domingo, 31 de octubre de 2010

EL RECORTE Y ARREGLO DE LOS RECLAMOS.



El recorte de nuestros reclamos es un ritual que, año tras años por estas fechas, más o menos -dependiendo de la zona geográfica y de cuándo se abra la veda-, todos los jauleros lo acometemos.

En este cotidiano proceder anual, aunque todos coincidimos en su necesidad -excepto algunos, los menos, que no lo realizan-, las formas cambian un poco de unos a otros, la mayoría de las veces, porque se sigue la enseñanza familiar. Se recorta como se aprendió de nuestros ascendientes. Obviamente, el que no ha nacido en una familia de cazadores, sigue las enseñanzas proporcionadas por algún amigo perdigonero.

En mi caso particular, lo que sé del tema, lo aprendí de mi abuelo Vicente y de mi tío Jerónimo, dos aficionados de los que sabían lo que tenían entre manos.

Suelo recortar sobre mediados de noviembre porque, para esa fecha, la muda está totalmente terminada. Luego, sobre la marcha, los desparasito interna y externamente. Dicha tarea la puedo hacer solo –colgándolos por las patas y dejándolos suspendidos cabeza abajo-, pero prefiero que me ayude otra persona, con lo que la “operación” sale mejor, es más cómoda y el pájaro sufre menos. Cuando se trata de pollos del año, de momento no los recorto. Primeramente, les veo cómo se comportan en el campo con anterioridad a la cuelga. El que tiene buena pinta, pasa por la “peluquería” y el que no pasa la prueba, me deshago de él.

Para empezar, estando el pájaro cogido por las patas/muslos y con la cabeza hacia bajo, le corto las dos o tres plumillas del extremo de las alas –gavilanes- para que no las enganchen en los alambres de la jaula y las ocho rémiges o remeras primarias a un dedo de las coberteras. Al no eliminar todas las plumas del ala, bajo mi opinión, los reclamos se sienten más protegidos y seguros.

A continuación, por haberlo escuchado mil veces, aunque posiblemente no sea nada científico tal proceder, corto las tres o cuatro plumillas “piojeras” de debajo de las alas.

Por último, tras levantar con el dedo índice las que cubren el nacimiento de la cola, recorto todas las remeras, con el suficiente cuidado para no herir al pájaro en el obispillo.

Finalizada la faena de las plumas, suelo cortarle las uñas que le hayan crecido, arreglo un poco los picos y le limpio y unto vaselina en las patas de los más viejos para que se le caigan las escamas. Para terminar, espolvoreo con insecticida. Hasta ahora lo hacía con insectonis, pero como ha desaparecido del mercado, habrá que buscar otro producto que no sea agresivo para los reclamos.

Una vez recortados y antes de meterlos en las jaulas, les doy un baño de arena húmeda mezclada con ceniza para que se le asiente y se le ponga bonita la pluma. Esto lo suelo repetir cada ocho o diez días hasta el comienzo de la temporada. Comenzada la veda, si observo que alguno anda pasaíllo de celo, le doy tierra dos o tres veces en semana.

Valgan las siguiente imágenes como testigos de algunos de los momentos del recorte de un reclamo.

Los amigos Raimundo y Rafa me han servido de ayuda para dichos menesteres en la puerta de mi garaje, en fecha de hoy, para que sirva como ejemplo de dicho proceder.



Mi "secre" Rafa y un servidor antes de comenzar la faena.



Primeramente, las plumas de la punta del ala -gavilanes-.


Luego, las 8 ó 10 primeras rémiges a uno o dos dedos de su nacimiento.






A continuación, las tres o cuatro plumas piojeras.



Luego, la misma operación en el otro ala



Mas tarde, cortamos las plumas de la cola, separándolas de las que la cubren, con el dedo índice.

 


Un pequeño arreglo de las plumillas que tapan el recorte de la cola y..., terminado.



Para finalizar, un arreglito de las uñas.

 

Una vez terminado, unos polvitos para los insectos, vaselina para los que la necesiten, tierra y..., preparados para el ataque.

Luego, una vez devuelto a la jaula, así ha quedado este pájaro que ha servido de ejemplo. Los demás, pasarán por la barbería sobre mediados de noviembre.




OTRA JORNADA DE CAZA


Ayer, día 30,  volvimos a la Dehesa para echar el rato, charlar un poco con los amigos, tomar unas copillas, pinchar un poco de lo que no se come en casa -"verduritas de zahúrda"- y, de camino, pegar unos tirillos.

Como otras veces, Rafael -mi "secretario"-, mi hijo Pablo y yo, acompañados por mi hermano Juanvi, nos fuimos el viernes por la tarde. Que por cierto, no se presentaba muy halagüeña, sino todo lo contrario. Agua a manta.

Cuando llegamos a la finca, sus tierras estaban como un bizcocho en el café; es decir, hartas del líquido elemento. Pero, poco a poco fue cediendo la tormenta y la tarde se quedó maravillosa. Como muestra un botón.


Hubo un rato de patos, pero la cosa esta vez no se dio bien. Quizás el agua caída durante la tarde les afectó.Sólo se cobró una pareja.

Luego, tuvimos jornada de "copillas" y degustación de producto de la tierra: choricitos, sardinas "embarricás", punta de costilla ibérica, un buen picadillo con huevos duros y atún y, como no puede fallar en estos casos, buen tinto y cerveza. Por supuesto, no faltó la charla "pos cena". En ella, los tiros y tiros era el tema central

 


El sábado, aunque el día amaneció "harineando", nos dejó echar un rato. Ya que sobre las doce, empezó de nuevo a caer tela. Pero, durante ese espacio de tiempo, hubo de todo: algunas liebres, algunos conejos, algunas perdices e, incluso, un buen cochino que no se pudo tirar.

 

Una de las cosa que ocurrió, fue el desalar este fenomenal pollo. Pero, debería tener algún plomo interior, ya que sólo duró unos minutos.


Durante la tarea de desembuchar los conejos y liebres, intentamos darle el bautizo de sangre a Cristian Crespo, hijo del amigo Juan. Pero no pudo ser, se lo "olió" y se escapó en el último momento.



En fin, de todo un poco. Al final, lo que se ve en la imagen: seis liebres, nueve conejos tres pájaros y dos patos. El amigo Francisco Moyo, posó para la posteridad.


Resumiendo: pasamos un fenomenal día de campo y, además, cazamos un rato. Eso es de lo que se trata.


jueves, 28 de octubre de 2010

EL RECLAMO, ESE PEQUEÑO PERSONAJE.


Este mes, al igual que en otros anteriores, cuelgo en el blog este entrañable y bello relato de mi primo Jerónimo Lluch.


Corrían los años ochenta, la tarde de febrero era soleada y apacible, acompañado de mi hijo Jerónimo, que por entonces contaba nueve o diez años, me dirigí a los Recitales Altos para colgar el pájaro e iniciarlo en esta modalidad en la que mi familia ya contaba con tres generaciones de aficionados.

El Nano, nombre del reclamo que en esta ocasión llevaba, era un macho de cuatro celos que mi padre había cambiado de pollo, a un pastor, por un canario, y aunque no era ningún fenómeno sí mostraba buenas maneras y encelado, como estaba, parecía toda una garantía para el puesto que ese día me proponía dar.

Ya en el colgadero situé el portátil junto a una gruesa retama, lo camuflé convenientemente y aprovechando otra que estaba a unos veinte pasos del puesto elaboré el matojo, quité algunas piedrecillas de la plaza, me introduje en el tollo para comprobar el ángulo de visión de la tronera, y tras acomodar a mi hijo dentro de éste salí para colocar y amarrar con los ganchos al Nano en el pulpitillo.

Destapé al reclamo y después de “sonarle los dedos” y dirigirle unas palabras de ánimo entré en el aguardo, me acomodé en el banquillo y esperé acontecimientos.

- Papá, me interrogó mi retoño. ¿Por qué le has hablado al pájaro, es que te entiende.

- No lo creo, pero mi voz que le es conocida lo calma, lo tranquiliza y lo pone en disposición para comenzar a cantar relajadamente.

- ¿Y las piedras por qué las has quitado?

- Lo he hecho para evitar que un plomo rebotado en ellas hiera o mate al pájaro de la jaula.

El Nano que escuchó campo, antes de ponerlo en el farolillo, no había iniciado aún sus reclamadas; permanecía como asustado y semiencogido mirando con desconfianza a un lado y otro, sin decidirse a salir ni por alto ni por bajo.

Esa actitud comenzó a preocuparme, no sabiendo exactamente a que era debida, aunque la nueva insistencia del campo terminó por arrancarlo de cañón pero con reclamos entrecortados y poco ardorosos.

No tardé en descubrir el motivo:

- Niño a este pájaro no le gusta estar colgado entre retamas. El ruido que hacen, al moverse con la brisa, lo descompone volviéndolo temeroso.

- ¿Y eso por qué?, inquirió mi hijo.

- Es que hay pájaros con ciertas manías, al igual que las personas. Mi abuelo tenía un reclamo que era un figura y no cantaba nunca cuando se colgaba y oía el murmullo del agua en una chorrera. No lo cazó más junto a ellas para evitar que le diera la “mocholada” completa.

El insistente canto de las campesinas hizo que el Nano, con mayor miedo que vergüenza, prosiguiera sus cantadas, no sin una que otra callada, más producto del malestar que sentía que de la estratagema a emplear para que el campo se corriera.

En esas estábamos cuando le apunté a Jerónimo:

- Escucha, el pájaro se ha quebrado, señal de que presiente la proximidad del campo

- ¿Es que se ha partido, papá?, me preguntó el niño.


- No hijo, no; quebrarse, hablando de reclamos, quiere decir suavizar el cante, hacerlo más bajito y así puede que las camperas se crezcan y se corran antes al creer que está temeroso de ellas.


- ¿Es que vendrán corriendo?, me volvió mi hijo a interrogar.


- No exactamente, aunque pudieran hacerlo. Correrse en esta cacería quiere decir acercarse y entrarle al reclamo incluso, a veces, hasta de vuelo.

El chiquillo que era todo ojos y oídos no perdía detalle de lo que sucedía en la plaza.
Por lo que en un momento determinado me advirtió:

- ¡Papá, mira cómo el pájaro mueve las plumas blancas debajo del pico!.

- Esas se llaman las gorjeras y lo que hace el Nano es recibir porque está viendo las perdices acercándose a él.

Ciertamente no tardaría en aparecer una collera cuyo macho enmoñado presentaba cara al usurpador de su territorio.


- Tírale, tírale que se van a ir y no vas a matarlos, me decía mi hijo.



- No hay prisa Jerónimo, el macho está encelado y tardará en abandonar la plaza, y hay que procurar que el Nano esté bien encarado con ellos, pues se estropean más reclamos por tiros mal pegados que por que se les vayan vivos sin dispararles.

Tras un tiempo prudencial “me fui” con la hembra y la abatí. Tras el disparo, el macho dio una carrerilla alejándose del matojo.


- ¡Mira papá que bajito canta ahora el Nano!, ¿es que se ha asustado del tiro?.



- No hijo está cargándolo, quedándose al humo, o haciendo el entierro, como se dice en otros lugares. Al ver a la perdiz a sus pies cree que se encuentra rendida ante sus zalamerías y le prodiga esos suaves piropos con los cuchichíos y piñones.

Pronto retornó el macho con ganas de ajustar cuentas con el intruso, no tardando en seguir los pasos de la hembra, por lo que mi hijo impaciente quería salirse del puesto para ver más de cerca y tocar las perdices abatidas. Necesité calmarlo y tras enseñarle los muertos a la jaula y taparla con la mantilla le permití acercarse, que las cogiese y las observara con toda la tranquilidad que deseaba.


Una vez liado el portátil le expliqué como apiolar la pareja, arrancando algunas rémiges de las alas y tras meter por los fogones del pico las puntas, anudarlas y así quedaría hecha una lazada.


Continué diciéndole se colgaban en el gancho de la jaula para no llevar en las manos, al desplazarnos, más que la escopeta. Le insistí que ésta siempre se cargaba cuando ya se está dentro del puesto y siempre, siempre se le sacan los cartuchos antes de salirse de él.


- Esto no lo olvides nunca, volví a remacharle, pues el no hacerlo así podría ser la causa de gravísimos accidentes.


Un cielo rojizo en el horizonte, presagiaba la inminente puesta del sol cuando regresábamos al coche.


La subida de un prolongado repecho hizo que detuviéramos nuestro caminar para tomar aire y recuperar el resuello, y entonces Jerónimo mirándome fijamente hizo un comentario que me llenó de curiosidad:


- Papá el Nano es un animal especial, hace cosas muy inteligentes y cuando tu le hablas parece como si te escuchase, he pensado que es como un personaje, pequeño, pero un personaje en realidad.


Yo con una leve sonrisa y asintiendo con la cabeza no supe que contestarle y sólo se me ocurrió añadir:

- Bueno luego le cuentas todo esto al abuelo, a ver que le parecen esas conclusiones que has sacado...

domingo, 24 de octubre de 2010

UNA GRAN ALEGRÍA


Este sábado 23 de octubre, hemos dado la primera cacería de la general en mi coto "La Dehesa de Enmedio" de Puebla de Guzmán. Si las anteriores del descaste, habían sido todo un auténtico fracaso, ésta ha sido todo lo contrario. El "campo" se ha movido y hemos disfrutado de lo lindo. En un día explendido para practicar la caza, al final hemos conseguido abatir y cobrar dieciocho perdices -tres no dimos con ellas-, ocho liebres, ocho conejos, veinte patos y dos codornices entre trece escopetas. Si puntualizamos que todo se desarrolló en poco más de tres horas -con lo que teníamos ya nos sobraba-, la satisfacción es grande y máxime cuando las patirrojas se dejaron ver en gran número.

Está claro que el buen trabajo de gestión que venimos realizando en el coto desde hace años, para que exista un buen número de perdices, está dando sus frutos. El no faltarle trigo, aunque esté carísimo, en ningún momento de año, demuestra su importancia.

En dicha cacería nos acompañó Mari Carmen Pacheco. Una alegría más al ver al lado de tanto hombre una mujer quie siente la naturaleza y su aprovechamiento cinegético honesto como algo que debemos cuidar al máximo. Darle las gracias por su presencia y, para su tranquilidad, decirle que Zamora no se conquistó en una hora, ni en la primera acometida. No todo el mundo mata las perdices que le pasan, entre los que me incluyo. Además, si fuéramos Búfalo Bill, qué haríamos en la cuelga.

Sirvan estas instantáneas como notario de la misma.





Cuando el día no se da mal, una foto para el recuerdo es la mejor medicina.



Luis Hernández, gran amigo y persona muy importante en la buena gestión del coto con sus dos perros y las piezas abatidas.


martes, 19 de octubre de 2010

EL "CELO" DE LOS COLGADORES.


Esta pasión, locura, fervor, delirio, fiebre, frenesí… y todos los calificativos que queramos añadirle, que muchas veces se escapan a la interpretación incluso de los psicólogos y psiquiatras como he podido comprobar al contrastar el tema con algunos de ellos, es algo difícil de plasmar en el papel, pero que todos los que estamos inmersos en el tema sabemos que está ahí y que a todos en mayor, o menor medida, nos afecta.

En principio habría que aclarar que me estoy refiriendo al jaulero de verdad. De aquí, hay que descartar a lo muchos “aficionados”, si así se les puede denominar, que han llegado a este “mundillo” para seguir con su avaricia personal e ir añadiendo a su ya dilatado currículum de cazadores de pacotilla varios apartados más. Estos, nunca se arrepentirán ni pedirán perdón, porque en sus interiores no existe el más mínimo resquicio para tales valores humanos. Ellos van a su “joío avío”, como se suele decir. Por tanto, la amistad, el compañerismo, la franqueza, la solidaridad…, brillan por su ausencia en sus interiores. Sin embargo, y siempre según ellos, tienen los mejores pájaros, matan más que nadie, entienden de todo más que ninguno, no se equivocan nunca… y, por supuesto, nunca tienen la culpa de nada, la tienen los demás.

Pues dejando a este “ganao” a un lado y refiriéndonos al aficionado de verdad, creo que con la llegada del celo a nuestros reclamos, e incluso la mayoría de las veces mucho antes, se empieza a entrar en una especie de metamorfosis que incluso los que nos rodean se dan cuenta de ella. El problema es que nos pasa como a los alcohólicos, siempre decimos que no.

Cuando se acaba el verano y comienzan a caer las primeras aguas del otoño, nuestro corazón empieza a latir de otra forma. No sabría decir si es que vemos a los pájaros casi pelechados, si empezamos a escuchar los primeros cantos de nuestras patirrojas salvajes, si entramos en las tertulias con los amigos sobre cómo vendrá el celo, si adquirimos los primeros pollos, si vemos en nuestro jaulero a los mejores figuras…. La verdad es que entramos en una especie de hechizo que poco a poco va aumentando su “temperatura”, llegando algunas veces a rayar en lo insólito e inaudito.

…Y cuando recortamos…, apaga y vámonos. Desde este momento, hasta pasado el ecuador de la cuelga, ya entramos en “alerta roja”. La ansiedad, el nerviosismo, la irritabilidad…, e incluso en algunas ocasiones los problemas con el sueño, hacen de nosotros otras personas totalmente distintas, llegando a pagarlo, en el colmo de los colmos, incluso con nuestras mujeres e hijos u otros familiares.

Todos los días, incluso antes de marcharnos para el trabajo, si es que no estamos jubilados, lo primero que hacemos, o de las primeras cosas que hacemos para no ser demasiado extremistas, es ir al jaulero y examinar a nuestros dos o tres “fenómenos” para ver si hay algún problema: los excrementos blandos, alguna plumita indicativa de un intempestivo pelecho, una lesión casual..., etc. Si la cosa marcha bien, nada..., formidable, examinamos tranquilamente a todos los demás; pero si existe el más mínimo indicio relacionado con lo anteriormente reseñado…, ya está el lío. El malhumor hace acto de presencia. Posiblemente no desayunemos, y si lo hacemos es dirigiéndonos a todos los santos del cielo para que la cosa no vaya más allá o para enviarles “alguna dedicatoria” de los que no aparecen en la Biblia.

Jornada tras jornada, vamos aumentado los “niveles de chifladura en sangre” y cuando llegan las navidades, veinte días aproximados para el inicio de la cuelga, alcanzamos los máximos porcentajes. De diez conversaciones, siete están relacionadas con el reclamo. Las reuniones entre pajariteros toman una importancia vital: el ¿cómo están tus pájaros?, ¿tú que comida le echas?, el campo no tiene celo, yo los míos no los veo buenos, el tiempo está fatal, que si Fulano dice..., que si Mengano me ha dicho..., que si las bellotas..., que si el verde..., que si las vitaminas..., es la comidilla de todos los días.

Con todos estos “dolores de cabeza”, nos plantamos en la jornada anterior al de la apertura, víspera del gran acontecimiento del año: escopetas, cartuchos, portátiles, ropa, comida, esterillas..., y que no surja ningún contratiempo, ya que si así fuera..., ¡“peligro nacional”!

.... Y llega la tan esperada tarde noche, antesala del comienzo de “la locura total”, la tan ansiada y deseada desde la temporada anterior. Los compañeros del coto, la tertulia a pie de la candela, las diferencias de criterios, las “copas”..., ¡y el termómetro, subiendo!

Ya hartos de matar perdices en el cortijo, nos vamos retirando a la cama, aunque hay quien no lo quiere y se aferra a continuar con “la última copilla”... Una vez allí, vueltas para un lado, vueltas para el otro..., hasta que rendidos, nos quedamos dormidos.

Al poco rato, el que más y el que menos, tras la primera “cabezá” y con los ojos como platos, empieza a darle vueltas y más vueltas al puesto que dará por la mañana, incluso puede que cambie de opinión y se plantee colgar en otro sitio. Luego aparecerá el “figura” que llevará. ¿Será el ideal?..., ¿o será mejor llevar otro?...

Al final, como el tiempo es inexorable, suena el despertador a la hora prefijada. Posiblemente, un poco agotados del trajín nocturno, nos quedaríamos un rato más en la cama, pero el ritual pajaril no lo permite, hay que levantarse de momento. Vamos al servicio, nos aseamos y charlamos con los compañeros mientras desayunamos.

Si fumamos, cosa muy normal entre nosotros por estas fechas, entre la noche y los primeros momentos del día..., cenicero y mucho.

Por último, después del tradicional “suerte compañero”, como se desean unos a otros los “espadas” antes iniciar el paseíllo, nos dirigimos al lugar elegido.

Y llega la gran prueba... Si conseguimos tirar, que seguramente lo haremos rápido con el primero que entre, si es que entra, para calmar nuestros nervios, fenomenal. Sacaremos un buen cigarro, le daremos una gran “calada”... y, nada, el calmante empieza a surtir sus efectos.

Pero..., ¿y si no tiramos? ¿Y si además, el compañero de al lado empieza con escopetazo tras escopetazo...?

¿Y si lo anterior se repite en los dos o tres primeros puestos de la temporada?, cosa que no es nada anormal, ¿...qué nos pasa?

Cada uno debe saber lo que le ocurre. A mí, no me sienta nada bien, pero nada bien.


martes, 12 de octubre de 2010

¡YA HUELE A OTOÑO!


“Mañanitas de nieblas, tardecitas de paseo”.

Efectivamente, como dice este conocido refrán, esta mañana hemos amanecido aquí en Huelva, con niebla, por primera vez después del verano.

¿Y qué?, diría el otro.

Y yo le respondería:

- Pues que la niebla, significa humedad y la humedad suele acompañar a la lluvia. Y afortunadamente, este meteoro, ha hecho acto de presencia, con lo cual, el otoño, además de por fechas en nuestro calendario, empieza a ganar terreno. Ahora, el campo, dejando a un lado su reseco manto, empieza a ofrecernos el olor y verdor que le es natural.



Si muchas especies empiezan a marchar para sus cuarteles de invierno, otras muchas, vuelven de nuevo atraídos por los alicientes de los nuestros. Ahora, ya no vemos ni golondrinas, ni trigueros, ni nuestras tórtolas, ni codornices…, pero el petirrojo, el zorzal, la paloma, la avefría… comienzan a poblar muchos rincones de nuestra Andalucía. Paralelamente, el conejo, la liebre y otras muchas especies comenzarán un nuevo ciclo de la perpetuación de sus especies. Ha llegado la "papa" y no tardarán en traer nuevos retoños al mundo.


Empieza a notarse por todos lados, la presencia de nuestra perdiz roja. Los amaneceres se inundarán con sus cantos, muchas veces con la inseguridad de quien los emite por primera vez y comenzarán luchas internas por dominar el "generalato" del bando.Cuando pasen unas fechas y la temperatura sea menos calurosa, con muchas “alúas”, otros invertebrados y “porretillas” de gramíneas ya consumidas, nuestras patirrojas mostrarán la belleza y esbeltez que les hace ser la pieza más buscada de la caza menor.


Por cierto, si salimos al campo a escuchar las sinfonías que llevamos un año deseando, de camino, podemos echar el rato. Es la época de recolección de muchas variedades de frutos. No nos olvidemos de las castañas, de las nueces, de los membrillos, de las “granás”, de las aceitunas “pa machacar”, de algunas zarzamoras tardías, de muchas endrinas..., ni de los buenos manojos de espárragos que podemos hacer. Y para que el día sea completito, podemos tropezarnos -y no son para dejarlas atrás porque las setas son una maravilla gastronómica-, con muchos champiñones silvestres, setas de cardo y de álamo, gallipiernos (parasol), boletos, tanas (amanita cesárea), rebollones o níscalos... Pero cuidado, sin estar muy seguro, mejor olvidarnos de ellas. Algunas veces, duele algo más que la barriguita.

En fin, el otoño comienza con buen pie. Esperemos que siga así.


jueves, 7 de octubre de 2010

AUNQUE NO LO PAREZCA, OCURRIÓ. "¡AY LA AVARICIA...!"


Continuando con esa serie de anecdótas que nos ocurren a veces y que cuesta trabajo creerlas, hoy cuelgo este relato tan real como que ocurrió en ese lugar y fecha.

Esta curiosa historia se desarrolla en la finca Santamaría, del término municipal de Villanueva de las Cruces, allá por los primeros años de la década de los noventa. La finca, no era muy grande, pero sí tenía unos colgaderos dignos de los mejores lances.

Un terreno cuyo aspecto nada tenía que ver cuando empezó la cuelga, con el que presentaba cuando fuimos a arrendarla a mediados del mes de noviembre. En bastantes zonas, la vegetación primaria de jara, jaguarzos, retamas, tojos, tomillos…, había sido sustituida por un barbecho en donde lo poco que había quedado de monte, estaba en aquellos lugares en los que por tener alguna que otra piedra, no pudo entrar el tractor.


Alonso, vecino de la localidad y padre del buen amigo José Costa, nos había buscado una pequeña casa en el pueblo para quedarnos los fines de semana, que era cuando cazábamos. Ésta, además de dormitorio nocturno y lugar de descanso para los reclamos, servía también para que varios conocidos cruceños se acercaran hasta allí por las noches y mientras tomábamos las copillas e íbamos preparando la cena, ya que el almuerzo lo hacíamos en la casilla de la finca, entrábamos en tertulia sobre la marcha del celo y las mil y una peripecias que nos suele regalar esta afición.
Lo acontecido, que trataré de narrarlo lo más cercano a la realidad, pero con la falta de detalles que se “traga” el tiempo, ocurrió en una tarde de primeros de febrero, de una temporada que era una más de esas, en las que ya sabes de antemano que vas a ir a colgar, pero con pocas esperanzas por diferentes motivos: pocas patirrojas, celo malo por diferentes razones, mucho ganado de un sitio para otro, pocos cazaderos y demasiado jauleados...

José Trujillo, mi inseparable compañero de cacerías, y yo nos dirigíamos a pie cargado con todos los “cacharros” al lugar donde pensábamos dar el puesto. Caminábamos a media falda de un lomero para evitar ser vistos por el otro lado de éste, cuando en la ladera de enfrente, vuela un par tras el “pilló, pilló, pilló…” característico de nuestras campesinas, cuando se les sorprende en su descanso o en busca de alimentos.

 
Como la cosa no estaba muy buena de “género”, decidimos no seguir hasta donde habíamos pensado y dar el puesto allí mismo, ya que la pareja se había posado poco más allá y, además, no se apreciaban signos de que por aquellos lugares ya se hubiera colgado con anterioridad.

Preparamos el puesto después de mirar una y mil veces cómo colocarlo, ya que había cierta pendiente y todos sabemos la incomodidad que se pasa, cuando no estamos mínimamente guardando la horizontalidad. De todas formas, el lugar tenía buena pinta y, por lo menos, sabíamos que “campo” había.

 El farolillo lo situé en una chaparrera y, con cuidado de no pincharme con las pequeñas púas de sus hojas, amarré “al de Manué”. Cuando me volví para el aguardo, José ya estaba sentado, incómodamente según me dijo, porque el puesto estaba caído para el lado izquierdo. Con mucho cuidado y agarrándome a su hombro, me fui introduciendo en el puesto, cerré la cremallera y me senté en el banquillo, tras cargar la escopeta y ponerla descansando en la barrade la tronera.

“El de Manué” ya estaba “enfrascado” en su trabajo explorando el terreno, cuando no al mucho rato, le contestó la pareja que habíamos volado. Él, seguía con su faena y el campo, que no debería estar mal de celo, estaba cada vez más cerca.

 La tarde empezó a tener buena pinta, ya que más arriba, en el collado, otra collera, comenzó a dar señales de vida. El macho cuchicheaba y la hembra le acompañaba de vez en cuando con su fino reclamo.

 Miré a José, supongo que con ojos de extrañeza, a la vez que de satisfacción, porque en voz baja me dijo:

- ¿Quién lo iba a decir?..., ¡en vez de una, dos parejas!

 
El reclamo se había agarrado muy bien con la primera parejas, que cada vez debería estar más próxima, ya que su canto era pura suavidad y la fijeza de su mirada denotaba el acercamiento de las montesinas.

 A la vez, el par de arriba también se acercaba y, aunque se le notaba que no eran los dominantes en aquella zona, por la lentitud de sus movimientos, si la cosa marchaba bien, y todo hacía prever que sí, podría completar un puesto impensable momentos antes.

 Una callada prolongada “del de Manué” me avisó de que ya los había divisado. Se quedó inmóvil, como siempre lo hacía en estos casos, y comenzó a picar la esterilla, como preludio a la entrada en plaza del par. El macho, a toda prisa y con las plumas de la cabeza levantada en señal de pelea, se presentó ante la jaula. La hembra le seguía como buena compañera. “El de Manué” comenzó a utilizar su amplio repertorio musical, mientras el macho realizaba varias acometidas alrededor del reclamo e incluso hizo algún que otro intento de echar el ala al suelo. Mientras, la otra collera se aproximaba cada vez más por la espalda del puesto.

 Sabía, o mejor dicho, quería saber, movido por la ambición, que si quería tirar también la segunda pareja, tendría que hacer primero carambola, ya que si no, entre el estruendo de los tiros y la lucha entre reclamo y el macho que estaba en la plaza, tras abatir a su hembra, se terminaría la “película”; el uno, a lo mejor no volvía a entrar y los otros, seguramente, “cogerían las de Villadiego”.

 Le hice gestos a José para que se echara un poco para el lado, ya que no podía apuntar al no estar bien colocado el puesto respecto al farolillo. Reclamo y campero estaban en su peculiar lucha, retándose el uno al otro, mientras la pájara picoteaba y levantaba el cuello, de vez en cuando, para no perder puntada de lo que ocurría.

 En una de las muchas vueltas que dio el macho alrededor de la jaula, intuí que se iba a producir el cruce y que sería el momento de disparar. Con los nervios y la ansiedad de aquella situación, me eché más de la cuenta para la izquierda, donde estaba José, para apuntar bien. Mi “secretario”, perdió el equilibrio por mi empuje y, al quedarme sin apoyo..., ¡salimos dando vueltas cerro abajo!

 Por supuesto, ambas parejas entonaron su “pilló, pilló, pilló...” tradicional en señal de decir: “hasta luego..., que nos vamos con la música a otra parte”. Desgraciadamente para mí, se había vuelto a repetir el célebre cuento de La Lechera.

 Con el portátil por montera, pero con la suerte de no haberse disparado la escopeta y, solo sufrir algún que otro leve rasguño, me acerqué lentamente hasta “El de Manué” que, con cara de pocos amigos, me recibió con sus “suaves botecitos” y supongo que no le gustaría nada la “escenita”, ya que su saseo continuado no era más que una forma de decirme:

- Tío..., ¿qué coño ha “pasao”?

Aquella noche, ya tranquilos aunque un poco fastidiado por el desenlace de la tarde, conté lo sucedido a los compañeros mientras preparábamos la cena y tomábamos el vinillo o la cervecilla. No faltaron las risas ni las bromas de costumbre, pero siempre dentro del buen clima de armonía y amistad del que hacemos gala los aficionados al reclamo.


domingo, 3 de octubre de 2010

LA COCINA EN EL CORTIJO. "SOPA DE TOMATES".

Después de los dos platos anteriores, casi exclusivamente para el almuerzo por su composición, este mes, quiero poner la receta de este plato que viene muy bien para dar un poco de tregua a los estómagos más bien cargados en la época de caza, principalmente en la cuelga, ya que en esta modalidad, muchas veces permanecemos más de un día en el campo.



Preparación.



1.- En buen aceite de oliva, se refríen bastantes ajos bien troceados hasta que estén doraditos.



2.- A continuación, se le añade bastante cebolla y pimientos bien cortados. A fuego lento se deja el tiempo suficiente para que la cebolla y los pimientos estén bien pochaítos.



3.- Ahora, le echaremos los tomates -bien rojos- y la correspondiente sal. Se le va dando vueltas mientras se refríe todo y se va desmenuzando el tomate con la espumadera.



4.- Cuando el tomate se vea que está ya fritito, se le agrega caldo de pollo o de carne hasta cubrirlo, trocitos de jamón y un poco de hierbabuena. A continuación, con fuego mediano se deja cocer durante quince minutos.



5.- Por último, antes de apagar, se le ponen en el caldo rebanaditas de pan duro y se deja reposar por espacio de otros diez minutos. Si se quiere se le puede “estrellar” un huevo en el caldo.



6.- Servirlo calentito, buena cuchara y a comer, que este plato es sano.

sábado, 2 de octubre de 2010

FRASES DE OCTUBRE

Con la llegada del otoño, reflexionemos sobre estas dos citas.

"Los que están siempre de vuelta de todo son los que no han ido a ninguna parte". (A. Machado. Poeta español)

Si discutes mucho para probar tu sabiduría, pronto probarás tu ignorancia". (Saadi. Poeta persa)