martes, 30 de noviembre de 2010

SE “MARCHÓ” UN JAULERO DE SENTIMIENTO Y UNA FENOMENAL PERSONA: ALEJANDRO ÁVILA.


Sirvan estas humildes líneas de quien suscribe, como homenaje a un compañero de afición y amigo que nos abandonó en el día de ayer.

¡Qué injusto es el destino la mayoría de las veces!

¡Qué palos nos da cuando menos lo esperamos!

¡Cómo de un plumazo se lleva por delante las ilusiones de unos y hunde en la tristeza a los corazones de otros!

Como se suele decir en estos casos buscando la comprensión y el consuelo: “habrá que tomar estos hechos con resignación y fe cristiana”. Pero..., habría que añadir de camino: ¡qué injusta es la vida!

Mi buen amigo Alejandro..., te has ido como viviste toda la vida: sin hacer ruido y sin molestar a nadie, ni a tu familia siquiera. Y lo peor es que eras todavía bastante joven.

Viviste por y para el reclamo y, aunque no llegaste a comprender muchas cosas de la afición, la ilusión y las ganas que siempre le pusiste, superaron con creces los desconocimientos. Seguro que ningún reclamo, de los muchos que tuviste, habrá tenido o tendrá palabras de desagradecimiento hacía tu persona, sino todo lo contrario. Nunca les faltó de nada en ningun momento. Lo que les gustaba, lo tenían independientemente de la época. Seguro que todos tus “chismes” nunca dejaron de estar como el primer día. Seguro que soñaste miles de veces con puestos de diez. Seguro que...

Dejas atrás a tus pájaros, a tus escopetas, a tus “cachivaches“ y hasta pagada la cuota de este año en tu coto. Pero también dejas atrás, muchos amigos y compañeros de “fatigas” y, entre ellos, tus “colegas” de siempre: Vicente y Jerónimo Lluch. Ellos sí que te echarán de menos. Te enseñaron casi todo lo que supiste sobre el reclamo, pero tú les enseñaste lo que significaba la amistad y el compañerismo, la sinceridad y la lealtad.

Puedes irte tranquilo, porque en tus parámetros, no existía la arrogancia, ni el orgullo, ni la maldad..., sino todo lo contrario: la sencillez, la humildad, la bondad... Ese será tu gran legado

Amigo Alejandro.., que allá donde vayas, encuentres lo que siempre buscaste: paz e ilusión.

¡Qué des muchos puestos de alba, como así fue tu despedida!

¡Hasta siempre Alejandro!

AUNQUE NO LO PAREZCA OCURRIÓ: UN BUEN SUSTO.



A todos los gurumeleros que temporada tras temporada sienten casi la misma pasión que nosotros los jauleros por esta otra gran afición que es la recogida de esta maravillosa seta, el gurumelo o amanita ponderosa, y cuyo principal hábitat español está localizado en el Andévalo y la Sierra de Huelva.

Este curioso suceso, otro ejemplo más de los muchos que encierra nuestro interminable anecdotario, ocurrió allá por finales de la década de los noventa en la finca Los López de Puebla de Guzmán.

Era una mañana de niebla espesa, como normalmente suele ocurrir por esta zona de la provincia en la época invernal. Como la visibilidad estaba bajo mínimos, me dirigí a dar el puesto de sol cerca de la linde de la finca colindante, a distancia reglamentaria, pero con estas condiciones meteorológicas evitaba que el guarda de la misma, empezara su rosario de voces y ruidos con que nos regalaba cuando apreciaba, siempre dentro de su “particular metro”, que no estábamos en la legalidad en cuanto a distancia se refería.

Con cuidado y tranquilidad fui preparando el puesto que estaba situado en la confluencia de dos lomeros con una tupida vegetación de retamas, chaparreras y jaguarzos, algunos de los cuales utilicé para tapar concienzudamente el portátil. La zona era de esas que siempre nos atraen por su gran oída y por ser terreno querencioso para nuestras patirrojas. De hecho, poco antes de llegar al colgadero, había volado una pareja que fue a echarse no a mucha distancia y mientras arreglaba un poco la plaza y camuflaba el puesto, una hembra no paraba de reclamear no a más de cien o ciento cincuenta metros.

El reclamo que llevé esa mañana, bien pudiera haber sido Redoble, nombre de guerra de un “mediacuchara” que recibió dicho apelativo porque redoblaba el reclamo. Este pájaro, quizás en manos de otro dueño que hubiera tenido menos jaulero, o que colgara diariamente y no los fines de semana como yo, quizás hubiera llegado a ser una buena jaula.

Recuerdo que no tardé mucho en tirar la hembra, la cual al escuchar los primeros reclamos de la jaula, rauda y veloz se presentó en la plaza buscando desesperadamente. Como traía bastante celo, se la dejé para que se recreara con ella todo el tiempo que consideré necesario para su regocijo particular, según nuestro evangelio de caza.

Tras el estampido del disparo, el reclamo no interrumpió su más que aceptable trabajo, a la vez que la pájara aleteaba débilmente en su agonía.

La espesa niebla no acababa se levantarse, pero Redoble seguía con su insistente trabajo, lo que al final dio sus frutos, ya que un macho, posiblemente de la pareja que había volado a nuestro paso, empezó a contestarle a media falda de la umbría donde más o menos se habían echado con anterioridad.

Al canto del macho le siguió un reclamo suave y delicado que debería de ser de su compañera y pareja. Ambas patirrojas se acercaban apeonando lentamente y la jaula empezó a venirse abajo, por lo que supuse que no deberían estar muy lejos.

En estas estábamos, cuando aprecio que por debajo del farolillo, a no más de un centenar de metros, empezó a escucharse un “tarameo” entre la vegetación que me hizo pensar primeramente en el guarda vecino, cosa que deseché porque no pronunció palabra alguna en ningún momento, como era su costumbre. Luego, mientras la pareja iba acercándose cada vez más, pensé que podía tratarse de un jabalí que buscaba su acomodo matinal, pero también descarté esta opción porque al venirme el aire de espalda, me hubiera venteado al instante y hubiera salido de estampida.

No me quería mover mucho porque la jaula empezó a recibir de pluma, signo inequívoco de que los habría divisado por detrás del puesto, pero la situación empezó a empeorar de tal forma ante el ruido cada vez más cercano, que la pareja comenzó a alejarse “rajeando” cada vez con mayor intensidad y Redoble enmudeció por completo.

Al instante, me levanté sobre el portátil y cuál no sería mi sorpresa cuando entre aquella densa niebla que nos envolvía, emergió una figura humana, que “con canasto en ristre” y cara desencajada al verme, no hizo otra cosa que llevarse la otra mano al pecho, sobre la zona del corazón y tras un ¡Ay, que me muero! desgarrador, cayó al suelo presa del pánico.

A toda velocidad y como pude llegué hasta él y tras incorporarlo sobre su cintura, lo fui calmando hasta que pudo articular palabra.

De su canasto, que había rodado por los suelos, observé que se había salido una buena cantidad de gurumelos, con lo que rápidamente me hice cargo de la situación: aquel buen hombre era uno de tantos que durante el fin de semana se dedicaba a buscar tan apreciada seta, posiblemente para ganarse unas buenas pesetillas o para llenar estómagos en la familia.

Según me contó con posterioridad, no se había percatado de que allí se estaba dando un puesto, lo que le pudo costar muy caro, pero que afortunadamente sólo se quedó en el susto y una anécdota más de las muchas por las que pasamos.

Lógicamente, di por finalizado el puesto y mientras conversábamos, fui recogiendo todos los “cacharros” y tras despedirme afectuosamente de él, emprendí camino para el coche, pero dándole mil vueltas a la cabeza sobre la rocambolesca historia acabada de vivir, no sin antes afirmarme el amigo gurumelero que, a partir de ese momento, tendría mucho cuidado en no volver a tropezar en la misma piedra.

domingo, 21 de noviembre de 2010

CAZAR POR NECESIDAD.

Esta entrañable y bonita historia es un relato más que cuelgo de mi primo Jerónimo.

Amanecía en el pueblo. La temperatura era suave y una fina llovizna, que desde la noche anterior caía ininterrumpidamente, estaba empapándolo todo, volviendo resbaladizos los senderos y veredas por los que los lugareños transitaban habitualmente camino de sus quehaceres y faenas cotidianas.

Manuel abrió el postigo de la ventana, observó la atmósfera pacientemente y considerando que la lluvia no sería impedimento para salir al campo cogió su escopeta “Jabalí” de un solo tiro, sacó de una caja cuatro o cinco cartuchos, que la noche anterior había recargado, y se encaminó al corral en busca de “la Morena”, la perra podenca con la que tantos y tantos momentos había compartido desde que años atrás la iniciara en actividad tan antigua como el hombre sobre la Tierra: la caza.

“El Escurrío”, pues este era el apodo de Manuel dadas sus enjutas carnes y la rapidez con que se movía, rompió su mutismo cuando en las cercanías el canto de un gallo anunció la llegada de un nuevo día, y dirigiéndose a “la Morena”, como si la perra lo comprendiera, inició junto a ella una larga y pausada retahíla:

- “Chica”, a veces la llamaba así, hoy no podemos venirnos de bolo porque “la Mariquilla” está endeble y el médico le ha “mandao” una sobrealimentación, aconsejándome que la carne de caza le vendría muy bien para recuperar esas energías de las que tan escasa está últimamente. Patearemos toda la sierra hasta que algún bicho venga a engordar nuestro zurrón.

Y mientras continuaba andando, “la Morena” meneaba la cola y empinaba las orejas observándolo atentamente como si entre su instinto animal y el raciocinio de Manuel existiese una complicidad, una compenetración un entendimiento...

Transcurrían las horas y en las querencias habituales de la caza no había levantado “la Morena” ni una pieza. Manuel empezaba a desmoralizarse, y pensando que “las penas con pan son menos penas” hizo un alto en el camino, se sentó encima de una piedra y sacando del morral un trozo de queso y un mendrugo de pan se dispuso a reponer fuerzas. Con ayuda de la navaja cortó una rebanada y un pedazo de queso ofreciéndolo a la podenca que, hacía rato, se relamía junto a su amo esperando el deseado bocado.

- ¡Esto es lo que hoy nos alumbra “Chica”, dijo “el Escurrío”, la economía no da para más, así que con la barriga ligera andaremos luego más prestos!.

Eran ciertamente años de penuria. Manuel que compaginaba las faenas agrícolas, cuando las había, con la caza, nunca estuvo muy boyante de perras, sin embargo, jamás fue avaricioso, cuando salía al campo mataba lo preciso para ir tirando y siempre fue respetuoso con la época de gestación, no cazando nunca una hembra preñada, ni en los momentos que amamantaban a las crías.

Con frecuencia tenía lo que mataba vendido previamente, siendo María, su mujer, la encargada de llevar las piezas a las casas de los clientes habituales, donde también había ajustado el precio según fuesen conejos, liebres o perdices que eran las especies que normalmente Manuel abatía.

Hoy, sin embargo, era distinto, precisaba cazar urgentemente y el panorama cuando pasaban más de la una de la tarde se presentaba poco halagüeño y esperanzador. Necesitaba acarrear algo de cacería a casa para que “Mariquilla”, su pequeña, se recuperase, y no había podido dar un tiro en toda la mañana.

Tras un último trago del vinillo aguado, que llevaba en una ajada bota, se incorporó Manuel, oteó el horizonte para ver por qué ruta continuar y tras un prolongado resuello, secuela del nerviosismo que iba embargándolo, continuó la marcha.

Al coronar una cuesta la perra, venteando algo, se puso intranquila y rodeando una pequeña palmera comenzó a dar señales de que olfateaba alguna pieza. Inesperadamente se arrancó una liebre pero iba “la Morena” corriendo tan pegada a ella, hasta que desaparecieron de la vista del “Escurrío”, que éste no se atrevió a disparar por precaución y miedo a plomearla, y esperó impaciente la vuelta de la perra, ilusionado con que pudiera haber dado alcance a la liebre a la carrera. Pero cuando tras largo rato retornó la podenca venía jadeando y sin nada en la boca, Manuel dándole una palmada exclamó:

- ¡Está visto que no es nuestro día “Chica”, pero no tenemos más remedio que proseguir!.

Casi anochecía y a Manuel no le cabía el corazón en el pecho, las posibilidades de cobrar algún bicho se desvanecían a medida que se disipaba la luz y las sombras se apoderaban del paisaje.

Cansado y desmoralizado inició el retorno al pueblo, no le podría llevar la ansiada presa a su chiquilla, a pesar de su experiencia como cazador, su dominio de la escopeta y de las triquiñuelas de la caza.

Con el andar lento y el ánimo henchido de tristeza caminaba cabizbajo, cuando la perra se arrancó bruscamente para la orilla de la vereda. De un lentisco, se levantó una collera de perdices emprendiendo raudo vuelo hacia el valle. “El Escurrío” se encaró la escopeta, apuntó al que pensó era el macho y disparó. El pájaro no hizo ningún extraño que advirtiese a Manuel que iba pegado, pero “la Morena” continuó con una carrera desenfrenada tras el vuelo de las patirrojas.

Manuel abrió la escopeta, sacó el cartucho vacío y tras soplar por el cañón cerró el arma y su mirada se perdió en dirección al valle con el semblante taciturno y pesaroso.

El sudor le corría frente abajo, sacó el pañuelo de “yerba” para enjugárselo y divisó a “la Morena”, vereda arriba, que parecía traer algo en la boca. La oscuridad que se adueñaba del entorno no le permitió calibrar si era así o sólo el producto de un deseo reprimido. Fueron momentos de incertidumbre, de inquietud, de desasosiego. ¡Pero por fin estaba allí, traía atravesado un hermoso macho de perdiz en su boca, apresado y prendido entre sus dientes!.

Manuel se agitó, apretó la escopeta contra el pecho, se agachó y le dio a su perra un par de sonoros besos en la frente y mientras proseguía cuesta abajo, camino de su hogar, sus labios musitaron en un breve susurrro:

- Hoy, “Chica”, hemos hecho el apaño, mañana..., mañana Dios proveerá...!.



domingo, 14 de noviembre de 2010

UN PUESTO HASTA LA DIEZ.


Este es el segundo relato de dicado a mi buen amigo  y gran aficionado Raimundo Alaminos.

Aunque el refranero español dice que “zapateros, cazadores y barberos son los más embusteros”, nuestra experiencia acumulada durante muchos años nos recuerda que nuestra afición está salpicada de mil y una peripecias difíciles de creer y que en algunos casos rayan en lo insólito, tanto es así que, por muy crédulos que seamos, nos cuesta una “jartá” el tragarnos algunas “películas”.

Esta curiosa y original historia le ocurrió a Raimundo Alaminos, “viejo” jaulero y excepcional aficionado en sus años como Maestro de Escuela en Tharsis.

Nuestro protagonista, que empieza con la afición cuando llega a la citada localidad onubense al conocer allí a grandes y buenos colgadores, se aficiona de tal forma al reclamo y a las tertulias sobre dicha caza, que más de un disgustillo se llevó con la “parienta” como resultado del excesivo tiempo empleado en dichos “menesteres” y con las copillas de aguardiente, como es normal por la zona de Huelva, que solían acompañar a dichas charlas entre jauleros.

Diego García, empleado de la Compañía Minera de Tharsis, se dedicaba en sus ratos libres a la guardería de cotos, por lo que conocía a todos los “cortijeros” de aquella zona. Además, como vecino, amigo y protector de Raimundo y ayo en lo referente a la jaula, solía buscarle buenos cotos para cazar el reclamo y ponerlo en contacto con los citados anteriormente para conseguir buenos pollos camperos. Así, cotos como La Cubica, Monteduro y La Rebolla..., y pájaros como El Encinasola o El Cabezón por citar los de más renombre, fueron fruto de dicha amistad.

Una soleada y apacible tarde anterior al celo de aquel año, Diego esperó a que Raimundo saliera del Colegio, entonces había clases por las tardes, y se dirigieron a una de las muchas suertes -pequeñas fincas familiares-, situada en los Montes de San Benito (El Cerro del Andévalo), con la idea de adquirir algún “pollanco” que tuviera buena pinta.

Como existió arreglo entre las partes, tras el cierre del correspondiente trato, hubo larga charla y alguna que otra copa, entre vendedor, comprador y Diego García.

Ya entrada la noche, Raimundo vuelve a casa con una jaula en cada mano. Pero con la ilusión de la compra, las prisas por la tardanza y el “calorcillo” del aguardiente, no se dio cuenta de la enorme piedra que formaba parte del umbral de su casa. Tras el tropezón correspondiente y por no soltar los pájaros para que no le pasara nada, nuestro buen amigo fue a dar con todo su cuerpo en el suelo y, como resultado de la caída, fractura de rótula y enyesado hasta la ingle.

Lo que en un principio debería haber sido un contratiempo, a la larga se transformó en una manera de colgar más, ya que con la baja médica en el bolsillo, encontró la posibilidad de poder dar puestos más a menudo.

¿Pero cómo...?, sería la pregunta.

Pues hablando un buen día con su amigo Diego, y después de mucho “maquinar”, se les ocurre la idea de que Raimundo se sentaría en el puesto, apoyaría la pierna escayolada en una banqueta y luego “el sujeto” antes citado, lo rodearía de ramaje como si fuera un aguardo natural, ya que todavía no existían los puestos portátiles, luego cuando él acabara de dar el puesto, volvería y lo recogería.

La idea funcionó a las mil maravillas. Diego lo colocaba, daba su puesto y cuando terminaba regresaba y recogía a Raimundo.

En una de aquellas muchas tardes, la cosa no marchó como lo había sido hasta la fecha. Después de almorzar, el otro protagonista recoge a nuestro buen amigo en la puerta de su casa, montan todos los “cacharros” en la furgoneta de Diego y se dirigen a “La Rebolla” para dar el puesto de tarde, la cual, por los densos y plomizos nubarrones, presentaba evidentes signos de lluvia, aunque de momento no lo hacía.

Arreglaron la plaza en un lugar muy querencioso para las patirrojas, a media falda del Cabezo Pantano, colgadero que a Raimundo siempre le gustó por haber vivido buenos lances en el mismo y, tras quedar totalmente tapado, el amigo Diego se despidió como siempre con el ¡hasta luego! de rigor.

La tarde, aunque amenazante, transcurrió dentro de la normalidad, ya que la lluvia sólo apareció por momentos y en forma de llovizna, que dicho sea de paso es formidable para nuestra caza. Además, había tirado una collera, con lo que pedir más, sería de egoísta en las condiciones en las que se encontraba.

Cuando la tarde ya agonizaba y unos tímidos rayos del sol escapados entre las nubes la despedían, aquella llovizna intermitente que lo había acompañado durante la tarde, empezó a transformarse en una lluvia cada vez más intensa que le hizo guarecerse como pudo bajo el troncón de un eucalipto y esperar que su compañero de andanzas viniera a recogerlo.

Con estas componendas y, cigarro tras cigarro, fueron pasando los minutos e incluso las horas sin que nadie apareciera. Su vestimenta estaba como una sopa, ya que este tipo de arboleda no tapa mucho y el viento, además, se encargaba de poner el panorama aún peor.

El nerviosismo, ya cansado de dar voces sin recibir respuesta, empezó a hacer mella en su cuerpo, porque a las nueve de la noche nadie había hecho acto de presencia por aquel paraje. Él no podía moverse por miedo de agravar su situación y no sabía qué hacer y, lo que es peor..., por aquellos entonces no existía el móvil.

Ya descompuesto y cansado de esperar, ve a lo lejos las luces de un coche procedentes de la pista que entra en la finca desde de la carretera Tharsis / La Puebla.

¡No podría ser otro, tenía que ser Diego!, -pensó para sí mismo.

Y efectivamente..., era Diego que venía a recogerlo con tres horas y media de retraso.

Tras las barbaridades que se suelen decir en estas situaciones y acordándose de todo los santos del cielo, metieron a la carrera todas las cosas en el coche y una vez dentro, ya libres de la cortina de agua que estaba cayendo, el amigo Diego le relató todo lo sucedido a Raimundo.

Cuando empezó a apretar la lluvia y, siguiendo lo referido por Diego, con las prisas de no ponerse empapado, se le olvidó por completo ir a recoger a quien había dejado a un buen trecho, pero Lolichi, la mujer de Raimundo, al ver que eran casi las diez de la noche y no aparecía por casa, se acercó a ver qué pasaba y fue entonces cuando Diego, llevándose las manos a la cabeza y pronunciando el clásico ¡ojó! del lenguaje particular del pueblo, se dio cuenta de tan imperdonable olvido.

En las fechas actuales y como prueba de la veracidad de los hechos relatados, el protagonista de aquella singular vivencia todavía cuenta con buen humor la tarde/noche tan “maravillosa” que pasó en aquella jornada vespertina de hace más de treinta años.

jueves, 11 de noviembre de 2010

LA COCINA EN EL CORTIJO. "SETAS EN SU SALSA".


Como estamos en la época propicia, incluyo un segundo plato en este mes.

 
En esta época otoñal, si es que viene cargada de humedad y de temperaturas no bajas, muchos de nuestros bosques y campos están salpicados de tan venerados como detectados “frutos” silvestres. Las setas, delicioso manjar para quien sabe apreciarlo, han sido desde siempre el objetivo de infinidad de personas que comparten sus salidas al campo con su recogida. Ir se setas es un maravilloso “hacer” que, por muchas circunstancias, no está al alcance de todos.
Nuestra maravillosa cocina tradicional, tiene infinitas recetas de setas, tantas como variedades hay de las mismas. La forma de cocinar una de ellas, quizás no sirva para otra. Por eso, bajo la humilde opinión de este aprendiz de cocinero, para hacerlas en su salsa, no sirven todas, principalmente, las que son muy blandas. Para estos menesteres, el cuerpo de la seta debe ser duro y compacto, dígase, como por ejemplo, el boletus edulis, el boletus aereus, el boletus reticulatus, las setas de chopo/álamo o cardo, el rebozuelo, el níscalo/rebullón y algunas más .

Preparación.

1.- Una vez bien impias -sólo con un paño húmedo, pero nunca lavadas, ya que pierden mucho- las setas en cuestión, se cortan en trozos medianos. Si son pequeños, al cocinarlos terminarían deshaciéndose.

2.- En un perol que no se pegue, con  bastante y buen y aceite de oliva, se doran los muchos ajos que habremos cortado con anterioridad y pimiento rojo seco de ristra. Luego, se refríen conjuntamente con mucho pimiento rojo de temporada cortado en trozos pequeños.

3.- Una vez que esté hecho el refrito, se le añaden las setas, se sasonan a gusto del consumidor y se le agregan unas hojitas de laurel, un poco de comino y un vaso de buen vino blanco. Al que le guste el picante, le puede añadir una o varias guindillas.

4.- A fuego lento -las setas se suelen pegar mas de la cuenta y máxime si lo ponemos a muchos grados-, y moviéndolas de vez en cuando, esperamos que estén en su salsa; es decir, que “naden” en su aceite. Si se quiere, se le puede añadir una cucharada de harina de trigo para espesar la salsa.

5.- A continuación, se le agrega un poquitín de pimentón rojo dulce y se deja un rato a poca temperatura para que éste no se queme y con ello no amargue.

6.- Se apartan, se tapan y se dejan reposar durante veinte minutos antes de ser servidas.

7.- Un buen mosto de la tierra ayudará a saborear tan delicioso manjar. A quien no le guste esta variedad vinícola, un buen rioja hará las mismas funciones.

martes, 9 de noviembre de 2010

SANGRE NUEVA PARA MI JAULERO.


Como en temporadas anteriores, varios pollos -en este año seis-, engrosan mi jaulero con la ilusión de que alguno de ellos, tarea altamente difícil, llegue a convertirse en años venideros, en un "espada" de primer nivel.

Si tuviera que decir la verdad, tendría que precisar que, últimamente, no estoy teniendo suerte con el "ganao" nuevo. Por una causa o por otra, no me llega a cuajar ningún pollanco, por lo que, año tras año, mi gallera termina como empezó: con los de siempre.

Sin embargo, este otoño, han ido cayendo en mis manos varios noveles con una pinta envidiable, por lo menos sobre el papel: mansos, nobles, bonitos y, lo que es mejor, con buen cante, ya que si no lo tuvieran, no llegarían a la veda. Así, con estas componendas, hay algo que me dice que, entre ellos, casi seguro que alguno va a romper en figura. Es un barrunto, una ilusión, pero creo que será así.

Para empezar, dos pollos de Chimeneas (Granada) con una gran estampa. Si uno tiene buena pinta, el otro mejor. De todas formas, el primero me tiene más que engatuzado, ya que además de su belleza, le acompaña un buen cante. Luego el campo dictará sentencia; pero a priori, me gustan.



Este pollo de dos celos, sin colgar el año pasado, es regalo del buen amigo Poli Soto, de Válor (Granada). Gran reclamo y una suavidad que asombra. Está probado sin escopeta después de la cuelga y cumplió con creces.


A continuación, este pollo de dos celos, procedente del Rosal de la Frontera (Huelva), lo colgué sin escopeta finalizada la veda anterior. Metió una collera y estuvo enfrascado con el macho cerca de tres cuartos de hora. Tiene muy buen trabajo con la cacería cerca y, además, tiene un reclamo bronco y de bastantes golpes.


Este novel del año, un poco atrasaíllo, procede de la vecina Portugal. Canta bastante  y no es bravo, aunque sí un poco arisco. Por ser de un lugar exento de jaula, esperemos que apunte bien, como suele ocurrir con los de dicha procedencia.


Para terminar, este pollo, regalo del amigo Luis Hernández Calero, me gusta bastante. Sobre todo, porque es muy manso y canta más que bien, incluso usa unos embuchados muy suaves y atractivos. 


Los dos de dos celos, más otro pollo de segunda o tercera -Ramblas-, algarín y regalo de Felipe Albadalejo, pasarán por la peluquería el domingo próximo, 14 de noviembre, junto a los cinco que componen mi jaulero (Manchego, El Cojo, Guerrilla, Facul y Barbarino). Los otros cuatro del año, primeramente, veré lo que hacen en la mata, sin escopeta. Si apuntan maneras, tendrán una oportunidad al final del celo si el campo y ellos están buenos. Si son alambristas o saltarines, me los quito de encima rápidamente, ya que éstas, son características que no soporto, al igual que los cantes "picaos".

domingo, 7 de noviembre de 2010

HISTORIA DE UN JAULERO


Este relato y algunos más que le precederán, son un pequeño homenaje de reconocimiento personal a un buen amigo y compañero de afición: Raimundo Alaminos. Todos están basados en hechos reales y cuentan las alegrías y sinsabores por las que pasamos todos los aficionados a la caza de la perdiz con reclamo.

Aunque Raimundo, desde pequeño tuvo relación con el reclamo -su padre era gran aficionado-, no fue hasta principio de los años setenta, al ser destinado a Tharsis como maestro, cuando entra de lleno en el “mundillo de la jaula”

En la citada población, que por aquellos entonces, y desgraciadamente para nosotros, daba sus últimos coletazos en lo referente a la producción de cobre y otros minerales, sus habitantes, la mayoría, por no decir todos, empleados de la Compañía Minera de Tharsis, se buscaban la vida como podían; por tanto, entre huertos, con sus consiguientes gallinitas más algún que otro cochino para el “avío” de casa y cacerías en terrenos de la empresa, iban consumiendo cigarro a cigarro y charla tras charla en el Casino del pueblo los minutos, las horas y los días de sus existencias.

Los hermanos Pedro y Diego García Sosa, consumados cazadores, aparte de personas de gran corazón, van introduciendo a Raimundo en este apasionante mundo, que aunque lo había tenido cerca, toda su vida, nunca le había prestado ni un solo minuto a su mente para que entrara en el debate del “sí o no”. Así que más de una tarde, junto a Martín Rico, compañero de profesión y también aficionado, visitaban el casino, y allí, junto con otros vecinos y amigos de la localidad, se “metían pal pellejo” algunas copas de aguardiente de Alosno y quemaban cigarro tras cigarro, a la vez que entraban en tertulias cinegéticas con la mayoría de cazadores del pueblo.

Con el “gusanillo” ya en sangre, Raimundo conoce a Manuel Cadenas, que vivía justo enfrente del colegio y vecino muro con muro de Diego García. Manolo, ya fallecido, y empleado de la Compañía, tenía un pequeño patio en la casa, al igual que todas, por ser construidas en serie por la empresa para sus trabajadores. En dicho patio, su hijo Manolito, Manuel Cadenas Trastallino, tenía sueltos dos perdigones, que había cogido y criado desde chico, como lo hacían la mayoría de los niños de su edad por aquellos entonces.

Uno de aquellos pájaros, Andévalo, empezó a llamar la atención de ambos por sus continuos cantos, por lo dedicaron muchos ratos a observarlo entre los arriates del corral, macetas y algún que otro cacharro sobrante de la casa, que aguardaba el momento del acomodo dentro de la misma o bien en la basura por ser considerado inservible, después de pasado el tiempo.

A lo atrayente de su canto se unía una envidiable belleza y una gran mansedumbre –corría a comerle verde a Manolito en las manos-, por lo que ambos “sujetos”, término que se utiliza por aquellos lares, empezaron a darle vueltas a la cabeza ante la posibilidad de darle un puesto para ver si había “madera” en aquel “pollitranco”. Pero aquí surgió el problema: ninguno de los dos sabía de qué iba el tema. Habían escuchado hablar muchas veces de la cuelga del perdigón, pero ellos del asunto…, cero patatero.

Aun así, pero atraídos por lo sugerente de la idea, un buen día se lo proponen en serio: Manolo pondría el pájaro y Raimundo la escopeta, una Muguruza del calibre dieciséis que le había regalado su padrino D. Emilio Morales, el médico de Punta Umbría y compañero de cacerías de su padre.

Deciden meter al pájaro en una vieja jaula que había arrumbada por el corral, por supuesto sin recortar, porque de “barbería” entendían aun menos, y esperar a ver como se sentía dentro de ella.

Raimundo, día tras día se acercaba a casa de Manolo para estar al tanto de las evoluciones del pollo de Manolito. El “pajarruco”, cada jornada que pasaba, los iba dejando boquiabiertos. No había extrañado lo más mínimo su nuevo hábitat, todo lo contrario, se “agarraba” con el que quedaba suelto dando unos conciertos dignos de ser escuchados

Así fueron pasando los días mientras fueron pensando el lugar donde colgar. Le habían escuchado a Félix, el guarda mayor de la Compañía y buen amigo de Manolo que en Los Llanos de la Tiesa la cosa estaba buena de pájaros, así que decidieron dar allí el puesto. De camino, si lo cogía el citado guarda, la cosa sólo quedaría en una reprimenda.

Así que, una buena tarde de finales de enero, Manolo esperó a Raimundo que saliera del colegio, cuatro y media de la tarde, y se encaminaron en el Seat 1.430 de éste último, al lugar citado con anterioridad, carretera de Tharsis/Villanueva de las Cruces.

Después de esconder un poco el coche, anduvieron unos cientos de metros y fueron a parar a una loma con una buena vegetación de jaguarzos que aprovecharon para fabricar “algo parecido” a un puesto de monte.

El amigo Raimundo tras colocar “a su manera” al reclamo en un frondosa chaparrera, no sin pincharse varias veces con las pequeñas púas de sus hojas, y quitarle un pantalón de deportes que llevaba por sayuela, se volvió para el puesto y le dijo a Manolo:

- Tío, esto está ya..., ve cargando la escopeta y a ver qué pasa.

Con cuidado, se acercó al “taco de monte”, otro término muy empleado en la zona, que les servía de puesto, y cuál no sería su sorpresa, cuando antes de acomodarse en el suelo, la jaula ya estaba empezando su primer concierto musical, de los muchos que daría a lo largo de su vida.

Al poco tiempo, y casi sin darse cuenta por el nerviosismo que a ambos le invadía en su debut con la jaula, apreciaron que el campo empezó a acercarse y que el pollo del niño se portaba como un consumado maestro.

Habían decidido con anterioridad que si le entraban perdices, cada uno tiraría una. Y así lo cumplieron, Raimundo en cuanto vio aparecer dos por la plaza, ni se lo pensó… ¡Booooom!..., una rodando y la otra volando.

Ahora le tocaba a Manolo. Poco después, sin saber si era macho o hembra la que había enviudado, se presentó otra vez delante del reclamo y… ¡Booooom!, otra “pa la buchaca”.

Ambos estaban perplejos por lo que estaba ocurriendo, se miraban y no daban crédito a lo que estaban presenciando. Y en estas continuaban, cuando sin darse cuenta del trabajo Andévalo, que debería ser de cine, perciben que otra collera estaba dando vueltas alrededor de la jaula, Raimundo, ni “corto ni perezoso” le sacudió otro escopetazo al primero que le pareció y rápidamente le pasó la escopeta a Manolo, que tras esperar unos minutos, temblando por supuesto, en cuanto apareció por la plaza la que quedaba, volvió a sacudirle otro cartuchazo que la dejó seca como las anteriores, por suerte para ambos, que pocos tiros habían pegado en sus vidas.

Como ya no podían más, entre piernas entumidas, alegría, sorpresa e incredulidad por lo que estaba ocurriendo, se salieron del puesto, ya que la noche también hacía acto de presencia y, además, tenían un enorme deseo de llegar al casino y contar la “batallita” que habían vivido.

A aquella tarde, le siguieron otra, y otra…, hasta que ambos se dieron cuenta que se habían metido de lleno en el mundillo de la jaula. A partir de este momento, fueron aprendiendo muchas cosas y aunque se le fueron a los dos muchas patirrojas, el reclamo era ya parte de sus vidas.

Raimundo, en cuanto volvía el domingo por noche desde la capital, lo primero que hacía tras bajar del coche todo lo que había traído, era acercarse rápidamente en casa de Manolo y preguntarle:

- ¿Cuántos han caído este fin de semana?

Al año siguiente, ya con esta “droga” en sangre, entró como socio en La Cubica y con posterioridad en La Rebolla, ambas fincas gestionadas por Diego García. En las dos, jaulazo tras jaulazo y cabreo tras cabreo, pasaron algunos años hasta que dio con su primer reclamo fiable, el Encinasola. Con el devenir de los años, pasaron por sus manos otros como Cabezón, Joselito, Ronaldo y el pollo de Ciudad Real, por citar a algunos pájaros, si no de bandera, sí con la suficiente calidad como para hacerlo disfrutar en los puestos, encender muchos cigarros en los mismos y recrearse en las horas y horas, que como buen orador, ha consumido, y sigue consumiendo, sí así se le puede llamar, hablando de la calidad y singularidades de sus reclamos y de la mil y una peripecias que le han ocurrido a lo largo de estos casi cuarenta y cinco años como jaulero.


jueves, 4 de noviembre de 2010

LA COCINA EN EL CORTIJO. "CALDERETA DE CORDERO O CHIVO".


Plato eminentemente campero y con muchos enamorados, siempre y cuando, por supuesto, que estemos hablando de corderos o chivos cuyo peso en bruto debe andar sobre las 45 libras -sobre 14/16 kg en limpio, no mucho más-. No es complicada su preparación y, mientras se hace, hay tiempo suficiente para tomar unas buenas copas.

Preparación.

1.- Primeramente se trocea la carne no muy pequeña para que luego no se deshaga.

2.- Se pican en un mismo recipiente: ajos con cáscara cortados en cuatro trozos a lo largo, laurel, tomate, cebolla y pimiento.

3.- El fondo de la olla se cubre con una tanda de las verduras picadas. Encima de ella, se le agrega una tanda de carne y así sucesivamente hasta acabar las dos cosas. A cada una de las tandas se le agrega un poco de comino, pimienta negra, tomillo, una rodajita de limón y la sal correspondiente.

4.- Antes de poner al fuego, se le añade aceite de oliva, buen vino blanco y agua hasta que se ponga al nivel con la carne.

5.- A continuación, se pone a fuego fuerte hasta que empiece a hervir. A partir de ese momento, se le agregan unas patatas cortadas en cuatro o cinco trozos y se deja a fuego lento y sin mover mucho la carne hasta que ésta enternezca. (Si tiene mucho caldo, se le puede quitar un poco. Por el contrario, si durante la cocción se queda falto de él, se le añadirá un poco de agua).

6.- Una vez que la carne esté casi tierna, se le agrega un poco de tomate frito. Con cuidado se mueve un poco y una vez apagado el fuego se deja reposar durante unos veinte minutos.

7.- Una vez en la mesa, buen tinto -un buen Pitarra, por ejemplo- y buenos trozos de pan “pa mojá” en la salsa.

LAS FRASES DE NOVIEMBRE.


Para este mes, como reflexión, sirvan estas citas de dos autores franceses.

"Lo malo del amigo es que nos dice las cosas desagradables a la cara, el enemigo las dice a nuestras espaldas y, como nos nos enteramos, nada ocurre". (Alfred de Musset, poeta francés).


"Al final..., no nos preguntarán qué hemos sabido, sino qué hemos hecho". (Jean de Jerson, teólogo francés).