jueves, 5 de enero de 2017

DEL AYER AL HOY V. CAMPO AUTÓCTONO Y DE REPOBLACIÓN

Hace ya algunos años, cuando la caza de la perdiz con reclamo era una modalidad cinegética minoritaria e, incluso, en ocasiones teniendo como objetivo el de ayudar a las no muy buenas despensas familiares o bien conseguir unas pesetillas para los paupérrimos bolsillos de aquella época, todo el mundo sabía que, el salir a dar el puesto, nunca era sinónimo de grandes perchas, porque con el ganao que poblaba cualquier rincón de nuestra Comunidad, lo normal era, si exceptuamos cuando se cazaba la picaílla de San Andrés o celo del rabanillo, llevarse para casa, si el puesto se daba bien, una, dos, tres o cuatro patirrojas. No se ansiaba mucho más, aunque entre “col y col”, pudieran darse puestos de verdadero escándalo cardinal.

Y no se ansiaba más porque, con las perdices citadas, se cubría de más las necesidades culinarias y, esto sí que es importante, no se necesitaba mucho más para compartir los buenos lances con los amigos. Primaba bastante más lo que ocurría en la plaza que el número de patirrojas abatidas. De esta manera, en las tertulias de chimeneas y en las de tascas y bares, se era más feliz relatando las excelencias del reclamo para meter en plaza a aquellas patirrojas esquivas, valientes y defensoras de su territorio que hablando de las muchas cajas de cartuchos gastadas en lo que iba de temporada. Y era así porque la perdiz que poblaba nuestros campos era nuestra perdiz roja salvaje. Aquella que o, se le engañaba con señorío en los movimientos y música celestial del de la jaula, o no daban la cara en la plaza. No sinificaba tarea fácil, aunque eran muy abundantes, tirar en todos los puestos, ni mucho menos. Lo que ocurría era que, cuando había un buen reclamo en el repostero y el campo se encontraba en su sazón, no cualquier día, los lances ofrecidos por la patirrojas salvajes que se presenciaban eran de los de recordar para toda la vida: pichoteo y vuelos para caer en la misma plaza, alas a rastras alrededor del reclamo, músicas avasalladoras en el camino hacia el colgadero, salida de estampida del tiradero a  la menor contingencia… Es decir, la verdadera esencia de nuestra apasionada afición. Pero tiene que quedar bien claro que, aún con lo mucho que se ha escrito sobre aquellos inolvidables puestos de antaño, que nadie piense que la empresa resultaba fácil. Nada de eso. Y lo que estoy diciendo, lo saben más que bien, todo aquel que, en estas fechas, tiene la enorme fortuna de poder seguir cazando nuestra auténtica perdiz española salvaje en los contadísimos lugares en donde a pesar de un sinfín de problemas, todavía sobrevive.

Pero como las hojas del calendario vuelan a velocidad de vñertigo, a día de hoy, una buena parte del colectivo cuquillero vive la caza del reclamo con otras miras a las ya descritas. Tristemente, priva más el número que los recuerdos de los grandes lances. En la tertulias se habla más de números que de puestos memorables. Los "grandes" reclamos son el fiel reflejo de predices abatidas, más que, por citar un ejemplo, de lances en donde se abatió una sola, pero viuda “pata negra”, tras varias horas de ímprobo trabajo del reclamo de turno. Y esto es así, porque la materia prima con la que “trabajamos” es de fácil “moldeo”. Perdices que no necesitan mucho para estirar la pata. Perdices que entran en plaza a la más mínima sin el menor esfuerzo del de la jaula. Reclamos “mediacucharas” que finalizan la temporada sobrepasando la centena de disparos… En una palabra, ir a matar más que salir a divertirse con la grandeza de la afición. Tan es así que, si a más de uno se le dijera que tiene que levantarse de madrugada para ir andando varias leguas, con un solo pájaro a la espalda, a ver si hay suerte y se dispara algún tiro de los cuatro o cinco cartuchos que se lleva en el bolsillo, con casi total seguridad que serían pocos los que darían el paso hacia adelante. Tal circunstancia, hoy no prima. Prima el dar el puesto tempranero de mañana, el de las once y, a veces, otros dos de tarde. Y ello significa que si hay una buena densidad de ejemplares de repoblación en la finca, incluso soltados la noche antes, se abaten tropecientas granjeras. Como dije antes, no hace falta un pájaro de primer nivel para apretar el gatillo tras contener la respiración y ponerse el corazón a tres mil revoluciones por la emoción producida. Cualquier pajarruco es un fenómeno, porque no necesita mucho para poner delante de los caños de la escopeta de su dueño una buena percha de perdices de granja.

Para concluir tan más que "trillado" tema, quiero recalcar y hacer hincapié en que, muy afortunadamente, no todo el mundo, aún con perdiz de granja o repoblación, comparte ni practica lo expuesto anteriormente. Obviamente, por circunstancias diversas, muchos aficionados al reclamo no pueden acceder a perdiz brava y, con lo que tienen en sus cazaderos, siguen siendo cuquilleros de raigambre que dan el puesto como marca el decálogo de la buena práctica cuquillera y salen al campo a disfrutar con su reclamo y, por consiguiente, los números no forman parte de sus expectativas.  Pero para ello, hace falta una buena gestión de la finca, una buena perdiz -que las hay- soltada en su momento y aficionados de verdad.