reclamos que nos quitamos de encima, por creer que no sirven, les diéramos varias oportunidades más, posiblemente muchos de ellos, por no decir casi todos, llegarían a ser como mínimo reclamos que nos darían el “avío” e incluso alguno de ellos podría llegar a ser un pájaro sobresaliente.

Anselmo era de los que pensaba, como dice el refrán, que “los buenos culos hacen los buenos reclamos”, por ello el suyo no le dolía de sentarse veces y veces con el mismo pollo en las incómodas piedras que le servían de asiento en aquellos ya casi olvidados puestos de monte. Sabía perfectamente que muchos de ellos no darían la cara a las primeras de cambio, e incluso algunos, los menos, no la darían nunca. Por tanto, no había más remedio que “aguantar carros y carretas” para conseguir simplemente un “mediacuchara” que tuviera buena pinta.

Pero no siempre fue así. Anselmo, en un principio, como tantos otros que hemos empezado, no les aguantaba mucho a los pollos si en los primeros puestos les daba por “no abrir el pico”. Así, a aquellos que él pensaba que no servirían para reclamo, los anillaba y como no los recortaba hasta que pasaran la fase de prueba, los devolvía a su hábitat, allí donde meses antes los había cogido con lazos o trampas. Como éstos no habían estado mucho tiempo apartados de la vida en libertad, rápidamente se adaptaban de nuevo a su antiguo medio, e incluso en muchos casos se emparejaban y sacaban adelante nuevos descendientes para satisfacción de quien le había dado la libertad.

En uno de aquellos años, cuando las primeras aguas otoñales habían llenado de verdor aquellas tierras que el largo y caluroso estío había resecado y los regajos corrían con abundantes y cristalinas aguas, Anselmo, siguiendo una tradición de siempre -la perdiz para el reclamo con las plumas “mojá”-, puso unos cuantos lazos en los alrededores de la siembra, donde se acercaban varios bandos, buscando las “porretillas” del trigo recién nacido y cuál no sería su sorpresa, que al darle la vuelta para ver si había caído alguno, comprobó que en uno de aquellos lazos, cabeza abajo, pendía de una de las jaras un hermoso macho con una particularidad especial: en su pata derecha portaba una anilla, señal inequívoca de que se trataba de uno de aquellos pollos que había soltado en años anteriores y que curiosamente, era la segunda vez que caía apresado en un lazo.

En aquel momento, volvió su mente atrás para, de alguna forma, decirse que aquel macho, ya algarín, no era ni más ni menos que un pájaro al que él mismo le había dado la libertad por no reunir la condiciones mínimas para esperar un año más. Pensó por momentos volverlo a soltar, pero algo desde su interior le dijo que no lo hiciera. Así, que tras soltarlo cuidadosamente de la cuerda donde estaba atrapado, lo metió en un saco que llevaba preparado para ello, junto a otro pollo que también había caído en otro de los lazos y, con mucho miramiento, se dirigió hacia la casilla de la finca para observarlos con más tranquilidad.

Una vez allí, Anselmo subió al “doblado” de la misma y buscó entre las viejas jaulas que colgaban de varias puntillas en la pared hasta que dio con dos de ellas que, aunque con muchos pintados y arreglos a sus espaldas, con un buen limpiado quedarían más que presentables.

Metió la mano en el saco y cogió a Confusión, nombre que recibiría desde aquel momento por haberse equivocado, aunque todavía estaba por verse, al darle la libertad. Con mucho mimo, fue observándolo detenidamente y pudo comprobar la fortaleza y belleza que había adquirido desde que lo liberó, pero nunca supo con certeza los años que tenía cuando lo recuperó, pero posiblemente, por sus espolones no muy desarrollados, fuera de los que soltó ese mismo año al final de la cuelga.

Tras meterlo en la mejor de aquellas dos jaulas, lo colocó al lado de sus otros reclamos, y lo que en un principio era miedo agachadizo y algún que otro intento de salirse por la piquera, cuando Anselmo aparecía frente a él, con el tiempo, fue transformándose en tranquilidad y valentía a la hora de “agarrarse” con los demás reclamos que con él compartían jaulero.

Fue transcurriendo el tiempo y Anselmo, aunque lo veía muy encelado, esperó hasta bien entrado febrero, para que por segunda vez, y después de unos meses en libertad, volver a comprobar cómo se comportaba en el campo.

Pues así ocurrió. Una buena tarde, soleada y sin viento, tras enfundar a Confusión, cargó todos los trastos en el serón de una yegua y se dirigió justamente, porque así lo tenía pensado desde el principio, a un puesto de monte que tenía cerca de donde lo había cogido y que tenía reservado especialmente para aquella ocasión.

Lo afianzó cuidadosamente en el farolillo y, tras arreglarlo un poco, le quitó con mucho cuidado la funda y se dirigió lentamente para el aguardo sin perderle la cara y hablándole cariñosamente mientras se retiraba. Una vez dentro, sacó la petaca, lió un buen cigarro y, calada tras calada, observaba sin perder el más mínimo detalle, el trabajo de Confusión. Éste, que permanecía derecho sin tocar un alambre, al poco tiempo, tras afilarse varias veces el pico en la piedra de la jaula, salió con un potente y agradable reclamo, y así continuó hasta que posiblemente por oída de alguna patirroja de los alrededores, comenzó a dar de pie. Aquel atractivo canto, no pasó desapercibido para las campesinas, porque a la caída de donde estaba el colgadero, le contestó una hembra que no tardó mucho tiempo en presentarse en la plaza.

Confusión la recibió con una gran suavidad y Anselmo, que no “había perdido puntá” en toda la faena, la dejó “seca” a sus pies. El disparo hizo que la jaula se quedara momentáneamente callada y sorprendida, pero a los pocos segundos, a la vez que casi tocaba el techo de la jaula con la cabeza, empezó a dar de pie suavemente y así continuó hasta que un macho, con un poderoso reclamo, le comunicó que “iba a pedirle explicaciones” de lo que estaba haciendo allí.

Enmoñado y con el cuerpo embolado, se presentó en la plaza y se dirigió rápidamente para Confusión en cuanto lo divisó, que con un cuchicheo bajísimo le dio a entender que allí estaba él para lo que hiciera falta. Anselmo, con los ojos como platos, presenciando lo que estaba ocurriendo y el trabajo de su reclamo, los dejó que “pelearan” y poco después abatió a aquel valiente macho de un certero cartuchazo. La jaula, esta vez, cargó el tiro como mandan los cánones y así siguió hasta que fue alternándolo con llamativos reclamos.

Anselmo no cabía de gozo por todo aquello que estaba viviendo y en éstas andaba, cuando un fino canto procedente de detrás de unas jaras próximas hizo que le cambiara el semblante al comprobar que Confusión, presentaba un cierto nerviosismo y estaba empezando a tomar algunos alambres.

Una idea empezó a rondarle por la cabeza, cuando lentamente y picoteando el suelo, aquella hembra que hasta momentos antes no había dado señales de vida y que tampoco había querido acompañar a la plaza al que hasta entonces era su pareja, se dirigió hacia el reclamo con evidentes signos de tranquilidad y confianza, lo que terminó por confirmarle sus pensamientos: “aquella viuda, era su antigua hembra”.

Al tenerla cerca, Confusión la “tomó de plumas” con una gran suavidad a la vez que le ofrecía unos tiernos piñoncitos que eran devueltos con suaves “reclamaillas” por parte de la hembra.

Anselmo, que estaba sumido en un mar de dudas, pensó infinidad de cosas y, entre ellas, no tirarla y dejarla que viviera. Pero al final, se decidió por lo contrario. Apuntó y, sólo un leve aleteo en su agonía, puso fin a la vida de aquella pajarilla.

Poco después, tras deleitarse con el fenomenal trabajo que estaba realizando la jaula, sin obtener respuesta alguna, y viendo que la noche se le echaba encima, salió del puesto “dedicándole mil flores” a Confusión y, tras enfundarlo y recoger las campesinas, sacó de nuevo la petaca, lió y encendió un nuevo cigarro y tras darle varias chupadas y, echar humo como una chimenea, mientras su mente trabajaba a mil por hora intentando descifrar lo que ya nunca sabría sobre aquella hembra, se dijo a sí mismo:

-Anselmo, a la primera…, te equivocaste. Pero a la segunda…, ¡vaya “peazo” de pájaro que has “encontrao”!

Hoy día, con muchos años a sus espaldas, Anselmo Villalta todavía recuerda con pelos y señales aquel lance jaulero y nunca se cansa de repetirles a todos los aficionados que conversan con él -incluyendo su nieto-, que pocos pájaros son los que no sirven para reclamos.

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