He aquí el dilema: ¿seguimos a pie juntillas lo que siempre se ha hecho o, por el contrario, actuamos según los tiempos que corren?
Nuestra afición, la caza de la perdiz con reclamo macho, es una modalidad cinegética sujeta a unos principios que han perdurado en el tiempo. La tradición siempre ha podido con la innovación. Por tanto, si dejamos al lado algunas cuestiones técnicas como el portátil, el coche…, lo demás lo llevamos a cabo siguiendo el mismo ritual que pusieron en práctica nuestros ancestros.
Pues bien, cuando aparece la perdiz de granja, allá por la década de los ochenta, se consolida y toma verdadera fuerza en la de los noventa, y explota como verdadero boom en los últimos años, esa fuerte solidez empieza a resquebrajarse. Es entonces, cuando aparecen los adeptos y los detractores de una patirroja menos brava, por lo tanto, más fácil de “llenar percha”, más accesible para los cazadores y mucho más barata.
Vayamos por partes:
1.- Estoy totalmente seguro que, cualquier cazador que pase de los cuarenta y que haya vivido “in situ” lances con la auténtica perdiz roja, sabe demás que entre aquella patirroja y la de hoy, por mucho conservacionismo que haya en lugares y fincas, existe un gran abismo entre la de ayer y la actual. Diremos, porque no nos queda otra, que nuestra perdiz sigue siendo la de hace cincuenta años, pero, desgraciadamente, la que puebla nuestros montes a día de hoy, aun siendo de lo más cuidada, dicta mucho de la de antaño.
2.- Pero, si los lances los circunscribimos a la caza con reclamo, por ser ésta una tipo de caza más purista, la diferencia es terrible, ya que entre una patirroja de granja y una salvaje y sus correspondientes formas de actuar con la jaula, excepto raras excepciones, existe un largo trecho: ni cantan como las de antes, ni entran a la jaula como entonces, ni se vienen de vuelo a las primeras notas del reclamo, si se mata primero la hembra, luego no entra el macho o viceversa... En una palabra, como si estuviéramos hablando de especies diferentes.
Una vez introducidos en el tema viene la pregunta:
¿Que hacemos entonces, buscamos por mundo Dios esa perdiz salvaje que nos haga sentir de verdad la magia de ser jaulero o, por el contrario, vamos a lo cómodo y nos dedicamos a ser aficionado facilón sin importarnos la calidad de los lances?
Suponiendo que nos inclinamos por lo primero, lo tradicional, lo purista... Fenomenal, ¿pero dónde encontramos esa perdiz? ¿De verdad que la hay? Si es así, ¿está al alcance de todos los jauleros? Pero es más, si por el motivo que sea damos con ella, ¿eso nos asegura que vamos a divertirnos? o, por el contrario, será un auténtico fracaso para el aficionado y sus reclamos que están acostumbrado a patirrojas facilonas que, aunque no lo parezca, van mermando el esfuerzo que se le supone a una “jaula”, terminando por alambrear y botar en cuanto el campo se tuerce un poco.
¿Es gratificante dar puestos y puestos, días tras días, sin abatir una perdiz, porque el campo no “quiere coles”?. ¿No terminan nuestros reclamos hechos unos auténticos burracos antes tales patirrojas y nosotros/as hartos hasta el gorrito de jaulazos y jaulazos?
Pues, con el permiso de mi amiga Mari Carmen Pacheco -purista y aficionada de verdad-, quiero decir que ella, este año, ha estado durante nueve días en una finca de las que todavía son hábitat de nuestra auténtica perdiz roja salvaje y, tras dar tres puestos diarios; es decir, más de veinticinco en las jornadas citadas, no ha conseguido ningún trofeo, solo “dolores de cabeza”. Puede parecer mentira, pero es la realidad ¿Es eso gratificante?
Aunque se diga que muchas perdices las ha tenido cerca, que a algunas no los ha querido tirar porque para ella, amante de lo tradicional y de lo que se debe hacer, no estaban en su sitio o el reclamo no lo estaba haciendo ajustado a cánones, está muy bien. Pero la realidad es cero patatero y, queramos no no, esas cosas duelen.
También se puede esgrimir que no todos los casos son así, pero quien suscribe está en contacto con mucha gente del mundo del reclamo de Andalucía y fuera de ella y puede asegurar y confirmar que abatir una patirroja “pata negra” con la jaula es empresa cada vez más complicada.
Mi pregunta, una vez expuesto los contra de la perdiz auténtica de campo, es la siguiente:
¿Interesa, por seguir siendo purista, buscar esa patirroja de caché, difícil de encontrar, para una vez dado con ella, producirnos sofocón tras sofocón, o es más gratificante contentarse con lo que hay en todos sitios: unas mejores y otras peores y, de vez en cuando, dar algún tirito y, de camino, llevarnos una alegría?
Sé que respuestas que pueden argumentar a favor y en contra todas las que se quieran, pero el tema está ahí.
PD. Siempre he sido purista, pero los tiempos cambian nos gusten o no. De hecho la semana pasada estuve en Ciudad Real -Castellar de Santiago- cazando perdiz repoblada en septiembre y del terreno. La verdad es que me divertí.