Aunque es época estival y se está en otros menesteres, nunca está de más introducir una pequeña "cuñita" para hacer más llevadero el largo verano. Por ello, cuelgo hoy este artículo, donde doy mi opinión sobre el tema del mismo.
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No
hace falta decir que nuestras patirrojas salvajes, como el resto de las aves,
tienen una vista privilegiada, porque tal circunstancia es conocida de sobra. Tan
es así que su agudeza visual es infinitamente superior a la del ser humano. Ahora
bien, tal aseveración, no nos asegura que vean tal como nosotros entendemos el
sentido de la vista. De hecho, a nadie se le escapa que nuestra perdiz roja
recela y se pone más en “guardia” por el movimiento de un determinado objeto,
que por tener ante sí uno o varios colores que alteren la policromía cotidiana del
entorno. Y eso que las aves en general son capaces de diferenciar una gama de
los mismos que el ojo humano es incapaz de hacerlo. Con esto se desmonta la
opinión de algunos aficionados que piensan que las perdices, que es lo que nos
ocupa, solo ven en blanco y negro.
Ahora bien, hay momentos en que la agudeza
visual puede alterase para mayor o para lo contrario y más que nada porque, en
ciertas situaciones, priman más otras sensaciones que la visión. De esta
manera, en la época de cría y desarrollo de su prole, mamá perdiz mantiene la
vigilancia y cautela al cien por cien, por lo que las hembras que andan con sus
bandos de perdigoncetes son capaces de detectar y visionar lo que en otros
momentos pasaría desapercibido. Por el contrario, en la época que se encuentran
en su sazón, cuando se pueden cazar con el reclamo, las perdices rojas se
vuelven menos cautelosas e incurren en numerosos errores que, como bien
sabemos, terminan costándoles la vida. Tan es así que, aparte de la entrada en
plaza, -al engaño, si así podemos llamarlo-, hay momentos en que nuestras patirrojas
llegan sin fijarse en nada y menos en colores y formas, pues la defensa de sus correspondientes territorios tira mucho y hay que expulsar a los intrusos como sea. Así, color y estructura
del portátil, colorido de la jaula, “esqueleto” del pulpitillo –que muchas
veces desentona en el entorno-, cañones de la escopeta sacados por la tronera….,
pasan totalmente inadvertidos. Y no digamos cuando dentro de la jaula hay
metidas perdices blancas o platas. Solamente el movimiento las hace desconfiar,
aunque a veces, ni esto. Sin embargo, como he expuesto, no prestan mucha
atención a lo demás. Y eso que más de una vez se ven aguardos de camuflaje
cuyos colores desentonan con el del propio colgadero y, por tanto, se advierten
a kms. Ahora bien, y vuelvo a repetir, sí por fallo del aficionado de turno,
hay movimientos de la escopeta, brillo de sus cañones o ruidos dentro del
aguardo, entonces sí se ira todo al garete, siempre que lo anteriormente citado
sea captado por la patirroja que esté en plaza o en las inmediaciones de ella.
A modo de ejemplo, totalmente verídico, tengo
que decir que, hace ya unos buenos pocos años, cuando los ejemplares de granja
no poblaban todos los rincones de nuestra geografía, por tanto hablo de nuestra
perdiz roja autóctona, a un buen amigo le hicieron un puesto portátil con
loneta plastificada de color verde casi blanco. Pues bien, en ningún momento,
tuvo más problemas de los habituales a la hora de entrada de perdices en el
tiradero, lo que viene a demostrarnos que el color no es determinante en la
caza de la perdiz con reclamo, aun con la privilegiada visión que tienen.
Eso sí, otras muchas veces, al más mínimo
movimiento y bien lo sabemos, todo se tuerce. Sobre ello, tengo que decir, que
hace ya también bastantes años, algunos más que lo del párrafo anterior, una
buena “señora” salió de estampida al verme por una mirilla de tenía en el
portátil, no mayor que una moneda de dos euros de diámetro, cuando yo estaba
observándola por la misma para ver qué hacía. Por el contrario, aunque parezca
una de tantas mentiras de cazador, por aquellas fechas, conseguí tirar una
pareja estando sentado no muy tapado por la vegetación al no encontrar un puesto
de monte que andaba buscando e írseme la tarde. Eso sí, durante el buen rato
que duró el lance, una estatua se hubiera movido más que yo. Y lo peor del caso
es que, tras abatir en primer lugar el macho, la hembra dio un pequeño vuelo y
se situó a no más de cuatro metros de donde yo estaba sentado, por lo que me
tuvo que ver sí o sí.
Ahora bien y para terminar: que nadie ponga en duda que esté como esté el momento de nuestras camperas, el abatir perdices autóctonas en el puesto no es tarea fácil, más bien todo lo contrario. Tan es así que, el disfrute de los lances es lo fundamental en la afición. El que piense en grandes números para sus estadillos está equivocado. De hecho, no será la primera vez que buenos aficionados han llegado a fincas superpobladas de patirrojas salvajes y buenas jaulas en el respostero y todo ha terminado en pasar una buena tarde y poco más. De perdices en plaza, nada de nada.
Ahora bien y para terminar: que nadie ponga en duda que esté como esté el momento de nuestras camperas, el abatir perdices autóctonas en el puesto no es tarea fácil, más bien todo lo contrario. Tan es así que, el disfrute de los lances es lo fundamental en la afición. El que piense en grandes números para sus estadillos está equivocado. De hecho, no será la primera vez que buenos aficionados han llegado a fincas superpobladas de patirrojas salvajes y buenas jaulas en el respostero y todo ha terminado en pasar una buena tarde y poco más. De perdices en plaza, nada de nada.
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