lunes, 8 de mayo de 2017

EL NOMBRE DE NUESTROS RECLAMOS


                                        Quinteño y el Alpujarreño, dos reclamos de mi propiedad.

El de Manué, Castelar, Correa, D. Benito, Chimenea, Alpujarreño, Montija, Quinteño, Veinticinco… son todos nombres de reclamos que pasaron en su día de mi jaulero o forman parte en la actualidad del mismo. Unos mejores y otros peores, como en cualquier casa de vecinos, pero esta circunstancia no tiene nada que ver con el artículo, pues lo que quiero transmitir y compartir es que línea sigo para ponerle nombre a mis reclamo.

Pues bien, aunque nombres o apelativos hay, ha habido y habrá de todos los tipos y procedencias, sobre el tema tengo que decir que, en lo que a mí respecta, normalmente, a todos mis reclamos les suelo poner dos líneas de nombres: su lugar de nacimiento y el de la persona de la que procede. Además, a un número reducido de los que tengo o he tenido, les he puesto nombres relacionados, de alguna marera, con situaciones puntuales. Así, de estos últimos -por citar algunos ejemplos-, Correa se llamó así porque se lo cambié a un vecino de la zona por una correa de cuero que le hice. Repinto, porque esperé, un buen tiempo, en una Peña de Cazadores del mimo nombre a que me lo trajesen. El Veinticincoocupó, cuando llegó casa, un casillero con ese número y la gente que lo veía le empezaron a nombrar por ese número. Pechín, porque tiene la parte del pecho de color blanco. Galindo, porque era un macho de jaula muy pequeño, como el personaje del que recibió su denominación. Castelar, por el nombre del protagonista de la obra Memorias de un reclamo

Aparte de lo citado, lo normal es que a los noveles que llegan a mis manos les ponga como nombre el de su lugar de nacimiento, bien el de la localidad, el de la finca o zona geográfica. De esta manera, muchos reclamos de mi jaulero se denominaron o se llaman de tal forma; el Alpujarreño, Montija, Ribera, Chimenea, Quinteño, Manchego, Calatraveño, Segura, Portugués, Sierranorte, Tharsileño…

Igualmente, otros muchos han recibido el nombre de quien me lo regaló o vendió. Como ejemplos de ellos, puedo citar: el de Manué, el de Pedro, el de Andrés, D. Benito, Ariza, el de Raimundo…

Curiosamente, nunca le he puesto a un reclamo nombre de futbolista, ni de torero, circunstancias bastante normal en nuestra afición.

Para terminar, tengo que decir que hasta que un pollo no apunta maneras en el campo y sé que me voy a quedar con él, no lo “bautizo” y, por consiguiente, se nombra con el número del casillero donde lo coloco, de ahí lo del Veinticinco, pues fue ese cardinal en el que lo instalé cuando llegó a casa procedente de la granja El Cristo de Lucena. Particularidad que apunta, igualmente, José Murillo en su obra Los Riberos del Salor, precioso libro sobre la afición cuquillera y que estoy leyendo ahora mismo. Eso sí, una vez que forma parte de mi jaulero le pongo -por capricho- dos anillas. Una metálica -que me hace mi buen amigo Diego Ramírez de Cuevas Bajas- en la caña de la pata derecha, con el año de su nacimiento y otra verde pistacho con un determinado número en el mismo lugar de la pata izquierda.

                                                        Imagen de las patas de Montija con las dos anillas.