domingo, 26 de febrero de 2017

UNA GRAN PURGA DE POLLOS

Que verdad es que no es oro todo lo que reluce. Hay veces que lo parece, pero la triste realidad es que no lo es. Oro hay poco y cosas que relucen, muchas.

Pues bien, aunque sea un tema muy manido y por todos conocido de sobra, todo lo expuesto anteriormente, trasladado al mundo del reclamo es una máxima irrefutable o incuestionable  y, lo que es peor, demostrable. Y lo es, porque, año tras año, vuelve a repetirse la misma cantinela: allá por los meses de octubre, noviembre y diciembre, la mayoría de los noveles que llegan a nuestro jaulero nos hacen soñar despierto sobre el futuro pájaro de bandera en el que se va transformar Fulanito o Menganito, pero, poco tiempo después, cuando llega la jara, todo se derrumba como un castillo de naipes. Lo que antes eran un sinfín de monerías en casa colgados de las alcayatas de la pared, entre las que podemos incluir la nobleza, canto de mayor de muy buen nivel en cuanto se apartan del resto de componentes del jaulero, cuchichíos y piñoneos atractivos y acompasados, quietud máxima mientras otros cantaban, atractivas y suaves bulanas; inexistencia de alambreos, botes o pechugazos…, cuando se encuentran solos en el campo en su correspondiente atalaya, todo es radicalmente distinto. De esta manera, una vez que se le quita la sayuela, o no abren el pico o lo hacen muy de tarde en tarde y con poco brío. Cuando llega el momento y el campo está cerca, o se callan, o el cuchicheo y piñoneo que utilizan es descompasado, intermitente y aun nivel altísimo. Utilizan bulanas o ruedas que asustan al más pintado sin recibir de pico y, en la mayoría de las ocasiones, acompañadas de pechugasos, alambreos, botes… Y, para terminar, algunos se agachan cuando ven entrar en plaza a las patirrojas camperas.  En unas palabras, lo que en las paredes de casa era sueño de futuras promesas, con el paso de la temporada de caza se va transformando en una auténtica decepción.

En esta línea, como ya apunte con anterioridad en varios artículos, este otoño entre regalos y compras, me junté con tropecientos pollos, para ser exactos, veinte neófitos del año, más cinco del anterior. Es decir, veinticinco aspirantes a reclamos que, se quiera o no, es una verdadera locura. Pero, por problemas personales de salud, como necesitaba que mi mente estuviera entretenida en otros menesteres que no fueran el dedicarle a mi persona más tiempo de la cuenta, a mi jaulero fueron llegando, uno tras otro, dicho número.

Ni que decir tiene que, con tanto pájaro, se puede pensar que había mimbres más que suficientes, para construir un buen cesto. Pero, nunca más lejos de la realidad, puesto que, a día de hoy, de aquella veintena larga de pollos, solo me quedan dos, que parecen que tienen buen futuro y otros dos que, por razones diferentes, todavía están en fase de prueba, pero que lo más seguro es que también cojan puerta. Soy una persona muy exigente con lo que me quedo, pero la triste realidad es que, simplemente, para dar con un medio mochuelo, hay que desechar mucho ganado. Dar con un pollo que apunte buenas maneras no es fácil, por lo que, para guardar futuras decepciones, siempre hay tiempo. Lo que hoy no sirve, por mucho que nos empeñemos y pongamos de nuestra parte, mañana, tampoco.


A esta hora, seis y veinte de la mañana, antes de salir a probar estos dos pollos de los que hablo, casi final de veda en la zona baja, no tengo muchas esperanzas, pero hay que verlos ante de tomar una decisión. Todavía quedan Las Alpujarras y Sierra de Cazorla y, por lo tanto, tienen tiempo de demostrar su valía.