miércoles, 19 de abril de 2017

LA CRÍA DE LA PERDIZ Y EL JABALÍ

   

                                                     Dos nidos de perdices: autóctono y de repoblación.      
         A día de hoy, si hay una especie que que viene produciendo un verdadero daño en las poblaciones de nuestra perdiz roja, aparte de en otras especies animales y vegetales, esa no es otra que el jabalí. Y no es que cada día que pasa los daños producidos por cada ejemplar vaya en aumento, sino que lo que se va incrementando, a pasos agigantados, es su número. De esta manera, en las últimas dos décadas, las poblaciones de jabalíes han aumentado de una manera desproporcionada en todos los rincones de nuestra geografía. Tan es así que, en terrenos en donde hace unos años se veía un jabalí de higo a breva y, la mayoría de las veces, de paso, hoy, por diferentes motivos -climatológicos, agrícolas, ganaderos, cinegéticos…- los hay a piaras. Y no es que lo diga porque lo haya escuchado y leído, sino porque lo he podido comprobar fehacientemente en la finca en la que gestiono su caza desde hace casi veinte años: La Dehesa de Enmedio, de Puebla de Guzmán. De esta manera, cuando llegué a dicha propiedad particular, se veía un marrano de vez en cuando, en los días que echábamos el rato de caza. Hoy, muy al contrario, lo tienen todo levantado y los comederos que tenemos en el coto, terminan reventándolos y colándose en ellos para comerse el grano de los mismos.

            Pues bien, en dichos terrenos, a día de hoy, aparte del problema de los comederos, cada temporada paren unas pocas de hembras, con lo que, junto a los dos o tres machos que andan siempre por la zona, en algunas épocas del año, se juntan un buen número de ellos y, como bien sabemos, todas las noches salen en busca de alimentos y ello significa que van arrasando con todo lo que les es apetecible, como son los nidos de perdices, por citar un ejemplo. Y no se nos olvide que, desde que dejan sus respectivos encames, al caer la tarde, hasta que vuelven a su lugar de descanso, con las claras del día -sobre 10 ó 12 horas-, una madre con un buen número de marranchones a su lado navega y trastea mucho terreno y los daños que causan son enormes, máxime con el olfato que tiene este personal. Por ello, los nidos de nuestras patirrojas -veintitrés días de incubación más veintitantos de puesta-, al igual que el de otras muchas aves que anidan en el suelo, nunca están a salvo mientras  estos “artistas” pateen nuestros campos.

            La solución, en teoría y a vuelapluma, se supone fácil: acabar con ellos. Pero lo que parece fácil a primera vista es una tarea más que complicada en fincas pequeñas, como es el caso de La Dehesa, en donde no puedes dar monterías por falta de extensión y las batidas con rifle, al igual que si se pudieran llevar a cabo las anteriores, son sumamente peligrosas. De esta manera, con escopetas y con jabalí en mano, otra modalidad cinegética, que también está incluida en el Plan Técnico de Caza, se puede quitar alguno de en medio, pero se escapan la mayoría. Luego, en verano, los aguardos nocturnos por daños, no te los suelen conceder y, cuando puedes hacerlo, a partir de primero de septiembre hasta el comienzo del periodo hábil, ya no hay mucho tiempo y, además, el jabalí se marcha de la finca en busca de las primeras bellotas que se caen de los encinares colindantes. En una palabra, proliferan más de la cuenta y, por consiguiente, el resultado es una gran regresión de la perdiz roja, puesto que nido que encuentran -y dan con muchos- … Es más, con la desaparición del conejo de monte por esta zona, la predación, a cualquier hora del día, va enfocada casi totalmente hacia la perdiz, por lo que, si además del jabalí, también hay algún que otro zorrito, meloncillo, tejón, lagarto, culebra, urraca, cigüeña…, más las buenas tormentas que suelen azortar nuestras tierras en mayo o junio, como ocurrió el año pasado, apaga y vámonos. ¡Cómo para que haya perdices autóctonas en nuestras fincas!


Tres imágenes nocturnas de varios comederos de "La Dehesa de Enmedio". En la primera, se puede ver a una cochina al fondo con cuatro rayones en primer plano. La segunda nos muestra un macho adulto. En la última, podemos ver un tejón dentro de la alambrada del uno de los comederos de la finca.





       Esperemos que por estas fechas, ahora cuando la mayoría de las mamás perdices andan incubando sus respectivas nidadas, ningún desaprensivo marrano les deje sin su futura prole. Una finca sin patirrojas, por citar una frase hecha, es como un jardín sin flores. Por eso, desde siempre, a nuestra Alectoris Rufa se le ha llamado la reina de los bosques, pues una flor, sea la que sea, es una maravilla, pero una perdiz roja no lo es menos.