Hoy traigo al blog este artículo, encontrado remirando por internet, de D. Manuel Gallardo porque creo que merece o, al menos yo así lo creo, leerlo detenidamente. Seguro que muchos pajariteros coincidirán con lo expuesto en el mismo, aunque también habrá quien difiera.
sábado, 29 de septiembre de 2018
martes, 11 de septiembre de 2018
LOS PÁJAROS PUNTEROS SEGÚN SUS DUEÑOS
Que no es fácil dar con
un reclamo de bandera es una máxima incuestionable y huelga decir que todos los aficionados que llevamos unos años en esto de
la caza de la perdiz con reclamo lo
sabemos de sobra. De hecho, hay cuquilleros que se van al otro mundo sin saber
lo que supone "tener en sus manos” a un verdadero pájaro de jaula, no un "mediacuchara" -pues de esos hay y ha habido muchos-, sino un pájaro de primerísimo nivel.
Ahora
bien, también suele ocurrir que muchos aficionados al reclamo encumbran a
sus enjaulados hasta tal punto que, con más frecuencia de la cuenta, se habla
de cinco o seis fenómenos en muchos de los jauleros particulares. Y tal circunstancia, si
nos paramos a pensarla seriamente, no es más que una auténtica barbaridad. En
unas palabras: lo expuesto anteriormente supone una sobrevaloración de lo que tenemos y, en algunos casos, una
gran mentira, pues tener en un momento determinado, cinco o seis pájaros de elevadísimo nivel, aunque en algún caso mu muy puntual pudiera ocurrir, resulta mucho más que complicado.
Eso sí,
pájaros a los que se le tira cacería y con muchas patirrojas abatidas, sí
podemos reunir varios, pero reclamos de esos que no fallan, que cantan a
cualquier hora y con cualquier tiempo, que se le tira en donde nadie es capaz
de hacerlo, que trabajan igual a un macho, que a una hembra que a una collera,
de esos, poquísimos. Pues como dice Juan José Cabrero en su fenomenal libro La perdiz con reclamo, este tipo de “material” son como los obispos, uno por
provincia. Lo que pasa que para muchos pajariteros en cuanto un reclamo hace
cuatro cositas ya es un fenómeno, aseveración que a las primeras de cambio se
desvanece como los castillos de naipes. De hecho, como bien sabemos, cuando oímos
hablar de pájaros que tienen 60, 80, 100… pájaros muertos, la mayoría de ellos
son de repoblación Es decir, de trabajo, excepto excepciones, no muy complicado.
Y con ello no quiero tirar por tierra, Dios me libre, a la repoblación, pues
bastantes alegrías da en muchos lugares, pues si no fuera por ella no se podría
cazar el reclamo de perdiz. Pero una cosa son los ejemplares de suelta y otra
el ganado salvaje o auténtico de sierra. Pues no será la primera vez que
pájaros de los que sus dueños hablan y no paran, cuando llegan a plazas de “primera
categoría” y ganado de verdad, fracasan estrepitosamente.
En unas palabras,
la exigencia de las cosas cambia con las personas. Pues lo que es superior para
uno, para otro no tiene nivel.
Eso sí,
vuelvo a reiterarme en lo dicho:
de cinco o seis fenómenos en un determinado jaulero, al menos bajo mi opinión,
nada de nada. Es más, ni a lo largo de la vida de un determinado perdigonero se
tienen cinco o seis pájaros punteros en toda la dimensión de la palabra.
Para ir finalizando, se me ha venido a la memoria una frase que escuché, hace tiempo a no sé quien: "excepto en contadísimas ocasiones, el pájaro de bandera, deja de serlo, cuando lo prueba otro. Es obvio que se le pueden poner sus peros a la misma, aunque sirve perfectamente para el tema.
Y para terminar, en la línea de lo que decía San Mateo: "muchos son los llamados, pero pocos los escogidos", yo añadiría: pocos, no; poquísimos. Pájaros de primerísimo nivel casi no existen. Todos tienen sus pequeñas cosillas.
Y para terminar, en la línea de lo que decía San Mateo: "muchos son los llamados, pero pocos los escogidos", yo añadiría: pocos, no; poquísimos. Pájaros de primerísimo nivel casi no existen. Todos tienen sus pequeñas cosillas.
lunes, 3 de septiembre de 2018
EL TRATO Y MANEJO DE LAS PERDICES ABATIDAS EN EL PUESTO
Desde principios de la humanidad y más exactamente
desde cuando la actividad cinegética se transformó en algo fundamental para el
hombre, el cazador siempre ha tratado con el más exquisito cuidado y respeto a
todas piezas que, por un medio o por otro, abatía. Sin embargo, con el paso de
los años y ya metidos en un pasado relativamente reciente, se ha ido perdiendo
ese excelso trato que se les debe procurar a las piezas conseguidas en los
lances cinegéticos en general y en los de los cuquilleros en especial, pues, en
la gran mayoría de los casos, lo cazado no es más que un fin para aumentar
nuestro ego como acaparadores de trofeos que añadir a nuestros ya dilatados estadillos
cinegéticos. Tan es así que quien suscribe no pasa por alto el cómo se hacía
hace ya muchos años y el cómo se hace a día de hoy. Y la verdad es que existe
un verdadero abismo en dicho proceder en ambos momentos. En esta línea y
refiriéndome a la caza del reclamo, cuando yo acompañaba a mi abuelo Vicente al
puesto y teníamos suerte de tirar una o varias patirrojas, una vez que se daba
por terminado el mismo, siempre existía un noble ritual a la hora de recoger
las perdices abatidas y con posterioridad a tenerlas ya entre las manos.
Recuerdo que el abuelo siempre era el primero que se acercaba a coger del suelo
una de las perdices que había tirado o la única si solo había abatido una y,
tras enseñársela al pájaro de jaula de turno, la acariciaba suavemente para
asentarle bien el plumaje y la pendía por la cabeza para observar la belleza
del trofeo.
Con posterioridad, mientras recogía todos los
trebejos, la ponía al lado de la jaula con sumo cuidado para el regocijo del
pájaro de turno. Más tarde, si había abatido varias, me daba la posibilidad de
recoger las que quedaban en la plaza y, por supuesto, con la lección ya
aprendida, la manoseaba delicadamente para que estuvieran presentables, pues
siempre el tiro despluma un poco a las piezas conseguidas. El fondo de la
cuestión era que aquellas perdices que ya habían pasado a mejor vida,
mantuvieran un parecido similar a como eran antes de ser abatidas y no cogerlas de cualquier
manera, a prisa y corriendo, porque a continuación se iba a dar otro puesto.
Después,
una vez en el cortijo, lo primero que se hacía, tras dejar al reclamo y todos
los trebejos en sus lugares correspondientes, era el sacarle todas las tripas,
tarea que se llevaba a cabo introduciéndole por la cloaca un palito con una
horquillita en forma de uve en el extremo. Con posterioridad, se le daba a éste unas pocas de vueltas para que se
reliaran en el mismo y, a continuación, se tiraba de él hacia afuera, saliendo todos
los intestinos de la perdiz enrollados en el palito. Con posterioridad, se le
limpiaba el exterior y se le introducían unos granos de sal gorda para que se
conservaran mejor.
Una vez acabada esta faena, se procedía al apiolamiento, labor muy
utilizada por aquellos entonces y que consistía en arrancar cada una de las
remeras más larga de cada ala, anudarlas por el extremo superior e introducirle
el cálamo o parte inferior de las mismas por cada uno de los orificios del
pico. De esta manera, las perdices quedaban sostenidas como por una lazada para
así poderlas colgar en un clavo o alcayata que hubiera en un lugar fresco para
que aguantaran sin estropearse. Eso sí, antes de colgarlas en un determinado
lugar y habitáculo, a las perdices, suspendidas por una de las manos por el
cuello, se le pasaba la otra para alisarles y ponerles bien el plumaje para que
tuvieran mejor vista y se parecieran lo más posible a cómo eran antes de
toparse con el reclamo de turno y con la
escopeta de quien estaba dentro del aguardo participando en el lance.
Una pareja de perdices
apioladas y colgadas de un clavo
Con todo este ritual, porque lo era, las
perdices abatidas siempre dejaban una buena sensación a la vista y no como hoy,
donde un buen número de aficionados las colocan en cualquier sitio y de
cualquier manera, dígase apretadas en el frigorífico, tras venir ya, la mayoría
de las veces, todas amontonadas en el morral o en bolsas de plástico. De este
modo, a la hora de cogerlas para consumirlas o para regalarlas, están
endurecidas de múltiples formas, por lo que no son muy agradables a la vista.
Sobre ello, tengo que decir que no todo el mundo obra igual. De hecho y por
citar un ejemplo, tengo un buen amigo y no menos aficionado -del que copié
dicho proceder- que, en cuando llega de dar el puesto, hace la operación del
destripado de las perdices abatidas y, más tarde, las lía individual y
cuidadosamente, como si fueran una botella, en papel de periódico. Así, quedan
mucho mejor, se conservan bien y ocupan menos lugar en el congelador.
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