jueves, 24 de junio de 2010

EL GENERAL, OTRO COJO, PERO UN GRAN RECLAMO.



A petición de Baldomero Molero -mipollo-, quiero darle entrada en este blog a un escrito suyo que él no ha podido publicar, como comentario a mi artículo sobre mi Cojo, por tener más extensión de lo permitido.

Por tanto, en los comentarios de dicho artículo publico el suyo y aquí cuelgo la historia del General, tal como él la ha escrito.

Desde aquí, darle las gracias por entrar en mi humilde  rincón particular.

Te cuento un puesto de el. Me meto un dia de alba el la loma Luis en lo alto de un cerrete, con mi General lo llamo asi por el nombre de la finca donde fue alicortado. Nada mas destaparlo, era una vela en la jaula observaba un poco y a los pocos segundos daba un par de reclamos muy bajitos tres o cuatro, y se callaba a los pocos segundos otros tres o cuatro reclamos bajitos como con miedo. Siento un macho en la parte baja de la loma, dando unos reclamos que se comia el monte, se gira mi General hacia abajo, y cambia totalmente el cante que casi ni se le oia, a dar da seis o siete reclamos de los que vibra hasta el cerro, el de la parte de abajo empezo a subir y empieza mi General, con un currirrirri currirrirri que se me ponian los pelos de punta, los ojos llenos de la grimas, mirando por la tronera, esperando a aquel miura asomar en plaza. se hace un silencio absoluto durante un buen rato casi un cuarto de hora, y yo que coño pasa no hubo aguileo ni nada. Yo miraba por todos lados y hacia el cielo pero no veia a nada ni a nadie, y es que el mestro Paco con 82 años, llego un poco tarde y se metio en un puesto que habia a mi izquierda a unos 100 m. Para cuando hace viento nos metemos en los bajos.Sale de nuevo mi General con unos reclamos de poderio, diciendole a todo aquel que estuviera en la loma Luis que alli el que mandaba y repartia los caramelos, y las ostias era el.Pero alli habia raza y el que se aplasto cuando llego el maestro Paco se levanto y dijo que de eso nada, ( esto me lo comento paco despues en el coche) asi que se engancharon los dos de nuevo.El de paco empezo bien pero mi general lo mando callar pronto, el de la loma cada vez mas cerca, y mi General con un currirrirri currirrirri y llego el miura, que estampa.Se lo dejo un poco y se lo abati, ni corto el tiro estuvo un par de minutos rirrrirrirrririii y sale otra vez con poderio un reclamo bronco ronco de esos cococojoorrrrrrr, y siento otro macho por encima de mi, empieza mi General con pitas, recibo, y justo a mis espaldas siento el macho dando de pie muy bajito y sintiendo como la hembra arrancaba los tallitos de hierba, el mio titititi y veo la hembra por la tronera directa a mi Genaral, y se subio en el tanto de piedra, que estampa. Por la derecha entro el galán, como diciendo quien eres tu, que se atreve a pisar mi pradera y a piropear a mi chica. A la cuarta o quinta vuelta se lo abatí. La hembra se fue de vuelo, pues las hembras en mi coto no les tiro. Otra vez mi General sale y con sus reclamos de poderio gritando a los cuatro vientos que alli quien decide es el y nadie mas, la hembra cantaba por los alrrededores, paso dos veces por la plaza, a paso ligero y la tercera vez se aposto bajo una atocha junto al tanto, y siento otro miura, a fondo del barranco, se gira mi General y yo no se que les diria, que el bicho subia a calzon quitado pecho arriba, en 10 ó 12 minutos lo tenia en plaza se lo abati, la hembra salio otra vez de vuelo, tosi y di por terminado el puesto eran las 11,30 de la mañana, desde las 7 que me metí.

LLego al coche y me encuentro al maestro Paco esperandome, y me dijo estas palabras, enseñame ese pajaro baldomero que en 82 años que tengo nunca senti un pajaro con tantos recursos y con ese reclamo que tiene. De donde es ese pájaro, quien te lo dio o donde lo has comprado, quien me lo dio, ese dia es otra historia.


miércoles, 23 de junio de 2010

MI PRIMERA COLLERA


Ya no era capaz de recordar los años que llevaba acompañando al abuelo Vicente a dar el puesto. Habían sido tantos, que la cabeza empezaba a divagar sin acertar de pleno. Pero, cuando los trece -mal fario para muchos, pero no para mí que nací en esa fecha- se asomaron a mi almanaque, allá por el mil novecientos sesenta y algo, ya un poco crecidito por cierto, ese “gusanillo” que siempre nos anima a salirnos de lo cotidiano y hacer cosas a hurtadillas, empezó a rondarme la cabeza de tal forma, que noche tras noche, me martilleaba sin cesar. Algo me decía que había llegado la hora de demostrarme a mí mismo que tenía madera de cazador de reclamo.

Aunque ya había “hecho mis pinitos” con la escopeta del abuelo -una Jabalí del doce de un solo cañón-, y había matado a escondidas algún palomo, zorzal, tórtola…, e incluso algún que otro conejo “encamao”, mis miras estaban puestas en cotas mucho más altas. Tenía que dar un puesto yo solito, sin ir de “secretario” con el abuelo. Había ido tantas veces con él, que la película me la conocía de memoria, pero tenía que ser yo el personaje principal de la misma.

Lo había intentado varias veces, pero una vez por una razón y otra por otra, la ocasión nunca se presentaba como yo esperaba. Todo estaba calculado al milímetro: tenía escondidos algunos “Galgos recargaos” de la marca Orbea, sabía dónde estaba la escopeta y Facultades, el gran reclamo del abuelo, no me extrañaría porque me conocía de sobra. El puesto lo daría en lo alto del olivar, frente a Las Carniceras, en un viejo aguardo de monte que había allí de toda la vida y, es más, lo suficiente retirado para que no se escucharan los tiros.

Pero un fin de semana, supongo que de febrero o marzo, que lo pasaba en el campo con los abuelos, mientras estábamos charlando en la candela después de cenar, le escuché al tío Juan que por la mañana, Manolillo –obrero de la finca de toda la vida-, él y el abuelo Vicente irían a Becerra, frente a lo de Fuertes a cortar una encina caída con el temporal que había hecho por aquellas fechas. No tenía que darle más vueltas...., era la ocasión que tanto tiempo llevaba esperando.

En cuanto nos acostamos, y mientras se consumía aquella maravillosa y débil luz del carburo que yo mismo había puesto en una repisa de la habitación del tío Juan y mía, cuando dormía en el campo, por mi mente empezaron a aflorar aquellas fantásticas ilusiones que uno se hace cuando tiene esa edad y está a las puertas de un acontecimiento tan crucial como era para mí dar solo el primer puesto de mi vida. Sabía, demás, que me llevaría una reprimenda de mil demonios, pero mi ilusión podía más que todo lo que pudiera pasar. Pero también intuía, porque conocía al abuelo casi mejor que nadie, que en el fondo, aunque me tirara de las orejas, que seguro que lo haría, él se alegraría. Me formaría la de Dios, pero se alegraría.

Así, con esas ilusiones sobrevolando mi mente y los ronquidos del tío Juan que había “caído muerto” en la cama, era difícil conciliar el sueño. No obstante, al final, supongo que el agotamiento terminó por rendirme, ya que lo siguiente que escuché, fue el ruido que hizo el abuelo al abrir la puerta de la calle que siempre se hinchaba en los inviernos y por lo tanto, el abrirla y cerrarla no era tarea fácil.

Aunque desde el primer momento tenía los “ojos como platos”, algo me decía que debía hacerme el dormido. Si bien, nadie desconfiaba de mi, había que ser prudente al máximo y no despertar la más mínima sospecha. Además, incluso si me veían despierto, me dirían que me fuera con ellos, y si me negaba, algo recelarían. Así, aunque el tío Juan entró varias veces a la habitación a coger la ropa de abrigo y el paquete de Peninsulares -tabaco que él fumaba-, fingí en todo momento estar dormido.

En cuanto tiraron de la puerta para encajarla, di un salto y, mientras me vestía, fui observando cómo cargaban en los serones de Platanero –hermoso burro del abuelo- todos los “cacharros” y se alejaban camino de la tarea que tenían pendiente. Tomé un poco de leche con pestiños que había hecho la abuela Rita y, con sumo cuidado, para que ella no me escuchara, le puse la esterilla y, al final, enfundé a otro buen reclamo del abuelo: Belmonte –no me atreví con Facultades-. Cogí la escopeta y dos cartuchos de los que yo le iba quitando al abuelo de vez en cuando y salí por la puerta de la cuadrilla para no hacer ruido.

Deberían ser las ocho y media de la mañana, porque el sol comenzaba a despuntar por el horizonte como queriendo acompañar a los trinos y cantos de la avifauna lugareña que saludaban al nuevo día. Yo, mientras tanto, con paso rápido y el nerviosismo metido en el cuerpo, fui recorriendo el buen trecho que separaba el puesto del cortijo. La mañana era bastante húmeda y fría, pero no hacía una brizna de viento. Pero aun así, ese maravilloso olorcillo a fragancia silvestre, no me abandonó durante la caminata.

Con el continuo vuelo de los zorzales a mi paso y el graznido alertador de alguna pareja de arrendajos que se veían sorprendidos por mi presencia, llegué al tan anhelado colgadero: un rincón en lo alto del olivar salpicado por torvisqueras, chaparreras nuevas, cantuesos, esparragueras y pequeñas mortiñeras; es decir, un lugar ideal para dar el puesto. Una vez allí, y siguiendo el ritual que tantas veces había visto, puse al reclamo en el suelo al lado del matojo tras haber dejado apoyada la escopeta sobre el vetusto puesto. Con exquisito cuidado, afiancé Belmonte en aquel más que “familiar” farolillo –que por cierto, estaba en el perfecto estado de otras veces-. Le quité la funda lentamente, como lo hacía el abuelo y con una emoción contenida que me tenía reseca la garganta, me dirigí a él, diciéndole:

- ¡Belmonte, este es un gran momento para mí, no me falles!

Con ese calorcillo nervioso que se siente cuando se está en la antesala de un gran acontecimiento, me fui retirando hacia el aguardo, pero Belmonte, como si se lo hubieran dicho, quiso satisfacerme desde el primer momento y unos atrayentes piñones y un cuchicheo cautivador, fueron la forma de empezar su actuación en mi bautismo como jaulero. El “campo”, empezó también a colaborar, ya que al poco tiempo, cuando ya el sol empezaba a calentar aquellas gotas de rocío que con su armoniosa caída acompañaban el incansable trabajo de la “jaula”, en el encinar vecino, un macho empezó a intercambiar “dialogo” con Belmonte.

La tensión de todo principiante empezó a hacer mella en mi organismo y un temblor creciente se iba adueñando de mi organismo. Hacía frío, pero no era ese el motivo de tan singular tiritona. El reclamo desafiante del macho que se había venido de “callao” hasta el puesto era la razón. Por lo tanto, tenía que mantener el tipo, pero no era empresa fácil y máxime, cuando observé con el rabillo del ojo que tras aquellas rápidas embestidas, con ala a rastras incluida, de tan belicoso campero en su afán de echar de allí a tan osado intruso, su compañera, con delicados y pausados movimientos, lo acompañaba en la disputa.

Respiré profundamente varias veces con idea de que la calma volviera a mi organismo, pero nada, “estaba como un flan”. Sabía perfectamente lo que había que hacer en aquellas situaciones, pero no tenía claro si sería capaz de llevar a la práctica lo que tantas veces había presenciado con anterioridad. Belmonte, como buen maestro de ceremonias, con la cabeza tocando el techo de la jaula y su plumaje ocupando la casi totalidad de la misma, “departía” con macho y hembra como “Pedro por su casa” y yo, sin rebajar mi tensión nerviosa, esperaba el momento idóneo de apretar el gatillo. Ahora sí que necesitaba al abuelo a mi lado, diciéndome: ¡niño, tira!, … pero no estaba allí. Tragué saliva varias veces y, al final, me decidí: tenía que quitar la hembra de en medio. Apreté el dedo índice y tras el estruendo de aquel recargado “Galgo” y la carrera del macho para buscar amparo entre la maleza, su compañera inició un rosario de botes y aleteos que acabaron con un inesperado vuelo por encima del puesto.

- ¡Joder, mal empezamos para ser el primer puesto! –pensé para mí.

Pero el bueno de Belmonte no estaba por amargarme mi debut jaulero y, como si no hubiera pasado nada, cargó el tiro con tal maestría, que aquel hermoso y valeroso “gallo”, falto de la compañía de su hembra, volvió a la carga para ver qué había ocurrido y se presentó nuevamente en la plaza. Ahora no podía errar. Si lo hacía por segunda vez, el abuelo no me lo perdonaría. Así que apunté concienzudamente y apreté nuevamente el gatillo. Sin embargo…, los nervios me habían jugado otra mala pasada: no le había metido el nuevo cartucho a la escopeta. Ahora sí que era un manojo de nervios, pero había que “hacer de tripas corazón”. Abrí con máximo cuidado la escopeta, le saque la vaina anterior, introduje el nuevo “Galgo” y, tras cerrarla con extrema cautela, volví a apuntar, respiré otra vez profundamente y, lo que antes había sido un momento angustioso al ver que la hembra se me había ido, esta vez, fue una explosión de júbilo, ya aquel gallardo campero, tras el nuevo cartuchazo, no había “dicho ni pío”.

No esperé mucho más. Me “moría” por tener entre mis manos a mi primer trofeo. Así, mientras la jaula cargaba el tiro, con una alegría indescriptible, salí del puesto, recogí aquel inmenso macho y con toda la ilusión y cariño del mundo le pasé varias veces las manos para dejarlo como “nuevo”. Se lo enseñé al reclamo, que dicho sea de paso, se lo quería comer y le puse la funda. Luego, como tantas veces le había visto hacer a mi maestro en estas lides, apiolé al campero con las dos primeras plumas remeras.

Ya de camino hacia el cortijo, mientras pensaba lo que me diría y me haría el abuelo, una nueva alegría vino a reforzar mi autoestima, ya que la escurridiza hembra, yacía sin vida sobre el troncón de un olivo. La apiolé rápidamente y, tras cogerla junta con el macho, enristré para el cortijo. Poco después, cuando desde lo lejos divisaba la casa, pude apreciar que el abuelo, con brazo apoyado en una de las esquinas de la misma, me estaba esperando.

No me lo podía creer, la cosa se había puesto fea. Algo habría pasado para que estuviera allí.

Pensé en un sinfín de cosas. Pero una de ellas, estaba clara: me había “pillao in fraganti”.

Cuando llegué frente a él, agaché la cabeza en señal de sumisión y con voz entrecortada le dije:

- Abuelo, lo siento. Sé que tienes que estar enfadao, pero tenía que hacerlo. Es más, le he tirao, como tú siempre lo has hecho –no había más remedio que dorarle la píldora-, una collera a Belmonte, que por cierto, se ha portao como lo que es, un campeón.

- Niño, no me gusta que hagas cosas sin yo saberlo y menos con los pájaros. Así que coloca todo en donde estaba y vente conmigo, que si eres ya mayor para esas cosas, también tienes que serlo para el trabajo. ¡Y eso, que no has cogido a Facultades…, que si lo llegas a hacer…, “otro gallo hubiera cantado”! -me respondió.

Por el camino, a lomos de Platanero tras el abuelo Vicente, me enteré que había vuelto al cortijo porque se les había olvidado la alcuza del aceite para la sierra, y aunque no me preguntó mucho sobre el puesto, porque tenía que estar en su sitio de hombre mayor y muy enfadado por mi fechoría, yo sabía con toda certeza que en el fondo se alegraba.

Cuando volvimos al caserío, casi a la hora de almorzar, no me podía mover..., me dolían todos los huesos. Me había exprimido al máximo –había que darme una buena lección- y, lo que es peor, sin poder rechistar.

Por la tarde, el abuelo fue a dar el puesto con Facultades. Yo, castigado, por supuesto, tuve que “tragarme” el capítulo correspondiente de la radionovela “Lucecita” al lado de la abuela Rita.

jueves, 17 de junio de 2010

RECUPERACIÓN DEL COJO








Tras este nombre tan aclarativo, está un reclamo con seis celos al que la mala suerte ha perseguido en las dos últimas temporadas.

Me explico:

Este reclamo, sin ser un “figura”, es uno de esos que pasa por nuestras manos y con el que uno se divierte. Procede de Saceruela (Ciudad Real) y su primer dueño fue el amigo y compañero Raimundo Alaminos, al que se lo adquirí hace dos temporadas por dejar la afición -luego no ha sido así porque no ha superado el gusanillo de la “jaula”-, tras haberle tirado él, en las cuatro temporadas y pico que lo tuvo, un buen número de patirrojas.

Hace dos temporadas, cuando lo “cogí” al final de la misma, le tiré un macho y dos hembras y cumplió en todos los puestos que le di.

El año pasado, le maté un macho el primer día de veda y una hembra el segundo, pero no me gustó. Era lógico, pocos días después, se metió en muda y ya no salió más en la temporada.

Esta temporada, el día de Reyes, posiblemente debido a los cohetes de la cabalgata, se botaron los pájaros y él se destrozó la pata izquierda. Por tanto, temporada concluida.

Tras varios entablillamientos sin resultados positivos, a mediados de abril le amputé dicha extremidad.

La recuperación no ha sido fácil, todo lo contrario, ha estado más “pallá que pacá”. Sin embargo el buen cuido y, posiblemente, algunas pastillas de CCP, hayan sido la causa de su recuperación total, por lo menos, física.

Mi gran alegría, porque así ha sido, ha llegado en estos días, cuando lo he escuchado cantar y mostrarse con buena pinta –derecho y dando de pie- como se puede apreciar en las imágenes. Seguramente, al venirme a Punta Umbría, y escuchar otros pájaros y desconocidos para él -los de Raimundo que me los ha dejado mientras se toma unos días de vacaciones-, le hayan hecho recuperar viejos valores.

Esperemos que el año que viene, cambie la suerte y pueda disfrutar de su buen trabajo y de la suavidad de su recibo.

lunes, 14 de junio de 2010

CAZA DE LA PERDIZ CON RECLAMO. TEMPORADA 2010 - 11

GRANADA, JAÉN Y ALMERÍA:
Dos periodos opcionales a recoger en los Planes Técnicos de Caza:
Dede el 07 de enero al 17 de febrero.
Desde el 24 de enero al 06 de marzo.

HUELVA, SEVILLA Y CÓRDOBA.
Zona baja: dede el 08 de enero al 18 de febrero.
Zona alta: desde el 15 de enero al 25 de febrero.

MÁLAGA Y CÁDIZ.
Zona única: 15 de enero 25 de febrero.

Como se puede comprobar, de momento, en las zonas de Almería, Granada y Jaén, donde se cazaba hasta final de marzo, ha habido tijeretazo. Esperemos que luego, una vez vistos los estudios que se están realizando, por la vía de la excepcionalidad, o como lo quieran llamar, la autoricen hasta las fechas de otros años. Pero ahora mismo, la cosa está jodida.

Mas información: http://www.fac.es/

AUNQUE NO LO PAREZCA, OCURRIÓ. UN PUESTO MOJADO Y SIN AGUARDO.


Este relato, aunque increible, está basado en hechos reales. Es el segundo que cuelgo de esas cosa increibles que nos han ocurrido a los cuquilleros.

Habíamos metido todos los “chismes” en el coche y nos dispusimos a dar el puesto en aquella tarde gris y desagradable, que por momentos se nos presentaba. Negros y amenazantes nubarrones iban apoderándose del cielo, por lo que no hubo más remedio que cargar con el impermeable, por si las moscas.

Tenía yo divisado un sitio que debería tener varias parejas, ya que en el ojeo de ese año, de aquella zona se levantaron bastantes patirrojas. El problema era que para acceder hasta aquel paraje, había que andar un buen trecho.

Cuando llegamos al lugar donde dejaríamos el coche, un crestón cubierto por matorral espeso, salpicado de encinas y algún que otro alcornoque, eché varias miradas al cielo y como la cosa estaba “entre Pinto y Valdemoro”, le comenté al amigo José:

- ¿Qué te parece?, ¿lloverá o no lloverá?

- Yo creo que no, pero vete tú a saber, -me respondió.

En esta tesitura estábamos, cuando el sol volvió a aparecer entre aquel mosaico de nubes. Así que, como uno nunca escarmienta, nos arriesgamos y dejamos los chubasqueros en el maletero del coche. Cargamos nuestro portátil, los banquillos, la escopeta y, con “el de Manué” a mis espaldas, nos encaminamos al sitio que yo tenía en mente.

Tras una buena caminata, nos plantamos en donde daríamos el puesto. Descargamos todos los “cacharros” y nos dispusimos a arreglar un poco el colgadero. Mientras tanto, la tarde se estaba cerrando cada vez más. A lo lejos, se escuchaba el estruendo de la tormenta, que se acercaba hasta nosotros.

Cuando habíamos terminado con todos los preparativos, aunque los presagios no eran los mejores, no llovía. Así que, con esa valentía de la que hacemos gala los colgadores, decidimos empezar la faena.

Desenfundé “al de Manué”, le hablé cariñosamente, como siempre suelo hacerles a mis pájaros en esos momentos, y me metí en el aguardo.

Al instante, el reclamo comenzó su trabajo y no había pasado mucho tiempo cuando “unas gotitas” empezaron a caer, a la vez que el viento comenzaba a hacer de las suyas. Poco a poco, aquellas tímidas gotas, empezaron a transformarse en una lluvia intensa con unos goterones difíciles de soportar a cielo descubierto y dentro de un portátil.

No tardamos mucho en ponernos como “una sopa”. Así que decidimos dar por terminado el puesto. “El de Manué” había dejado de cantar porque la lluvia en poco tiempo se había transformado en una tremenda cortina de agua y él también sufría el furor de la tormenta.

A toda prisa, salí del puesto y lo tapé con la funda. Con las mismas, conseguimos liar el portátil y, como pudimos, salimos “zumbando” para el coche.

Cuando llegamos, era para vernos…, estábamos empapados hasta donde dijimos.
 
Volvimos aceleradamente al cortijo y allí estaban ya los compañeros, que al estar más cerca que nosotros, habían tenido más suerte y, aunque un poco mojados, se habían escapado del gran aguacero.

Me cambié de ropa y mientras hablábamos sobre “la tardecita” que se había presentado, la tormenta fue pasando y por el oeste, el sol empezaba de nuevo a aparecer, tras la retirada de las nubes.

Poco a poco fue quedándose una tarde espléndida y el viento iba parando por momentos.


 Como era ya casi mediados de febrero y para esa fechas atardece mucho después, decidí, como joven que era por aquellos entonces, salir a probar un pollo de Paterna de la Ribera (Cádiz), que me había regalado mi hermano Juanvi y que tenía muy buena pinta.

Al estar el portátil muy mojado, Raimundo me habló de un puesto de monte que habían levantado él y Pedro la tarde anterior y en el que no habían “tocado pluma” porque les había entrado la piara de cochinos.

José no quiso acompañarme, porque sus años no eran los míos, y prefirió quedarse secándose en la candela.

Llegué al lugar donde me habían indicado, pero por más vueltas que di a la zona, no encontré el aguardo. Así que decidí ponerme tranquilamente a escuchar y observar el comportamiento del pollo en el campo. Lo situé en una mata frondosa de jaguarzo, le quite la funda, le toque los palillos como parte de nuestro ritual y me fui retirando lentamente, hasta sentarme en el borde de un “rebujón” de jara, que había a una distancia no mucho más lejana de lo que se coloca el puesto.

El pollo, al principio medio aplastado y temeroso, fue sacudiéndose poco a poco el miedo que produce el campo a todo novato y empezó a “musicar”, con la inmadurez a la que nos tienen acostumbrados los pájaros en los primeros momentos de su vida como reclamos.

Pero algo especial debe tener el canto de éstos, porque al poco tiempo, y en el collado de enfrente, el reclamo potente de un macho me hizo pensar lo que podría ocurrir. Así que con un cuidado especial, me fui metiendo un poco entre la jara pero, aun así, no dejaba de estar visible, por si el campo se presentaba en la plaza.

El pollo seguía reclameando, pero ya con una alegría que me hacía presagiar que tenía buenos mimbres para llegar a ser un buen reclamo.

En estos pensamientos estaba, cuando un “piolío” continuado, me indicó que aquel macho se venía de vuelo.

En un abrir y cerrar de ojos, el campero estaba en la plaza entre el pollo y yo, pero…, ¡acompañado de su hembra!

No moví ni un músculo. El reclamo se había quedado callado por la impresión del vuelo. La pareja, un poco recelosa y saseando, empezó a buscar amparo tras la maleza…, cuando un inmaduro y suave cuchicheo de la jaula hizo que el macho se fuera para el reclamo, con el moño levantado y en actitud beligerante para “achantarlo”.

El pollo, lejos de amedrentarse, lo recibió de pluma. El campero, empezó a dar de pie mientras la hembra permanecía medio escondida tras unas matas de aulaga, pero observando atentamente todo lo que allí sucedía.

Viendo que ésta no se decidía a entrar y que en cualquier momento podrían salir volando por mi presencia no muy lejana, poco a poco y mirando las reacciones del pollo y la pareja, fui subiendo lentamente la escopeta, que la tenía descansada sobre los muslos, hasta apoyármela sobre el hombro.

Cuando creí que el momento era el idóneo, porque reclamo y campero estaban en su particular disputa, apreté el gatillo y “el retador” quedó inmóvil no muy lejano al farolillo. Con el estruendo del disparo, la hembra dio un pequeño vuelo y fue a posarse justamente delante de mí, no a más de dos o tres metros de distancia.

Ante esta increíble escena, me quedé medio petrificado. Sabía que, si movía un músculo, o solamente la mirada, la viuda saldría de estampida. Ella, me miraba fijamente y yo intuía que al más mínimo movimiento mío, pondría “los pies en polvorosa”.

Entre tanto, el pollo, que había cargado muy bien el tiro, empezó a llamar a la hembra con un cante inmaduro, pero suave y atractivo.

Mientras tanto, los ojos me empezaban a lagrimear y la garganta se me resacaba por momentos. El corazón, me latía con una fuerza y velocidad fuera de lo común. Era consciente de que aquella situación no la podría aguantar por mucho tiempo, ya que además, las manos me temblaban por el esfuerzo de soportar la escopeta semiapuntada para el lugar donde había hecho el disparo.

El pollo, que seguía “enfrascado” con ella, empezó a dedicarle un “go go go…” como los mejores reclamos y la viuda, quizás desorientada por todo lo sucedido, se volvió hacia la jaula y comenzó a acercarse lentamente al farolillo.

El reclamo, al verla cada vez más cerca, manteniendo la calma, rompió con un bajísimo “coleteo”, lo que aproveché para disparar sobre la hembra que quedó “seca”, no muy lejos de su pareja.

Respiré hondamente mientras el reclamo cargaba el tiro elevando el tono de su canto. Me levanté, estirando a la vez los músculos, apoyé la escopeta en el suelo y me dirigí lentamente hacia el reclamo, hablándole y tocándole los palillos con los dedos.

Después de enseñarle la pareja de montesinas, para que se pusiera contento y se recreara un poco con ellas, lo enfundé, cogí aíre todavía más profundamente y pensé para mis adentros:

- Si esto me lo cuentan a mí, no me lo creo.

lunes, 7 de junio de 2010

PISTOLO


Hoy, como en meses anteriores, cuelgo otro relato de mi primo Jerónimo Lluch. Es la historia de un gran perro.

Corrían los primeros días de noviembre del ya lejano 1957, cuando una noche mi padre me anunció:

- Niño hoy me han regalado una collera de podencos preciosa, la han traído de Fuentes de Andalucía, el macho se llama Pistolo y tiene trece meses y la hembra Rubia cuenta casi tres años; son pelibastos, el perro es “colorao” y blanco y la perra canela clara. Se han quedado en el campo, ya los verás cuando vayas por allí.

Y desde aquel momento, hasta que mis obligaciones escolares me permitieron ir a la finca, se apoderó de mí la mayor de las intranquilidades y el más grande de los desasosiegos, inquiriéndole a mi padre, cada vez que venía del cortijo, noticias de ellos, pues han sido los perros, animales que han ocupado siempre en mi escala de afectos un primerísimo lugar.

Entre las muchas referencias que al respecto me iría dando, a la vuelta de sus quehaceres cotidianos, me informaría que la Rubia estaba en celo y la tenía encerrada en un corral, para que sólo la cubriese Pistolo, y que éste, con quien había salido en un par de ocasiones a conejos, cobraba muy bien pero se resistía a entregárselos, gruñéndole cada vez que los quería rescatar de su boca.

Y llegó el día en el que se me brindó la ocasión de ir a verlos; recuerdo que el cuerpo no me cabía en la ropa de puro nerviosismo y que el recorrido en moto de los ocho kilómetros que separaban el pueblo de “Cañá Santa”, se me hizo largo y pesado, como nunca antes me había sucedido, ni tampoco me ocurriría después.

Una vez en la finca toda mi atención se centró en Pistolo, ya que la Rubia, al estar aislada, no presentaba el aliciente de verla cazar como me sucediera con éste.

El perro no se mostró huraño conmigo, todo lo contrario, y cuando le obsequié con el embutido que llevaba en el bolsillo, envuelto en papel de estraza; supe, a ciencia cierta, que entre él y yo se iba a establecer una camaradería que, con el tiempo, se convertiría en entrañable e imperecedera.

Al poco rato me anunció mi padre:

- Vamos a dar una vuelta por el olivar, para ver como está la aceituna, y nos llevaremos a Pistolo y así observarás, si matamos algún bicho, lo bien que arrima.

No habíamos hecho más que iniciar el recorrido cuando por sus continuos latidos pudimos precisar que había echado un conejo, al cual tras corta persecución atrapó; viéndolo, casi al momento, como lo traía atravesado en la boca y se dirigía hacia nosotros. Yo, con la impaciencia de chiquillo, salí corriendo a su encuentro y, éste como si me hubiera conocido de siempre, me lo entregó alegremente moviendo la cola y contorneándose a mi alrededor.

- ¡Será puñetero, exclamó mi padre, y a mí que me gruñe cada vez que atrapa una presa y pretendo que me la dé!

Y esos lazos de unión, esa compenetración y entendimiento que suelen producirse entre el hombre y el ser irracional se harían tan patentes entre ambos, tan firmes y duraderos que, ahora, transcurrida casi una vida desde que ocurrieron estos hechos, no puedo evitar que la emoción me inunde y la nostalgia y añoranza afloren de mi interior, al evocar aquellos momentos pasados juntos.

Poco después nos lo trajimos a nuestra casa del pueblo, convirtiéndose desde entonces en compañero inseparable de juegos y correrías callejeras.

Solía dormitar en el zaguán e identificaba el ruido de la “guzzi” de mi padre, entre todas las demás, avisándonos con su actitud y agitación, cuando estábamos castigados, sin salir a la calle, para correr dentro de la vivienda y que no viera nuestro progenitor que habíamos desobedecido su mandato.

Era mi perseverante amigo, mi incondicional acompañante. No olvidaré que el día del examen de ingreso de bachiller, vino conmigo al instituto permaneciendo en la acera del mismo, acostado, hasta que terminé los ejercicios, sin importarle que viviéramos a cuatro pasos del centro educativo.

A pesar de mi corta edad, corrí innumerables aventuras con él, en compañía de mi padre, pero la que narraré es una de las que recuerdo más vivamente.

Estábamos en pleno celo del macho de perdiz, la tarde soleada y templada invitaba a dar el puesto. Mi padre que no se encontraba muy animado para colgar, optó por escucharme dado el buen tiempo y el continuo acoso al que yo le sometía para que lo hiciese y me llevara con él.

Partimos de la casilla poco después del almuerzo, dirigiéndonos a la Coscoja, donde, como en otros muchos lugares, teníamos preparado un aguardo de monte que cada temporada nos encargábamos de reconstruir para ponerlo a punto.

El tollo, de ahí su nombre, estaba entre coscojas y chaparreras y el matojo junto a un olivo que lindaba con el monte bajo, cerca de una pendiente del terreno.

Capullito, fue el pájaro que llevábamos esa tarde, un reclamo de bandera, de los que nunca te dan una mochuelada, y de los que son una garantía sacarlos al campo por lo laborioso y eficaz de su trabajo en el pulpitillo.

Tras meterme en el puesto y sentarme en un lateral del mismo, mi padre destapó la jaula, la cual salió con un suave dar de pie, antes que él llegase donde yo me hallaba; luego se quedó de piñones para tras una pequeña callada proseguir con suaves embuchados e irse poco a poco subiendo, desafiando a los congéneres de los contornos, que no hicieran oídos sordos a la provocación a que los sometía.

Pronto tuvo respuestas del campo y aunque el reclamo puso en juego todos sus recursos, éste se resistiría a correrse, y cuando tras una prolongada insistencia de Capullito apareció en la plaza, sería con muy poco ardor y con escasas ganas de entablar pelea con el inesperado retador.

La collera, pues era una pareja la que hizo acto de presencia, no terminaba de aproximarse al matojo, y en una de las ocasiones en la que se cruzaron disparó mi padre con objeto de hacer la carambola. Tras algunos aleteos se perdieron de nuestra vista y aunque Capullito cargó el tiro, según los cánones, al poco rato se puso bregón y saltarín, cosa inusual y nunca observada en él.

Ambos quedamos sorprendidos de la reacción del pájaro, pero en breve el reclamo se tranquilizó, volviendo a exhibir las buenísimas maneras que siempre había demostrado en el tanganillo.

La tarde no dio para más y aunque el campo no dejó de canturrear, no intentó acercarse a la plaza a pesar de la continua insistencia de la jaula.

Se estaba ya ocultando el sol cuando mi padre, tras toser varias veces, salió a enmantillar al pájaro. Una vez tapado yo lo imité, aligerando para coger las perdices muertas, que pretendía localizar al final de una barranquilla.

¡Pero allí no había nada...!. Mientras hubo luz estuvimos recorriendo las inmediaciones de la plaza sin encontrar la collera que, teóricamente, mi progenitor había abatido.

Cabizbajos y taciturnos emprendimos el regreso al cortijo y era tanto el desencanto que uno y otro llevábamos que, en el trayecto, no cruzamos apenas palabras. El continuo ladrido de los mastines en las majadas y el “mío, mío” de algún mochuelo bullicioso, serían los únicos ruidos que perturbarían nuestro prolongado silencio.

Fue al llegar a la casilla cuando mi hermano Antonio que había salido a nuestro encuentro, hizo que nos cambiara el semblante, viendo que en sus manos traía dos perdices y que dirigiéndose a ambos exclamó:

- ¡Mirad con que dos pájaros se ha presentado Pistolo!

Efectivamente, era la collera que había tirado mi padre. El perro acudió al oír el disparo y al encontrarla muerta volvió con ella a la vivienda, provocando allí la alegría y el regocijo y en nosotros esa frustración y desengaño que experimenta el cazador cuando pierde una pieza herida, por mucho que se esfuerce en encontrarla.

La noche, sin embargo, la acabamos todos eufóricos gracias a la faena del perro al que le llovieron caricias, piropos y elogios de toda la familia, que no escatimó alabanzas para requebrarlo.

Esas, y otras muchas, serían las cosas que solía hacer nuestro Pistolo, el compañero insustituible que de crío tuve y que dejó en nosotros unos recuerdos y una impronta que el tiempo transcurrido no ha podido aún borrar.

Y al evocar la imagen de su elegante estampa, de sus ágiles movimientos, de su veloz carrera, de su fidelidad incondicional, he de respirar hondo, he de tragar frecuentemente saliva, para que el nudo que aparece en mi garganta no me traicione y se tornen, vidriosa la mirada y palpitante el corazón.

martes, 1 de junio de 2010

RESIDENCIA DE VERANO


Todos los años, con la llegada del día primero de junio, mis pájaros pasan a sus lugares de veraneo Aquí permanecerán hasta primeros de noviembre: primero en Huelva y luego -ya mismo- en Punta Umbría. Antes de pasar a los cajones de muda, los he tratado contra los parásitos internos.

Aparte de la comida normal: pienso compuesto de reposo y trigo mezclado -en julio y agosto le doy alta energía para aportarles más proteinas-, durante la muda les suelo dar cinco días al mes aminoácidos con vitaminas para reponerles lás pérdidas que le suponen la caída de las plumas. Con estos dos cambios, lo que trato es que el "espelecho" y el emplume lo hagan lo mejor posible y que lleguen en perfecto estado al comienzo de la temporada de veda.



 De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Facul, Manchego, Ramblas, Barbarino, Guerrilla y el Cojo. Este último después de la fractura -no pude colgarlo este año- y la posterior  amputación de la pata izquierda, se ha recuperado maravillosamente. Parecía que iba a "hincar la cresta" pero, posiblemente, el CCP le haya ayudado a  superar el mal trance que estaba pasando.

Ya veremos cuando  llegue noviembre si han aprovechado bien las vacaciones y han realizado un buen espelecho.

LAS DOS FRASES DEL MES DE JUNIO


Dándole vueltas a la cabeza, se me ha ocurrido ir colgando mensualmente dos mensajes de personajes célebres. Para muchos, serán conocidos. Pero otros tantos, seguramente, no los habrán escuchado nunca. Pero aun conociéndolos, a nadie dejan indiferente por lo que nos transmiten.

Estos son los que he escogido para el mes de junio.

"Saber que no se sabe, eso es humildad. Pensar que uno sabe lo que no sabe, eso es enfermedad". (Lao-tsé. Filósofo chino).

"La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido". (Rabindranath Tagore. Filósofo y escritor indio).