viernes, 25 de marzo de 2011

"ENTRE PERDIZ Y PERDIZ, GURUMELOS".


Siguiendo el refrán popular “Entre col y col, una lechuga”, ayer por la tarde, mi amigo Rafael, mi yerno Carlos y un servidor, nos trasladamos a terrenos de Calañas -Los Cacholos/Dehesa las Cumbres- a echar fuera la tarde y, de camino, si había suerte, encontrar algunos gurumelos (*).

Comenzamos la faena a las dieciséis y media y acabamos tres horas más tarde, cuando el sol daba sus últimos "suspiros".




Durante ese tiempo, por un bello paisaje con vegetación exhuberante -como se puede apreciar en las fotos- de jaras, cantuesos, tojos, jaguarzos y encinar, tanto mi yerno como yo, pudimos apreciar como el amigo Rafael Díaz, demostraba que es un “máquina” en la busca de tan preciada seta. El resultado de la tarde no estuvo nada mal. Al final anduvimos entre los tres por cerca de los cuatro Kg que, para ser sólo por la tarde, no está nada mal y, máxime, cuando ya estaba todo más que pateado de la mañana y de otros días. Pero como dice el refrán: ”El que a buen árbol....” Y está claro que, Rafael, es un buen “árbol”.

Algunas instantáneas  de diferentes momentos de la tarde.












Primero hay que dar con ellos que, como se puede apreciar, no es nada fácil en algunos de casos.






Luego, quitarte la tierra de encima y de alrededor y, con el pincho, sacarlos con cuidado de no estropearlos.








Una vez fuera, lo que queda es apreciar su buen aspecto. Unos están en formas de "papas" y, otros, abiertos.







Andando andando, nos tropezamos, aparte de buenos gurumelos, con estas dos artistas. Tienen toda la pinta de representar a las temidas Amanita phalloides y verna.





Después de coger bastantes gurumelos, pudimos admirar otros regalos de nuestra madre naturaleza: una pareja de atractivos ratonzuelos, bellos lirios silvestres, tojos y cantuesos florecidos y la siempre atractiva y singular flor de jara, que si bien por conocida, nunca nos paramos a observarla, su espectacular policromismo y belleza,  bien lo merece  (si se hace clic sobre ella, en imagen grande, se aprecia mucho mejor).








También, tomando la sombra al lado de un gurumelo, pudimos contemplar a este buen "langostino".



Al final, un poco cansados por la caminata, Rafa y Carlos, toman un poco de aire con sus canastos en las manos. Luego, echarle al "botín" una nueva ojeada, por si las moscas, y colocarlos bien en una de las cestas.





(*) Esta seta blancuzca con tonos ocres y rosados -Amanita ponderosa-, que crece bajo tierra en su primer estadio originando un montículo agrietado, es tan buscada por sus magníficas cualidades gastronómicas que, muchas personas, con y sin trabajo, tienen en su recolección una buena fuente de ingresos, ya que al principio -enero/febrero-, su precio puede andar por los 40/60 €/Kg y, en la actualidad, sobre 15 € en el mercado de Huelva. Sin embargo, al poder confundirse con las mortales Amanita phalloide, virosa y verna, no deben recolectarla personas inexpertas porque, el resultado, puede ser fatal.

Se puede cocinar en infinidad de formas, siendo a la plancha, en revueltos, en tortilla o en el potaje de habichuelas, las más usuales. Así, en la localidad onubense de Paymogo, se celebra todos los años la Feria Gastronómica del Gurumelo (este año se celebró entre 21/23 de este mes), en donde miles de visitantes, pueden saborear una gran variedad de exquisitos platos cocinados con esta deliciosa seta.

                                                                                               marzo 2011.

domingo, 20 de marzo de 2011

EL BUEN RECLAMO, DESDE EL PRIMER DÍA.


Este tema, lo tengo tan claro que creo no equivocarme al afirmar rotundamente que, el buen reclamo, el figura, aprueba con nota desde su primer contacto con el campo, incluso no siendo el mejor día para el debut.

Aunque teorías sobre esto las hay de lo más diverso, mi experiencia personal apoya la afirmación anterior. Sea el más vistoso, el más feo, el más fuerte, el más canijo..., en cuanto lo destapamos por primera vez, saldrá cantando como si estuviera curtido en mil batallas. No le importará si hace frío o calor, si hace sol o llueve, si es por la mañana o por la tarde...

Luego, con ese encanto especial que le acompañará toda su vida y que irá acrecentando día tras día -si cae en buenas manos, por supuesto-, atraerá a las camperas con una facilidad pasmosa. Esté el celo bueno o malo o el campo virgen o resabiado, pocas patirrojas se resistirán a su llamada. Más tarde, una vez las montaraces en plaza, las “tomará” como si fuera un veterano y, tras el tiro, hará un entierro en toda regla, independientemente que la campera de turno haya quedado seca, aleteando, botando e, incluso, volando por estar sólo herida o no haber recibido ni un plomazo.

Está claro que, de los anteriores, rompen pocos, e incluso es posible que algunos aficionados no lleguen nunca a tenerlos en sus manos. Por lo tanto, cuando muchos de ellos, hablan de fenómenos, lo que están haciendo es sobrevalorar a pájaros trabajadores que, cuando llegan los momentos difíciles, no dan la talla. Pájaros a los que se les tira cacería, pero cuando ésta entra bien y no da mucho la lata. Si así ocurriera, entonces la cosa cambia: nerviosismo e inquietud, pechazos a la jaula, patita “parriba y pabajo”, cantes a destiempo, alambreos y guitarreos...

Lo del párrafo anterior es el pan nuestro de cada día en cualquier casa de vecino y, en la mía, para no ser menos, también. La ilusión llega a nuestro cuerpo en el mes de octubre/noviembre con la adquisición de pollos y el correspondiente recorte de los mismos. Poco a poco, con sus primeros cantes, bulanas... e incluso titeos al comer algunas golosinas, nos van haciéndonos pensar que a nuestras manos ha llegado la “joya de la corona”. Pero esa joya, no está al alcance de todas las manos. Lo normal es que, una vez en el farolillo, no abra el pico o, si lo abre, tras unos cuantos reclamos, comenzará el alambreo o los botes. Si hay más suerte, puede que incluso atraigan al campo, pero cuando éste se acerque, o silencio o aplastamiento.

Pues bien, muchos de esos pollos, seguirán en nuestro jaulero ante la esperanza de que el año próximo la cosa cambie e, incluso, muchas veces, nos acompañará varios años. Pero al final, jaulazo tras jaulazo y, enfado tras enfado, nos daremos cuenta que el pájaro de turno no sirve y, por lo tanto, hemos estado perdiendo el tiempo durante varios años.

Resumiendo: creo y casi sesenta años avalan mi opinión que, el reclamo puntero, el que luego se transforma en el líder de nuestro jaulero y personaje principal de nuestras historias, trae en sus genes la clase. Por tanto, desde el primer puesto, la da a conocer y la pondrá en práctica. Es más, incluso haciéndole una barbaridad en ese estreno, seguirá siendo un primer espada. Obviamente, el buen proceder de su dueño, reforzará su calidad y, lo contrario, puede, sólo puede, estropearlo. En mi caso particular, los dos únicos reclamos punteros que he tenido en mi vida -el de Manué y Don Benito-, presenciaron, el día de su debut, cómo el campo les botaba en sus narices después del disparo y no pasó nada.

Todo lo demás: que si tiene poco celo, que el campo no está bueno, que el tiempo no acompaña, que el campo se quedó botando, que no le ha gustado el tiro..., son paños calientes, mentiras piadosas que nos contamos a nosotros mismos para no ver lo que un ciego si lo hace: el reclamo de turno, que posiblemente nos tenía enamorado por las cosas que en casa le observábamos, no sirve; es decir, es un auténtico mochuelo.

Por tanto, el manido debate de si el pájaro nace o se hace, para mí no existe, ya que tengo muy clarito que, como dije al principio, el reclamo, es como el pintor: artista desde que coge el primer lápiz en sus manos.

                                                                                               marzo de 2011.


jueves, 17 de marzo de 2011

RESUMEN DE UNA MALA TEMPORADA.


La temporada de caza del reclamo recién acabada, podría calificarse como mala. Esta calificación correspondería a nivel personal y, por lo que oigo y leo, a nivel del todo el colectivo de aficionados a esta modalidad cinegética.

En teoría, los resultados no deberían haber sido malos: lluvias otoñales y en los meses siguientes, ausencia de grandes vendavales y temperaturas acordes con la época del año. Es decir, más o menos, lo que se necesita para que la temporada hubiera sido, como mínimo, aceptable. Pero no ha sido así.


Por lo que a mí respecta, en cuanto a los reclamos y creo que también a otros muchos, los reclamos han estado muy por debajo del nivel que hay que exigirles. Aunque en estos momentos no tengo ningún figura, sí poseo varios mediacucharas que, hasta la fecha, me han ido dando el avío. Sin embargo, si exceptúo al gran descubrimiento del año: Chimeneas -pollo del año- y un poco a Guerrilla, los demás más que flojitos. Así, Manchego, Ramblas, Facul y Alpujarreño suspensos en toda regla. No incluyo aquí a los pollos, porque los he sacado poco, pero aun así, sólo Redoble pinta bien; el resto, o han cogido puerta, o están, pendientes de la última prueba –si mejora el tiempo-, en vía de ello.


De los anteriormente citados, Manchego y Facul, pájaros hechos con muchos tiros a sus espaldas, ha estado fatal. Cantaban lo mínimo y cuando les acompañaba el tiempo, si no, cero patatero. El Cojo -otro reclamo de bastantes años-, creo que no ha terminado de recuperarse y no ha estado como esperaba.


En lo referente al “campo”, habría que decir que, la cosa, no ha mejor que los reclamos: poco cante y poca entrada en plaza. Además, si ésta se producía, la mayoría de las veces, se efectuaba con falta de decisión y valentía. Así, el atranque a varios metros del reclamo, la entrada de estampida o por el lugar menos indicado, han sido el pan nuestro de cada día. Ello, ha llevado en muchos casos que, los de la jaula, aun no estando muy finos -como ya he comentado-, hayan perdido los “papeles” y, más de uno, haya terminado hecho un auténtico burraco.


Una vez expuesto mi opinión sobre los pormenores de la temporada, los números, han sido los siguientes:

  - Nº de perdices tiradas a mis reclamos y cobradas...... 23

- Yo.................................... 18


- Mi hermano Juanvi.......       2


- Manolo Monescillo.........     3

- Las 23 patirrojas abatidas quedan repartidas de la siguiente forma:


- Facul..............................  3


- Guerrilla........................    3


- Ramblas.........................   2


- Chimenea.......................  15

Estos números que son sólo eso, números, forman parte de las vivencias de cada uno de nosotros/as. Si ellos, aunque no sean muy grandes, colman nuestras “necesidades”, formidable. Pero si no, si las perspectivas no se han cumplido y fracasan estrepitosamente, nuestros sentimientos e ilusión se verán afectados en mayor o menor grado. Es más, en muchos casos, aparecerá el mal humor e incluso la angustia. En mi caso particular, como los años van poco a poco dando tranquilidad, me lo he tomado con bastante filosofía -no hay otra-, pero está claro que algún sofocón he cogido. Aunque mirándolo por el lado bueno, dieciocho pájaros, para cazar fines de semanas solamente y viendo como ha estado el campo, no está nada mal.
                                                                                                                  marzo 2011.

lunes, 14 de marzo de 2011

LA PERDIZ. ÉPOCA DE CELO.



Traigo a mi blog este bellísmo relato de un amigo -José Antonio Aranda- que, curiosamente, ni es aficionado ni conoce mucho de qué va el tema. De ahí su gran valor.
Estoy seguro que no os arrepentiréis de dedicarle unos minutos en su atrayente y emotiva lectura.


Me siento atrapado en una celda muy estrecha de trémulos barrotes, alimentado a base de grano y agua; totalmente encarcelado.

La posibilidad de movimiento es mínima.

Recuerdo y añoro los bellos momentos que pasé con mi familia correteando en campo abierto, aunque era demasiado pequeño.

Ahora me veo en una celda situada en una sala cerrada. Observo que en una celda cercana, uno de mis hermanos, el saltarín, no para de dar saltos, dejando pegados los sesos en los barrotes del techo; otro de mis hermanos, el alambrista, no cesa de picotear los barrotes, sangrando abundantemente por el pico.

El hermano que está más a mi vera, el miracielos, sólo mira hacia arriba; parece que tiene una tortícolis crónica (lo cierto es que debo recordar que estamos emparentados con los urogallos; somos gallináceos).

Todos los días, al amanecer, solemos comunicarnos con nuestro propio lenguaje, a base de sonidos muy característicos.

Mi propio instinto me dice que estos hermanos míos o terminan desplumados y cocinados en una cazuela o les dan la libertad para reencontrarse con lo que debe ser nuestro hábitat natural.

En mi caso, sólo espero prisión, cadena perpetua.

Mi esperanza de vida, a lo sumo, puede llegar a unos 10 celos, equivalentes a años.

Siento una extraña sensación en mi interior que no puedo controlar; es la primera vez que me pasa; una especie de fuego, de deseo que no sé explicar.

Mi instinto natural me dice que pronto regresaré al paraíso, aquel lugar que me vio nacer, aquel que me dio días de felicidad en mi infancia.

Suena el despertador; presiento que hoy será el gran día. Hace frío -¿Cómo no va a hacerlo si estamos a primeros de enero?-, aunque mi plumaje, de color rojizo, me protege. Estoy deseoso.

Así es, mi cuidador me traslada metido en mi celda y la coloca en un lugar paradisiaco, en un montículo situado en el monte bajo, teniendo a mi alrededor jaras, aulagas, matojos, etc., aunque justo en el punto más cercano del lugar, ha limpiado un poco el terreno (farolillo) y me ha colocado a unos 60 ó 70 cm. De altura. Me quedo sorprendido cuando descubro que no abre mi celda; continúa dejándome encerrado.

Noto el frío exterior en este amanecer, pero sigo sintiendo ese calor interior, un fulgor incontrolado.

Necesito cantar, llamar a alguna hembra; estoy en celo, necesito a mi amada, rozarme con su plumaje. No paro de cantar. Percibo que se acerca una hembra; se siente muy alagada por mi bello canto; me gusta y creo que le gusto; estoy enamorado.

¡Oh, no viene sola!, viene acompañada de un macho, arrastrando las alas por el húmedo terreno, parece el concorde a punto de despegar. Se acerca a mi prisión y me quiere atacar. Por un momento mis sonidos poéticos se apagan.

Estoy rabioso; necesito que me liberen para apalizar a este gallito tan chulito. ¿Qué se cree este polluelo?. ¡Te voy a matar! ¿Pero qué hace?, ¡si trata de marcharse!.

En ese momento escucho dos disparos; proceden desde mi retaguardia; ha sido mi criador, que está oculto con jaras y matojos a unos 10 ó 15 metros. Ha caído mi amada; luego el macho que quería huir.

¡Ahora lo entiendo todo!. Me han utilizado para atraer a una pareja de enamorados, protectores de su territorio, para una vez cerca de mi prisión, fulminarlos. ¡Mi criador es un cazador!.

¡Quiero escapar de esta cárcel!.

El carcelero cazador repite la misma historia hasta mediados de febrero.

¡Quiero estar en una situación normal, ser normal!. Quiero volver al momento de mi infancia; cuando llegue el momento poder enamorarme y abandonar el bando con mi amada; crear nuestro propio territorio, nuestro propio hogar; hacer nuestros nidos a base de finos palitos de jaras, disimulándolos lo más posible, aunque no nos importase que estén cercanos al amparo humano; junto a paredes o en huecos entre pedruscos; que calentemos indistintamente los 15 ó 20 huevos que ponga mi amada. Ver nacer a los 23 días a nuestros retoños, nuestros polluelos, aunque seamos conscientes que el camino no sería nada fácil.

Las tormentas harían bajar el porcentaje de eclosión. Los cerdos, zorros, gatos salvajes, culebras, tractores, etc., eliminarían parte de los huevos; las aves rapaces, los linces y otros predadores se comerían a los más pequeños, una vez nacidos.

Habría que dejar en manos de la madre naturaleza la elección de la cantidad de polluelos que tendríamos que sacar adelante y que el ciclo se repita.

No consentiría que estando con mi amada en la época del celo, ningún intruso intente romper nuestro amor; la defendería hasta la muerte. ¡No es pedir demasiado!.

Creo que estaré encerrado eternamente.

“Yo sueño que estoy aquí de estas prisiones cansado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida?; una ilusión. Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”.


LOS CAZADORES NO SIEMPRE SOMOS LOS MALOS DEL CUENTO.


En el diario “La Verdad”, de Murcia, ha aparecido esta singular noticia relacionada con los cazadores.

Los niños suelen echarle las cruces a los cazadores en el momento preciso en que, sentados frente al televisor, ven a la madre de Bambi abatida de un certero disparo. De poco sirve que en otros casos sean los buenos del cuento, como cuando salvan a Caperucita y a su abuelita de las fauces del lobo. Para una mente infantil, un cazador es simplemente alguien que mata animales. Y punto. Ahora, y con el fin de cambiar esa visión reduccionista acerca de los aficionados a la actividad cinegética, la Sociedad de Cazadores “La Perdiz Roja” de Santo Ángel, que preside Francisco Bastida, ha organizado una jornada con niños, para demostrarles que ser cazador «implica, fundamentalmente, amar y cuidar la naturaleza». A lo largo de toda la mañana recorriendo los alrededores del Puerto de la Cadena, una veintena de niños aprendieron a instalar comederos y bebederos, a repoblar el campo con ejemplares de perdiz y conejo, a distinguir los machos de las hembras y hasta a saber orientarse por si se extravían. Por último les recordaron que el hombre es un animal omnívoro, esto es, que come carne, y que por eso el hombre siempre ha sido cazador. Que no serán tan malos, en suma, cuando algunos de los mayores defensores de la naturaleza, como Félix Rodríguez de la Fuente o el escritor Miguel Delibes, eran grandes aficionados a la caza.

Muy interesante, y vaya por delante mi reconocimiento, la iniciativa de la Sociedad “La Perdiz Roja” y de su Presidente para hacerles ver a los niños, futuros cazadores, que nosotros, a los que nos gusta la actividad cinegética, no somos ogros, ni nada de eso, somos ante todo y antes que nada, enamorados de la naturaleza.

No estaría nada mal que, en muchos lugares de nuestra geografía, copiáramos y lleváramos  a cabo esta interesante iniciativa.

lunes, 7 de marzo de 2011

EL 410, UN CAPRICHO DE JAULERO.


Entre las muchas singularidades que acompañan a los aficionados a la “jaula”, bajo mi punto de vista y, creo que, compartido por muchos, está el ser un poco caprichocillos y maniáticos. Es más, pienso que no es un poco, sino un mucho.

La experiencia me demuestra, después de haber departido con cientos y cientos de adicionados que, cada uno de nosotros, tenemos un perfil de gustos y puntos de vistas totalmente diferentes. Lo que para uno es una maravilla, para el otro es una barbaridad. Lo que uno hace desde siempre, al otro le parece que no es lo mejor, sino todo lo contrario.

Pues yo, como como no iba a ser menos, por ser uno más de este colectivo, también lo soy. Entre los muchos caprichos que tengo, aunque parezca una locura, uno de ellos es el calibre pequeño para el puesto. En la actualidad, tiro con una paralela del 410. Para ser exacto, una Hnos Zabala, modelo Althea, que al venir con cinco polichoc, utilizo una estrella para el izquierdo y dos para el derecho. Esta escopeta, en principio, la adquirí para regalársela al que debería ser mi nieto, según los primeros dictámenes del doctor que seguía el embarazo de mi hija. Luego, lo que en principio parecía niño, fue una hermosa niña: Carla. Con ello, la historia cambió y, lo que hice, fue quedármela.

Y no es que sea una novedad, es que nunca he tirado con grandes, excepto en muy contadas ocasiones que, dicho sea de paso, fueron al principio; es decir, cuando comencé mi andadura de jaulero sin ir de secretario con mi abuelo u otro familiar.

Tras abandonar la del doce, curiosamente, con este calibre erré algunos pájaros, empecé a tirar con una Haya del veinte de un sólo cañón. De ahí y, durante bastantes años, salté a una Hispano-inglesa del veintiocho. Este año, para acabar con el cuadro, he adquirido la Hnos Zabala, reseñada anteriormente del 410.

¿Qué por qué he llegado a este punto tan singular?

Pues diría, sin lugar a equivocarme que la razón no ha sido otra que, la de ir al puesto, buscando sensaciones nuevas, repletas de dificultad, ya que está claro que tirar con un calibre pequeño no es igual que tirar con uno grande: hay que ser mas preciso y buscar el momento idóneo para el disparo. Por lo demás, no difiere mucho de otras opciones.

Para mí, y siempre con las grandes reservas de ser una opinión personal, el tirar con el calibre mínimo, tiene como grandes ventajas: el que el ruido que hace el disparo es mucho menor y que destroza menos la caza.

Lo importante es saber el arma que se tiene entre las manos y, en este caso, conocerla muy bien. Como no se le pueden pedir peras al olmo, tenemos que ser muy rigurosos a la hora de la colocación del farolillo, a la de la elección del cartucho y al momento del disparo.

En cuanto a lo primero, nunca se debe colocar excesivamente largo, porque entonces, o bien dejaríamos las piezas aleteando o dando botes, o bien, malheridas, se irían de vuelo de la plaza. Por tanto y, dependiendo de las estrellas del cañón, tras múltiples pruebas, para comprobar su eficacia a determinadas distancias, el tanto, lo debemos colocar sobre los quince pasos como término medio. En mi caso particular, con una y dos estrellas, lo sitúo sobre los veinte, siempre contando con las características del terreno y la vegetación del lugar.

En cuanto al tipo de cartuchos y, sin ánimo de hacer propaganda a una marca y grosor del plomo, después de muchas pruebas, he llegado a la conclusión que la marca TRUST eibarrés, tipo mágnum, del plomo ocho, es el idóneo, ya que los más de doscientos cincuenta que contiene cada uno, son más que suficientes para dejar seca, como con otro calibre, a la patirroja de turno.

En cuanto al momento del disparo, tengo que decir que, si lo anterior es importante, este punto no lo es menos, sino primordial. El no ponerse nervioso, el apuntar perfectamente y el disparar cuando haya que hacerlo, ni antes, ni después, es un porcentaje muy alto en la “operación”. Si fallamos en cualquiera de las circunstancias anteriores, nos cargamos la “secuencia” y, más tarde, lo lamentaremos. A lo anterior, hay que añadirle el intentar no tirar el pájaro de frente, aunque también se queden “secos”, ni tapado por vegetación y, menos, a la carrera cuando sale de estampida por haber extrañado algo. Es más, si nos entra una pareja y existe un cruce limpio y se afina, se puede realizar carambola con todas las garantías del mundo.

Lo que sí es cierto, es que si ya antes, tenía una Haya monocañón de 12mm, con la que tiré en momentos puntuales, debido a diferentes situaciones, más la que tengo ahora, a modo de resumen, puedo precisar que, si la memoria no me falla, no se me ha escapado ninguna perdiz con ambas escopetas. Sí recuerdo que, hace seis o siete años, una de ellas salió volando y, a los pocos segundos, cayó hecha un taco. Pero esto, como sabemos los que ya llevamos “algunos años” como aficionados, pasa en las “mejores familias”. En esta temporada que acaba de concluir, he disparado a dieciocho y sólo un macho con un plomo en la cabeza y en un doblete -una verdadera lástima por el pájaro que estaba en el tanganillo-, una hembra, curiosamente la de delante, aletearon en su agonía, el resto, quedaron sin mover una pluma. Es más, algunas de ellas al observarles bien las incidencias del tiro en su plumaje, nunca se diría que se había hecho con semejante calibre.

Para concluir: ¿qué es una autentica locura...? Posiblemente, pero a mí, hasta la fecha, me va bien, me fascina y los resultados..., están ahí. Lo que está claro es que, si la “historia” no marchara, no seguiría con ella. Dentro de unos años, si se vive y fallan algunos de los cinco sentidos..., Dios dirá. Pero hoy..., lo tengo claro: calibre 410.

 

Esta es mi preciosa “espingarda”. Como se puede comprobar, los cañones se lo pinté de camuflaje para evitar el brillo que traían de fábrica.






Estos son los cartuchos con los que he tirado en la recien acabada temporada.



viernes, 4 de marzo de 2011

GALINDO, UN PEQUEÑO GRAN RECLAMO.

El teléfono sonó sobre las ocho y media de la tarde. Al otro lado, mi amigo Julián López que acababa de llegar del campo.

- José Antonio, vente para mi casa que te tengo guardada una cosa que seguro que te gustará –me indicó.

- ¿Y qué es para que lo tengas tan en secreto? –le respondí.

- ¡Tú vente para acá y ya verás cómo no te arrepientes!

Momentos más tarde, cogí el coche y me trasladé a su domicilio.

Una vez en él, me llevó hasta el comedor y, allí, encima de la mesa, tenía una pequeña cajita, sin tapadera, pero cubierta con un trapo.

Amigo -me requirió-, mira a ver si te gusta lo que contiene.

Con gran intriga y nerviosismo me acerqué hasta la mesa y, con mucho cuidado, palpé con los dedos su contenido.

-Joder tío, ¿en dónde los has conseguido? –le pregunté.

Luego, los destapé con suma precaución y, allí bien “liaítos”, había siete huevos de perdiz.

- Mira, esta mañana –volvió a relatarme Julián-, estando con el tractor desmontando un acerado pegado a la carretera, para hacer unos cortafuegos, me llevé “palante un nío” y esos huevos son los que terminaron en buen estado; el resto, tres o cuatro más, quedaron destrozados. Como sé que te ilusionaría, te los he traído.

Y era verdad, aquello me produjo una gran alegría. Luego charlamos un rato sobre lo sucedido y volví a casa.

En cuanto llegué, llamé a otro gran amigo, Juan Antonio García que tenía incubadora y, posiblemente, no la tuviera funcionando en aquellos momentos.

Y así fue. Al otro día, ya estaban conjuntamente con diez huevos más de gallinas americanas, esperando que la suerte les sonriera.

Veintitrés días después, recibí la llamada de Juan Antonio para que me acercara a su casa. Habían nacido seis pollitos, dos días después de que hicieran lo propio ocho americanillos.

Como ya le tenía preparado una gran caja del embalaje de un frigorífico, con su correspondiente bombilla para que los calentara, los perdigoncetes fueron creciendo, poco a poco, sin el más mínimo problema.

Ya en junio, tras trasladarme a Punta Umbría a pasar el verano, la terraza de mi ático fue un lugar ideal para estar aireados y soleados. Allí, fueron realizando la muda y, al final de verano, ya presentaban un aspecto más que pasable. Habían sido tratados con todo el cuidado y cariño que necesitan estos pequeñajos: pienso compuesto, huevos duros picados, verduras y trocitos de fruta de todo tipo, algún que otro saltamontes, gusanos de la harina… En una palabra, habían estado como reyes y, por consiguiente, habían desarrollado lo máximo, excepto uno de ellos que siempre estuvo muy atrasaíllo, un poquillo raquítico y con no muy buen pelaje. Debido a ello, siempre llegaba tarde a las “golosinas” o si cogía algo apetitoso, sus hermanos, abusando de él, se lo quitaban. Por tanto, había que sacarlo muchas veces de la caja y darle de comer aparte para evitar que cada día estuviera más enclenque y terminara por “hincar el sacho”.

Sin embargo, una tarde, cuando volvimos mi mujer y yo de dar un paseo, nos encontramos con un panorama descorazonador. Sara, nuestra pastora alemana, había roto la cadena con la que la habíamos dejado amarrada y los había matado a todos menos a dos que se habían quedado enredados en la malla que le tenía por encima de la caja. Uno de ellos, curiosamente, era el chiquitín de la familia.

De allí, para evitar otro desastre de lo que quedaba, fueron a la jaula y, a los pocos días, Juan Antonio, se llevó el más desarrollado como trato por la incubadora. Por consiguiente, Galindo, como lo bauticé desde aquel momento, debido al personaje que salía en un programa de televisión junto a Javier Sardá, y con serias dudas sobre su sexo, fue lo que me quedó de aquellos siete huevos que me habían regalado.

Esa cautela de si macho o lo contrario, con el paso del tiempo, no desaparecía: un poquillo bravo, chiquetuelo, plumas poco atractivas, patas pequeñas y, lo que es peor, cante tirando a hembra. De espolones, no hablemos, raso como una tabla.

Con estos condicionantes, nos metimos en la cuelga y, aunque había desarrollado un pelín, quien lo veía, lo tenía claro: una Pepa y, si escuchaba su canto, todavía más claro.

Pero un buen día de febrero, casi a finales de veda por más señas, al cambiarlo en casa de lugar, su nuevo vecino de jaulero se abulanó para achantarlo, pero nunca más lejos de la realidad. Nuestro “amigo”, el último de la fila, ante la incredulidad mía por un lado y la alegría posterior por otra, comenzó a ahuecar las plumas, ante mi maravillosa sorpresa, mientras un suave cuchicheo brotaba de su garganta. Aquello era la “milagrosa prueba del algodón”: aquel raquítico y canijo perdigoncete, el patito feo de la familia, era un macho como una catedral. No era un cromo, sino todo lo contrario. Pero eso no quita que, en aquel pequeño cuerpo, hubiera madera para construir un buen mueble.

No salió al campo ese año porque existía el miedo de que un buen “miura”, de espolones retorcidos, lo achantara. Sin embargo, después de una buena muda, y una alimentación adecuada, desarrolló bastante y fue transformándose poco a poco en un pájaro serio, pequeño como desde el principio, pero con una pinta envidiable. Su cante, aunque nunca dejó de ser ahembrado, tenía algo que gustaba. Además, había cierto encanto en él, que invitaba a soñar como en los cuentos de hadas.

Siguiendo la tradición que siempre escuché a mi maestro en estas lides, mi abuelo Vicente, dejé que transcurriera el tiempo hasta que él y el campo entraran en “sazón”. Galindo, con el paso de los días, comenzaba a denotar unas cualidades fuera de lo común y, entre ellas, una que destacaba sobremanera: su admirable tranquilidad cuando escuchaba la algarabía que muchas veces armaban los veteranos de mi jaulero, lo que me indicaba que, si no era mudo en el campo, podría llegar a ser un “espada” de primer nivel.

Su “debut con picadores” llegó en una preciosa y apacible tarde de primeros de febrero -debía correr mediados de la década de los noventa- y, un calvero sobre una loma del eucaliptal de la finca La Rebolla (Alosno), fue la “plaza” elegida.

Galindo, estuvo tranquilo durante un buen rato, pero sin cantar, quizás debido a ese “algo” que tienen los eucaliptos que hace que muchos “figuras” fracasen estrepitosamente con este tipo de arboleda. Pero, no era el caso. A los pocos minutos, con un poco de miedo metido en el cuerpo, fue erguiéndose poco a poco en la jaula y ese canto de mayor tan especial que le acompañó, empezó a brotar de sus adentros. Luego, fue perdiendo, poco a poco, su recelo inicial y comenzó a comportarse como todo un veterano.

Cuando ya había pasado un buen rato y Galindo proseguía con su “tarea”, desde el Cabezo Candil, como a unos doscientos metros de distancia, recibió respuesta de un macho que, después de intercambiar con la jaula unos minutos de tira y afloja, con ese sonido tan característico que producen las patirrojas en su majestuoso desplazamiento por el aire y el no menos intimidatorio pichó, pichó, pichó...., vino a ampararse en la espesura del monte, a unos seis u ocho metros tras el aguardo. El reclamo que, en un primer momento, se había quedado un poco achantado, por la impresión del vuelo y el “pichoteo” que lo acompañaba, volvió a erguirse en la jaula y, con una tranquilidad pasmosa, más su casi imperceptible y peculiar cuchicheo, hizo que aquel garbón confiado por lo que erróneamente se figuraba, con piñoneo intimidatorio y el ruido que producían sus pisadas en la hojarasca seca, se presentara en la plaza con la seguridad de su victoria.

Galindo, en una demostración de saber estar y, lejos de amedrentarse, ante las acometidas del campero, con ala a rastras incluida y afilándose el pico de vez en cuando, lo recibía suavemente de plumas y picoteando la esterilla. La faena hasta entonces, había sido perfecta, pero faltaba la “estocada final” como colofón de la misma. Y ella llegó tras el estruendo del tiro, con un entierro en toda regla. Ni hubo botes, ni silencio, sino todo lo contrario. Una actitud estatuaria más un dulce y llamativo cuchichi, cuchichi, cuchichi..., puso fin a la misma. Luego..., casi una hora sin escuchar nada. El campo había enmudecido. De esta manera, sobre las seis y media, con el fresquillo de la tarde acariciándome la cara, salí del puesto y, con palabras cariñosas y tranquilizadoras a la vez, me acerqué para enfundarlo, mientras él, un poco achantado en la jaula, pero sin un sólo bote, daba por finalizado su prometedor debut.

Tristemente, ahí se quedó. Sólo en eso: en un buen estreno, ya que unas fuertes “caguetas”, se lo llevaron por delante a comienzos de verano. De esta forma, no llegué a saber el techo que alcanzaría, pero sí dejó en mí esa maravillosa bocanada de aire fresco que acompaña siempre a la juventud. Posiblemente, pudo ser grandioso, pero la fatalidad del destino lo dejó como era: pequeño, muy pequeño, pero grande a la vez.

miércoles, 2 de marzo de 2011

CAZANDO EN LA MANCHA.


Este pasado puente, del Día de Andalucía, mi mujer y yo, nos hemos ido tres diítas hasta Castellar de Santiago (Ciudad Real) para dar algunos puestos y, de camino, para dejar la rutina cotidiana de la casa

Por el camino, tomamos café en un bar de Andújar. En uno de sus frontales se puede ver esta bella imagen de la Virgen de la Cabeza. La segunda foto pertenece a la iglesia de la localidad manchega.





En este tiempo, hemos convivido -de maravilla, por cierto- en una casa rural de la citada localidad con otros dos aficionados y sus respectivas: Antonio Fernández y José Parrado.  Comidas, relatos de anécdotas de la afición y charlas entre los seis y otros jauleros que compartían casa con nosotros, han sido el denominador común de las jornadas que hemos pasado juntos y, que si Dios quiere, volveremos a repetir en años venideros. Está claro que la experiencia ha sido bastante buena y, cuando una cosa sale así, hay que volver a repetirla.

Una foto del grupo. Creo que todos/as pasamos unos días bastante buenos, ya que los dos matrimonios que nos acompañaron nos lo pusieron muy fácil.




En cuanto al tema de la jaula, tengo que decir que ha habido de todo como en cualquier casa de vecinos: puestos buenos y puestos malos. Además, el tiempo, ha estado igual: momentos buenos y momentos malos.

En el primer puesto -sábado mañana- con una temperatura alta y sin viento, la jornada no fue bien. Ni el campo, ni uno de los dos reclamos que puse, estuvieron a la altura que se debe. El resultado fue cero patatero, aunque pude tirar una hembra.


En el segundo puesto -el de tarde-, con sol pero bastante viento, Chimenea estuvo en su línea y conseguí tirarle un macho y una hembra. Sin embargo, debido a esas cosas raras que algunas veces nos regalan nuestros amigos los reclamos, después de matarle el primer macho, que botó por un plomo de cabeza, cargó el tiro perfectamente, pero luego, se agachó con una pareja, la cual no se la tiré -por supuesto- y, a continuación, le abatí la hembra. Dos hembras que también entraron en plaza, sin la debida forma de hacerlo, siguieron viviendo.


El domingo, en jornada matutina, Redoble (pollo portugués del año) estuvo muy cumplidor, pero el viento primero y el agua después, hicieron que el campo ni se escuchara. En la vespertina, con fuerte viento, Chimenea volvió a dar un buen puesto. Se le vino una pareja de vuelo y metió al macho -un gran campero-. Luego, tras dejárselo “seco”, su acompañante no quiso dar la cara y nos tuvo “enreaos” hasta las seis y media, tras casi dos horas y media de puesto.

Fotos de Redoble en primer lugar y Chimenea en segundo.





En el de sol del lunes, con temperatura muy buena, sin viento y con un buen sol, ni el campo, ni los reclamos quisieron sacar nota. Así, tras casi dos horas de aburrimiento, “levanté el campo” y me fui a arreglar todo para volver para Huelva. Sin embargo, en los quince minutos posteriores, la mañana empezó a cambiar de tal forma que, poco después, se levantó un vendaval con frío, agua y copos de nieve incluidos.

Algunas bellas instantáneas de diferentes rincones de la finca.







Por todo ello, y a modo de resumen, tengo que decir que, esta primera experiencia, ha resultado muy positiva y me ha servido para tener un poco más claro lo que ya lo tenía con anterioridad: de todo hay en la “viña del Señor”. Es obvio que ni en todos los sitios podemos dar con nuestra añorada perdiz roja salvaje, ni todos los bolsillos se lo pueden permitir. Pero todavía es más cierto que cada uno pone en práctica lo que su ética personal le permite. A partir de ahí, allá cada uno con su historia. Yo, a nivel personal, lo tengo claro: hago lo que debo con lo que tengo en cada momento: jaula y campo. Si lo que hay es lo que hay en ese momento, con ello me debo que conformar. Así, en estos días, he tirado seis pájaros granjeros, pero seis pájaros que no han desmerecido a otros de mejor genética y, el que no entró como yo entiendo que debía hacerlo, tal como vino, se fue. Podía haber aumentado el número de trofeos, pero iba a disfrutar, no a matar. Ese es el principio que me enseñaron hace ya bastantes años  y sigo poniéndolo en práctica al día de hoy.

Primer plano de la cabeza de uno de los buenos machos que abatí.



PD. Ya quisieran tener muchas fincas de nuestra geografía, muchas hembras como una de las que mató el amigo Antonio Fernández: auténtica perdiz roja salvaje.
 

martes, 1 de marzo de 2011

FRASES PARA EL MES DE MARZO.


Para reflexionar este mes, sirvan estas dos citas.

El falso amigo es como la sombra que nos sigue mientras dura el sol (Carlo Dossi, escritor italiano).

El saber y la razón hablan; la ignoracia y el erro gritan (Arturo Graf, escritor italiano).